Johannes Neurath
Las paradojas de la transformación
Los lugares de culto —cerros, rocas, piedras, cuevas, ojos de agua, lagunas y el mar— son considerados moradas de antepasados divinizados. En tiempos míticos, mediante sacrificios y autosacrificios, los antepasados se convirtieron en hombres-dioses o iniciados. También se transformaron en las cosas que sus descendientes necesitaban para vivir: agua (en sus diferentes formas), maíz y otras plantas alimenticias; el Sol, venados y otros animales; tabaco y peyote. Por eso es que, según dicta la cosmogonía huichola, todos estos elementos de la naturaleza son, “en realidad”, personas. Las formaciones naturales que existen en los lugares de culto dan testimonio de las transformaciones que estos antepasados sufrieron en el tiempo mítico. Determinadas rocas, árboles u ojos de agua surgieron o adquirieron su forma peculiar durante episodios importantes de la narración primigenia.
Las transformaciones cosmogónicas muchas veces implican un giro en la lógica narrativa. Por ejemplo, una gran roca blanca solitaria que se encuentra en el mar, a cierta distancia del Estero del Rey, en el puerto de San Blas, es el punto de partida del kawitu, que conduce al iniciante hasta el otro lado del umbral del “tiempo-espacio”. Siendo el lugar de culto de Tatei Haramara, la diosa Madre del Mar, este monolito marca el primer objeto sólido del cosmos, el punto occidental del quincunce que, para los huicholes, es el mundo. Según el relato mítico, la Madre del Mar se arroja contra la roca para convertirse en vapor y lluvia. Y, siguiendo la estructura de la cosmogonía huichola, se convierte en la roca. Es decir, se arroja contra sí misma para convertirse en ella.
De manera similar, la canoa usada por el único hombre sobreviviente del diluvio para salvarse toma la forma del resto del diluvio, contenido en la laguna de Chapala.
En el rito de iniciación encontramos una paradoja de este tipo: los lugares sagrados se visitan para obtener nierika, “el don de ver”; sin embargo, el iniciante debe poseer —antes de acercarse a dichos lugares— nierika, que también significa “escudo frontal”, para protegerse de los peligros que existen en ellos.
Estas rupturas narrativas se relacionan con ciertas características estéticas del arte huichol. Para apreciar un buen nierika, especialmente aquel de los grandes cuadros de José Benítez Sánchez, hay que fijarse en todo tipo de ambivalencias. Pueden buscarse figuras dentro de otras; invertirse la imagen u observarse elementos que parecen brotar en los rellenos. A veces, un mismo personaje aparece como dos seres o está inserto en episodios míticos distintos dentro de un mismo cuadro. El arte textil presenta fenómenos parecidos al crear efectos de inversión óptica, equivalentes a los de un positivo y un negativo fotográficos. Con estos efectos, el creador ofrece al espectador la posibilidad de apreciar múltiples configuraciones en un mismo diseño, tal como sucede con el arte islámico.
Un buen nierika siempre puede contemplarse desde distintas perspectivas y ofrece diferentes niveles de lectura; pero, sobre todo, crea situaciones de suspenso entre sus elementos contrastantes. Esto podemos constatarlo también en los relatos cosmogónicos. El oriente, o lugar del amanecer, fue encontrado por los primeros peregrinos en el momento en que éstos lo crearon a partir de un acto de autosacrificio. Pero, ¿fue el efecto del peyote el que iluminó el mundo, o fue el Sol? Cuenta el mito que el astro diurno, con la ayuda de sus tropas auxiliares, los peyoteros, mató a las estrellas al amanecer. De esta forma, para el pensamiento huichol, los peregrinos también son las estrellas que se autosacrifican para transformarse en el Sol. Del mismo modo, las serpientes de lluvia, que nacen de los polvos del árido semidesierto de Wirikuta, son producto del sacrificio de los peregrinos. Puede decirse que son sus lágrimas, aunque no se sabe si son de alegría, por la salida del Sol, o de compasión, por la muerte del venado y de las estrellas.
Nierika, “el don de ver” —conocer la estructura secreta del mundo— es el privilegio de los iniciados, que implica una interpretación del mundo que contradice muchas de las reglas esenciales de la religión de los huicholes. Los iniciados no dan importancia a la reciprocidad, ni parten de una concepción del mundo que suponga la complementariedad de los opuestos.
Aquellos que se relacionan con los antepasados deificados en términos de un intercambio recíproco de dones no pretenden conocer a los dioses. Para ellos, éstos simplemente son los receptores de la sangre sacrificial untada en ofrendas, y se espera que sean también los que donen la lluvia. Pero aquellos que han obtenido nierika van más allá del dualismo. Conocer a los dioses significa, para los iniciados, ser ellos. El grupo de jicareros es el cosmos. Desde esta perspectiva, los sujetos de la cosmovisión se convierten en sus objetos.
Eso que denominamos “la cosmovisión huichola” resulta ser una especie de cortina invisible que separa a los no iniciados de los iniciados: inaccesible para unos, ya superada para los otros. Los objetos rituales conocidos como nierika, “espejos”, son tablas con agujeros para ver el mundo de los dioses. O se perciben los reflejos, o se pasa al otro lado.
Johannes Neurath (Viena, Austria, 1965) es investigador del INAH. Maestro en Etnología por la Universidad de Viena y doctor en Antropología por la UNAM. Fue curador asistente en el Museo de Etnología de Viena y actualmente es curador de la sala del Gran Nayar del Museo Nacional de Antropología. Es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del SNI. Desde 1992 realiza trabajo de campo entre los huicholes y los coras. Es autor de Las fiestas de la Casa Grande: ciclos rituales, cosmovisión y estructura social en una comunidad huichola (2002); coeditor y coautor de Flechadores de estrellas. Nuevas aportaciones a la etnología de coras y huicholes (2003); traductor y coeditor de Fiesta, literatura y magia en el Nayarit. Ensayos sobre coras, huicholes y mexicaneros
de Konrad Theodor Preuss (1998).
NOTA: El signo + sustituye el caracter i, del sistema lectográfico del idioma huichol.