Valentine Tibère

Fotografía de Justin Kerr.
La flor de los ancestros
Sobre su sarcófago de piedra en Palenque, el rey maya K’inich Janahb’ Pakal está representado en la posición de un recién nacido que despierta a una vida nueva al pie de un árbol de la vida sobrenatural. Colocado explícitamente bajo el signo del maíz (su patronímico, Janaab’, remite a la flor del maíz), Pakal llevó desde su nacimiento tabletas para moldearle el cráneo en forma de mazorca. Ya adolescente, su tocado, que remata en un penacho de plumas imitando la inflorescencia masculina de la planta, confirma su filiación con el dios del maíz, el “primer padre” de la humanidad (Linda Schele). El soberano de Bak, el “reino de las osamentas” según el nombre antiguo de la ciudad maya, se presenta, así, como descendiente directo de los primeros hombres formados por la abuela Xmucané con maíz amarillo y blanco. Pero a los lados de su tumba florecen sus ancestros, cuyos huesos teñidos de rojo con cinabrio germinan cual semillas en la oscuridad húmeda de las cámaras funerarias de Bak. Convertidos en árboles frutales, crecen en los subterráneos del Templo de las Inscripciones como los “tallos resucitados” de Hunahpú y Xbalanqué en medio de su casa, representaciones figuradas de los árboles de frutos sabrosos que hay alrededor de los monumentos. La reina madre Ix Sak K’uk’ (quetzal resplandeciente) se convirtió en el árbol real por excelencia, el cacaotero de follaje siempre verde.
Surgen de sus hombros frutos puntiagudos y trepan por una rama arqueada sobre su cabeza. Al lado de ésta una flor fantástica se asemeja a un pez, cuyo ojo redondo parece destinado a contemplar la oscuridad de la tumba por toda la eternidad. La alusión al pez del cacao resultaría evidente, aun cuando las flores-glifos no tienen a primera vista nada que ver con las insignificantes inflorescencias blancas que se apiñan en la hinchada de la corteza del cacaotero, tan pequeñas e inodoras que sólo a los escribas mayas se les ocurriría examinarlas de cerca. Hay que observar sus siluetas minúsculas, réplicas vegetales de los bagres que danzan sobre el sarcófago de Pakal o en la serie de vasijas que representan a los gemelos del agua (véanse páginas 24-25). Sus pétalos palpitan como las aletas de los gemelos del alba, tiemblan como sus bigotes o se parten en V como cola de pescado, agitándose a capricho del viento. ¿No son también la frágil imagen de las blancas flores del alma maya? “K’ay u sak nik ik’il” (su blanca flor se acabó), dice “la antigua palabra” para evocar la muerte. El deslizamiento desde la flor-pez hasta la “muerte florida”, un concepto llevado al extremo por los aztecas, va acompañado de uno de esos juegos de palabras e imágenes que son la esencia de las lenguas mesoamericanas. A kay o chay, el pez, responde el verbo k’ay o ch’ay, terminar, sobreentendiendo “su vida” terrestre. En el reino de Bak, en Palenque, el misterio sagrado del Popol Vuh se actualiza en las profundidades de la tierra. Ix Sak K’uk’ es Xmucané, la madre de 1-Hunahpú, evocada por la tradición oral como creadora de nueve bebidas a base de cacao puro o mezclado con maíz (Dennis Tedlock). A Pakal, su hijo, se le prometió una reencarnación como dios del maíz, según indica una inscripción grabada en su tumba. Sin embargo, existe otra versión del mito, sin duda más antigua, que ve en 1-Hunahpú al dios doble del maíz y el cacao que se habría transformado en cacaotero en el Xibalbá antes de renacer como maíz en la tierra. También sería él quien habría inventado las primeras bebidas de chocolate (Diego de Landa). La tradición de ofrecerlo en pequeños altares a la efigie de los muertos de la familia y beberlo sobre las tumbas el 2 de noviembre, día de la fiesta de los difuntos, va en ese sentido.