Artes de México

De la naturaleza de la biblioteca

Margarita de Orellana

Explorar una biblioteca como la Palafoxiana es una experiencia que se da muy pocas veces en la vida. Recorrer sus pasillos con detenimiento; mirar a través de sus estantes los lomos de los libros que guardan infinidad de sorpresas; poder apreciar de cerca las encuadernaciones, las guardas, las portadillas, los papeles y sus texturas, el despliegue de tipografías, las capitulares —tanto las sencillas como las más barrocas— y las ilustraciones, estimulan de manera intensa lo que podríamos llamar la imaginación editorial. Además de su inmenso valor histórico y bibliográfico, este espacio es, para cualquier editor, diseñador, ilustrador e impresor, un paraíso que, sin duda, marcará su oficio de muchas maneras. Para Artes de México la experiencia ha sido una fuente de inspiración. ¿Cómo retribuir esta oportunidad? Intentando dar cuenta, en la brevedad de estas páginas, de la importancia de este patrimonio. ¿Cómo transmitir a nuestros lectores la emoción indescriptible que produce el encuentro con este universo abierto a la imaginación? Si logramos hacerlo, habremos alcanzado nuestro objetivo. Este acervo rebasa a cualquier ser humano, pues fue conformado por miles de ellos. ¿Cómo acercarse a él? Optamos, primero, por explorar la naturaleza de toda biblioteca; para ello, Alberto Manguel, como en un sueño, nos abrió la puerta de la biblioteca de Alejandría, cuya ambición explícita era la de abarcar todo el saber humano del segundo milenio a. C., compilar la memoria del mundo. Y no sólo esta obsesión era parte de su leyenda, sino también el intento de ordenarla. Así nació el oficio de la catalogación. A gran distancia, la Palafoxiana puede ser vista como un reflejo de esa mítica y ejemplar biblioteca. También, en el fondo, aspira a reunir parte del saber universal de forma exhaustiva. En ella, las obras que Palafox donó, durante el siglo xvii, conviven con las de sus enemigos, los jesuitas, cuyo acervo es inmenso, y con volúmenes que fueron donados después por otros benefactores. Más adelante, Roger Chartier nos habla de esos espacios organizados para la lectura, así como de los libros de libros, o de las bibliotecas sin muros, que temen al olvido y a ese exceso indomable de sabiduría de que puede ser presa un acervo bibliográfico, si no es ordenado eficazmente. José Luis Martínez nos ubica a la Palafoxiana en su contexto virreinal, poco después de la Conquista, cuando se empezaba a desarrollar en Nueva España la afición por acumular libros. Enseguida, Ricardo Fernández Gracia nos ofrece un perfil muy entusiasta sobre el gran iniciador de este tesoro excepcional. También incluimos las ordenanzas del más importante impulsor de esta biblioteca, quien construyó el inmueble y enriqueció el acervo: don Francisco de Fabián y Fuero. En ellas descubrimos una verdadera pasión por los libros, y sobre todo por su preservación. Sería conveniente que algunas de estas reglas se ejercieran actualmente en muchas de las bibliotecas públicas del país. Desde hace tres años, se ha llevado a cabo una labor excepcional de conservación y catalogación de la biblioteca Palafoxiana. El profesor Pedro Ángel Palou Pérez y Alejandro Montiel nos hacen un breve recorrido por la historia del inmueble y del acervo, y nos ofrecen un breve recuento de su experiencia en este proyecto sin precedentes. Guillermo Zermeño estudia algunos de los libros que tratan cuestiones morales, escritos por teólogos jesuitas. Alfonso Alfaro nos habla de las emociones que despierta el libro como objeto de arte y se refiere al ex libris casi como una declaración de amor al libro por su dueño. Finalmente, Jean Meyer, un usuario excepcional de esta biblioteca, se solidariza y aplaude el esfuerzo que se ha hecho para que este acervo pueda ser utilizado por muchos investigadores en un futuro próximo. Así, esta biblioteca, cuya riqueza es difícil de medir, se presenta como un gran banquete que espera a los comensales (investigadores) que quieran darse un gran festín. Por lo pronto, invitamos a nuestros lectores a devorar con los ojos estas páginas.