Valentine Tibère

Fotografía de Justin Kerr.
El primer árbol del mundo
Hay en el Soconusco un tipo espectacular de cacaotero. La cáscara de su fruto, hendida por cinco estrías profundas, está cubierta de protuberancias que evocan la piel rugosa del cocodrilo. Hoy día, quienes saben de botánica le llaman “cacao lagarto” (Theobroma pentagonum). El color de esos frutos, igualmente notable, va de un rosa delicado jaspeado de amarillo hasta el color rojo intenso de la sangre. El saurio que atraviesa las aguas salobres de los manglares, a treinta kilómetros de los cacaotales, evoca a la decana de la humanidad azteca, Cipactónal, cuyo nombre viene de cipactli, cocodrilo en náhuatl. En el momento de recrear el mundo después del diluvio, los dioses cometieron errores y recurrieron a los “guardianes de los días”, Cipactónal y Oxomoco (los homólogos de Xmucané y Xpiyacoc). Ambos augures eran tan viejos que ya existían cuando surgió la tierra de las aguas primordiales, como el cocodrilo que emerge del pantano; o más precisamente, como el montoncito de lodo y materia vegetal que el saurio forma con la cola para depositar ahí sus huevos en un medio seco. En México y América Central, los albores de los tiempos coinciden con la invención del calendario sagrado, el tonalli, usado para predecir el futuro. El primero de sus veinte días es el día cocodrilo, cipactli en náhuatl, imix en maya. Entonces se entiende mejor el nombre tan atinado de Cipactónal, que significa “cocodrilo del calendario sagrado”. Para volver a los manglares mayas, hay quienes han observado que una vez que los cocodrilos nacen de los huevos, arraiga en el nuevo montículo un arbusto, imagen viva del árbol primordial y colonizador que permitirá ganar terreno al agua. Así el vástago se convierte en símbolo del árbol de la vida que conecta los tres mundos: el mundo subterráneo de las aguas vírgenes, la tierra y el cielo. Existe una réplica vegetal del cocodrilo en las tierras calientes mayas bajo la forma de un árbol gigantesco, la ceiba, llamada precisamente imix che, “árbol del primer día”. Sus ramas tocan el cielo a 35 metros de altura. Sus raíces se tuercen como las garras de un cocodrilo gigante y su tronco está cubierto de grandes espinas cónicas que imitan la cuadrícula dorsal del saurio. Su exacta réplica se halla grabada en la estela 25 de Izapa: las patas traseras del monstruo cósmico forman las ramas, mientras que el hocico y las patas delanteras con sus garras imitan de maravilla las raíces. Otra época, otro lugar: la imagen del árbol cocodrilo se nubla y reaparece distinta, pero idéntica en esencia. En Chichén Itzá, en un panel esculpido de la tumba del sumo sacerdote, un saurio apoya en el suelo el hocico y la pata antropomorfa para representar, esta vez, una de las raíces del cacaotero. El cacaotero lagarto surge de nuevo en un códice del siglo xvi, el Fejérváry-Mayer, que muestra cuatro árboles cósmicos diferentes en asociación con la Piedra del Sol. Los frutos rojos del cacaotero sustituyen las espinas de la ceiba, lo que da a pensar que los frutos son del tipo del cacao lagarto. Su última manifestación se da en forma de cruz cristiana con frutos rojo sangre. Los frutos de yeso tienen abolladuras como las del cacao cocodrilo del Soconusco. Demos otra vuelta al caleidoscopio del árbol primordial: el “árbol del maíz” es también un saurio. Aparece ya en la cultura olmeca como árbol primordial, custodio de los cuatro puntos cardinales y del eje del mundo. La ceiba, el cacaotero, el maíz: cada uno de esos árboles del mundo por los que circulan las energías de la vida y la muerte está conectado por una imagen común: la de la mazorca, ixim, eco deformado del cocodrilo, imix (Simon Martin vincula ambos elementos a propósito del maíz y el cacao). El fruto de la ceiba, una cápsula ovoide parecida por su forma a la del cacao, encierra en efecto una “mazorca” de granos rodeados de un algodón etéreo, versión seca y leve de la húmeda pulpa del cacao. La espadaña (tol en náhuatl, puh en maya), junco acuático que dio su nombre a la ciudad de Tula, o Tollan, así como a los héroes del Popol Vuh, los Ahpú, como ha señalado Linda Schele, presenta también una espiga o mazorca lanosa muy parecida a la de la ceiba. La legendaria Tula remite por cierto al mito de Quetzalcóatl, el dios que habría sembrado las semillas de cacao en Tabasco antes de transformarse, como los gemelos del Popol Vuh, en el planeta Venus.
El árbol de la vida con hermosos frutos emerge de las sombras. Los nuevos descubrimientos arqueológicos ponen en el mapa a la costa pacífica de Chiapas con el surgimiento de la cultura mokaya, un “pueblo del maíz” y del cacao que desarrolló las primeras bebidas de chocolate hace cuatro mil años. Desde principios de este siglo, los agricultores han recuperado paulatinamente la esperanza de mantener viva la selva de los ancestros con sus cacaoteros, de blancas semillas, gracias a la demanda internacional de chocolates nativos con sabores refinados. Tanto en Tabasco como en Chiapas, los productores han comenzado a volver a plantar cacaoteros criollos, seleccionados a partir de antiguas variedades olvidadas, como el legendario cacao real del Soconusco. Desde 2005, en Villahermosa, los viajeros pueden recorrer una ruta histórica y turística del chocolate que los lleva de la pirámide a la plantación. El ecoturismo, en los ranchos del Soconusco se desarrolla alrededor del cacao y de los manglares vírgenes que vieron nacer a los héroes del Popol Vuh. Ahora que la gastronomía mexicana ha sido incluida en el Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad, los restaurantes y tiendas dan un lugar de honor al suntuoso guajolote, al mole con chocolate de Oaxaca o Puebla, o a su versión popular, las sabrosas enchiladas de mole negro. Resulta ya más fácil hallar y degustar las bebidas de cacao tradicionales no sólo en las casas de la gente del lugar. El corazón de la mazorca de cacao palpita otra vez al unísono con el del maíz. Hay en maya una expresión para llamarlo: pucçikal yxim, que podría traducirse como “el alma, la vibración de los granos”.
Traducción de María Palomar.
Valentine Tibère. Se llama a sí misma “chocolatóloga”, un oficio apasionado en el que se conjugan el periodismo sobre el tema, lo mismo en prensa escrita que en la web, las conferencias y las degustaciones. Es coautora, con Pierre Hermé, del Larousse del chocolate, miembro del Club des Croqueurs du Chocolat, un exclusivo grupo francés que reúne a especialistas en la materia. Como embajadora del Mundial del Chocolate, ha participado en la recuperación del cacao real del Soconusco. Desde hace diez años trabaja como investigadora independiente.