Alberto Ruy Sánchez
La poderosa huella del surrealismo en México y de México en el surrealismo tuvo un segundo momento prolongado en el que, por obra de su misma magia, se hizo huella mexicana. Después de las visitas extrañas y más deslumbradas que deslumbrantes de los cometas surrealistas Breton y Artaud, siguió una lluvia de asteroides que fueron más fértiles y se arraigaron en el suelo desconcertante de un país que no se pensaba a sí mismo con mucho desconcierto. El surrealismo enseña a México a asombrarse de sí mismo de una manera distinta: pasional sin razones ni patriotismos nacionalistas, aventurada sin heroísmos, creativa sin espejos engrandecedores. El surrealismo transterrado no sólo reitera los rituales del asombro que nos hacen felices como asiduos al arte sino que además crea nuevos ámbitos nuestros: el surrealismo añade al mapa de México espacios imprevisibles y ya imprescindibles. Apéndices mayúsculos que comunican la naturaleza desbordada con el sueño, como bien lo sabe Edward James. Y como aprendemos a reconocerlo a través de Xilitla. La geografía surrealista se alebresta cuando llega a México, hierve, crea suelos y subsuelos únicos. Leonora Carrington, Wolfgang Paalen, Luis Buñuel, Remedios Varo y muchos otros son artistas tan mexicanos como Octavio Paz y a la vez tan cosmopolitas.
Son puentes entre México y el mundo y son subterráneos, ígneos, es decir volcánicos. Si como dice Paz el surrealismo es más una sensibilidad que un movimiento estético, en México esa sensibilidad enciende el fuego de la risa, el del erotismo profundo y sin límites, el de la indagación en el pasado mítico de las piedras pulidas que nos circundan y de los hombres desconocidos que las hicieron y que por un acto de fe surrealista llamamos nuestros antepasados. Los surrealistas son nuestros antepasados de la misma forma mítica y desconcertante: creemos en sus cosas porque nos hablan y nos despiertan hacia nuestros sueños.
Wkaling in the
By Kaycie on 2011 05 30