Valentine Tibère

He aquí el primer alimento de su boca:
el cacao molido, el chocolate.
J.M.G. Le Clézio. Les prophéties du Chilam Balam.
Los libros sagrados de los antiguos mayas dejan ver que el primer cacaotero floreció en la noche de los tiempos, cuando los heroicos gemelos del Popol Vuh descendieron al inframundo. Por eso, como veremos en estas páginas, el árbol del cacao, ha crecido real y simbólicamente entre las sombras, esconde simbolismos ancestrales de muerte y renovación.
Allá en los confines de la memoria humana, en la época del Tercer Sol, la abuela Xmucané y el abuelo Xpiyacoc sientan sus reales cerca de las lagunas cuyas aguas oscuras, como espejos sin azogue, tachonean las tierras húmedas del Soconusco. Tienen dos hijos gemelos que, a su vez, tienen dos veces hijos gemelos, todos del linaje de los Ahpú. Chamanes poderosos con alma de artista, cazadores de estrellas con cerbatana y jugadores de pelota cósmica. La huella de sus siluetas gemelas aflora todavía en la piedra blanca de los monumentos de Izapa en forma de hombrecillos menudos que se baten contra un ave cósmica o frente a un cacaotero gigante con un fruto. En el monumento de la creación del mundo, los peces emblemáticos de los Ahpú se sumergen de cabeza desde la banda celeste en una voluta de maíz y una forma en U que bien podría representar el protoglifo de la palabra cacao. Sin embargo, de las aventuras de las dos generaciones de héroes gemelos, el Popol Vuh, el génesis maya-quiché, sólo recuerda el triunfo de 1-Hunahpú como dios del maíz y deja en el reino de las sombras y el olvido al cacaotero de reyes y chamanes.