El Otro muralismo de Artes de México

Anamaría Ashwell

{title}
Como antropóloga recorrí casi todo el territorio nacional y casi siempre por senderos hacia pueblos y comunidades ubicados en la periferia del universo moderno que se lo iba engullendo, literalmente, ante mis ojos. Y riéndome sorprendida de la grafía y las imágenes que se plasmaban en muros de casas que ofrecían productos y servicios en esas comunidades.
Por ejemplo, antes de que se construyera la carretera de vía rápida que me llevaba de Cholula a Orizaba, yo sesgueaba por caminos vecinales, entre pueblos llenos de murales con imágenes de guajolotes, cerdos, pollos y mujeres encueradas. Una vez por semana, en uno de estos pueblos, un carnicero realizaba la matanza de un becerro o un cochino enfrente de su pequeño negocio.
La imagen de este rastro improvisado en plena calle era, por decir lo menos, surrealista. Y sanguinario.
El carnicero, asistido por su mujer o por un hijo, colocaba líneas de tendedero de poste en poste; y después colgaba con pinzas de plástico, de múltiples colores —de esas que se usan para sujetar la ropa— las orejas, riñones, tripas, pieles y toda la víscera que le había extraído al animal. Sobre la plancha de piedra en el mostrador iba colocando, a su vez, los cortes de carne maciza y selecta. Su delantal blanco, mientras tanto, se teñía de rojo cuando colocaba cubetas de plásticos, también multicolores, debajo del extraño tendedero, para recoger el goteo sanguíneo de las vísceras del animal recién destazado.
Toda esta puesta en escena de nuestra gustación carnívora, mediante el habilidoso manejo de unos cuchillos afilados del carnicero,  duraba menos de una hora. En la pared él tenía pintado el nombre de su negocio: La Igiénica. Sin H. Y a un costado un carnicero bigotón, pintado de mandil impecablemente blanco, que ofrecía sonriente la cabeza de un toro. Casi una versión del cuadro Judith con la cabeza de Holofernes, de Artemisa Gentileschi (1620) que se encuentra en el Museo del Prado.

En otra ocasión, después de caminar por lo menos unas tres horas, en la parte serrana del municipio de Tututepec en la mixteca oaxaqueña, hasta arribar a un pequeño poblado, encontré que ese camino terminaba en la única construcción de ladrillos de adobe y techo de láminas. Como si ese camino arenoso y de piedras fuera construido solo para llegar hasta allí; ante una tienda de abarrotes que hacia a su vez de oficinas, centro de reunión y casa habitación de una familia que representaba los intereses colectivos de la ranchería circundante.

El camino se clausuraba exactamente a un costado de la única puerta de entrada a esa vivienda; y donde estaba pintada una imagen de la Virgen de Guadalupe de tamaño, como se dice, caguama. Estrellada y con manto azul, de labios carmesí, el pintor (que resultó ser un adolescente y ahijado del dueño de la casa) le puso ojos centelleantes a su imagen. Parecían rayos fulminantes que se dirigían a todos lados. Y a un costado, con grafía peculiar por sus faltas gramaticales, se anunciaba —como si la vendedora fuera esa virgen— que allí se vendían semillas, manteca de cerdo y leche Lala. Y no creo que esa familia piadosa intencionara trasmitir algún albur.

Sin embargo, no fue sino hasta que me retiré del campo y la antropología muchos años después —cuando E.Soto me mostró su colección de fotografías de hamburguesas con patas, pollos en bikinis o guajolotes tomándose un baño de mole— que a mi me cayó el veinte (como dicen los psicoanalistas apropiándose de un dicho popular) de lo que yo había visto o había sido también testigo:  paralelamente a mi trabajo de investigación antropológico esa gráfica callejera que fue informando y conformando un paisaje humano y arquitectónico, periférico si se quiere, con pretensión solo de anuncio comercial, también se revelaba como un singular lenguaje estético. Un lenguaje estético original.

Lo que tuve que decir sobre esta peculiar experiencia “museística” lo he contado en las páginas de Artes de México. No necesito repetirme. Pero da para mucha mayor reflexión y aprovecho ahora para comentar algunas implicaciones, así sea someramente, con Uds:

Es un salto, desde lo que George Steiner ha llamado nuestra ubicación en la poscultura, lo que me permite referirme a esta grafica popular muralística y comercial como un lenguaje estético o constructora de una experiencia estética original.
No estoy diciendo con ello que se trata de arte ni comparable ni proporcional, ni mejor ni peor, ni equivalente siquiera a la gran obra artística de la creación de unos pocos hombres, con “dones superiores” como dice Steiner, como Diego Rivera o el jornalero y pintor Martín Ramírez; ni que esta gráfica tiene dentro de la historia de la plástica mexicana un lugar proporcional. No estoy suponiendo tampoco que existe una cultura superior y otra inferior o popular aunque esa es otra discusión o dimensión que introduce el concepto mismo de cultura y arte.
Yo más bien me pongo humilde y digo una verdad de Perogrullo; porque soy también una antropóloga quizás y porque fue la gran aportación de la antropología: la cultura es una forma de vida; ni superestructura ni estructura sino el tejido mismo de cómo vivimos y eso incluyen los símbolos y la creación en esa forma de vida.
Como no es inofensivo, ingenuo, ni neutral, ni siquiera ambigüo decir esto, Steiner, creo yo, hace bien en citar y desglosar a T. S. Eliot cuando el poeta dice “la cultura no es la mera suma de varias actividades, sino que es un estilo de vida”.
Cultura no es, entonces, sinónimo de ausencia de barbarie; ni presencia de civilidad, ni siquiera de humanismo. Implica des-equilibrios económicos y también ontológicos infranqueables: como el que en nuestro tiempo se muestra entre las élites intelectuales y artísticas que son creadores privilegiados y la gran masa desposeída y marginada sin voz ni canto (salvo la de Televisa) y también la que sostiene los grisáceos mundos de la clase media que avanza arruinando ecologías.

Entonces, a este arte popular —este otro muralismo— el estatuto estéticose lo sustento sobre esta concepción de cultura; es decir, porque es parte viva de nuestra cultura: no solo por su elaborada expresión plástica sino también por su manera de radiar influencias más allá de su propósito —no tan banal— que fue vendernos tacos, moles o gansitos.

Pero se trata, así mismo, de un lenguaje estético, que cuando logramos verlo, como digo en mi ensayo, ya estaba ido. Hay muchas explicaciones o razones de ello pero eso que Paz resumió como “modernidad” quizás alcanza a decirlo todo; es decir, se trata de una estética que nació efímera, de parecida manera como los “happenings” en el siglo XX; es decir a contratiempo o en el tiempo de la modernidad que todo lo vuelve, tarde o temprano, obsoleto.

Se necesitaba también, algo así como “otra” mirada para haberlo visto; es decir, que cuajara un tiempo en que ya estuviéramos instalados en cierto malestar de la cultura y a “contracultura”; un tiempo cuando la mirada instruida por la tradición del Renacimiento y la Ilustración que calificaba lo que es “arte”, estuviera ya debilitada o más bien agotada.
En ese tiempo que Steiner describió como el de la “poscultura”. Porque otra característica de este lenguaje estético en la grafica popular mexicana es que es un arte sin autor; no tiene el sino de la trascendencia del artista sino más bien cierto presenciar que arranca colectivo y devaluado- se crea a partir de cualquier pintura y materiales industriales- con factura descuidada y sin exigencias ni maestrías en habilidades como el dibujo, la perspectiva, el manejo de la luz o el equilibrio y la graduación del color de parte del pintor. Si la manzana se pintó morada es porque al rotulista se le acabó el rojo y la tlapalería estuvo cerrada.

Antes de concluir quisiera dejarles una reflexión más; una de la cual yo no me había percatado hasta que leí el ensayo que el Dr. Emilio Salceda aportó en este número de Artes de México.

Él señaló las cualidades de lo grotesco, incluso la fealdad ética y estética, que también trasmite esta gráfica popular mexicana. Creo que Emilo apuntó a algo esencial:
¿De qué nos reímos cuando vemos el pollo de múltiples chichis o el letrero que dice “hamburguesas al cabrón” con un toro sentado sobre una parrilla?
Después de tanto desglosarlo, de buscar tradiciones estilísticas, de hacer referencias mitológicas, iconográficas, históricas y antropológicas… capaces de matar cualquier emoción maravillosamente espontánea ante la estética de esta gráfica… a mí, sin embargo, no se me clausura la risa. Pero me detengo ante el cerdito al cual le pintaron una mano humana y pienso en Sor Juana: yo me siento también, mientras me río, como “la peor de todas”.

*Texto de presentación de El otro muralismo. Rótulos comerciales, en la Fiesta del Libro y de la Rosa. MUAC, Ciudad Universitaria, abril 2010.


Regresar