Johannes Neurath

Durante los últimos años, los huicholes, o wixaritari, han desplegado un intenso activismo contra la siembra de maíz genéticamente manipulado y contra las compañías transnacionales que promueven estos cultivos en México. La destacada participación de esta etnia en dicha lucha puede resultar sorprendente, si se toma en cuenta que ésta padece problemas más apremiantes. Su preocupación, sin embargo, es una prueba elocuente de la importancia religiosa que para la cultura wixarika tiene el maíz, iku. Es un hecho que el denominado “maíz Frankenstein” pone en peligro sus creencias sobre la existencia humana y su relación con el cosmos.
Para los huicholes es una obligación sembrar maíz tradicional. Aquellos que viven fuera de las comunidades envían dinero a sus familiares para cubrir los gastos de las ceremonias del maíz. Esto es importante, pues aquel que deja de sembrar el maíz sagrado pierde sus derechos comunales. Además, la defensa del maíz sagrado implica que no deben sembrarse otras variantes que las tradicionales en los terrenos comunales. En algunas comunidades, aunque no en todas, el uso de fertilizantes y plaguicidas ha sido prohibido por las asambleas y las autoridades tradicionales.
El cultivo y la alimentación basados en las cinco variantes de maíz tradicional son prácticas paradigmáticas para el pueblo huichol. Por esta razón, el consumo de otros granos, como el trigo, se considera aberrante. A semejanza de otras cosmogonías indígenas de tradición mesoamericana, los huicholes creen que los seres humanos somos de maíz, especialmente las mujeres.
Las cinco variantes de maíz que se cultivan en la sierra son concebidas como cinco hermanas, las cuales están asociadas con los cinco rumbos del cosmos: Yuawime, el maíz azul oscuro del sur; Tuxame, el maíz blanco del norte; Ta+lawime, el maíz morado del poniente; Taxawime, el maíz amarillo del oriente, y Tsayule, el maíz pinto del centro, las cuales deben sembrarse juntas en el coamil o milpa, pero nunca revueltas.
En 1907, Konrad Theodor Preuss documentó la siguiente versión del mito del origen de esta semilla, y la publicó con el título La boda del maíz. El relato ocurre en una época mítica anterior a la adquisición de este grano. Watakame, que vivía con su anciana madre, exclamó:
—¡Tengo hambre!, voy a preguntarle a la gente.
En su camino, Watakame se topó con la “gente-hormiga” que transportaba maíz.
—¿Dónde lo compraron? —preguntó.
—Allá hay maíz, vamos hacia allá a comprarlo.
Y Watakame se fue con ellos.
—Aquí vamos a pasar la noche —le dijeron.
Todos se fueron a dormir. Cuando Watakame despertó ya no estaba la “gente-hormiga”, pero sus cabellos habían desaparecido. Las hormigas arrieras se los habían robado.
Entonces Watakame se dio cuenta de que estas arrieras no compraban el maíz, sino que se lo robaban.
—¿Qué hago? —pensó Watakame —tengo hambre. Y en ese momento se sentó en la cresta de una sierra y, desde ahí, vio cómo se acercaba una paloma [kukurú, güilota] que traía masa de maíz en el pico. La paloma es la madre del maíz.
—¿Puedo visitarte en tu casa?—le preguntó.
Pronto llegó al rancho de la paloma, y preguntó:
—¿Aquí venden maíz?
—Bueno —dijo la dueña del rancho, que era una viejita —lo que te puedo dar es una muchacha.
Ella abrió la puerta y empezó a llamar:
—Ven, maíz amarillo; maíz rojo, ven; maíz negro, ven; maíz pinto, ven; maíz blanco, ven; ven, flor de calabaza; ven, amaranto rojo. Maíz amarillo, tú te vas a ir con él.
—No —contestó este último.
—Maíz rojo, te vas.
—No.
—Maíz negro, te vas.
—No. No voy.
—Maíz pinto, te vas.
—No voy. Porque mañana o pasado mañana me va a regañar. Camino muy despacito.
—Flor de calabaza, te vas.
—No. Me cortará con un cuchillo.
—Amaranto rojo, te vas.
—No. Me tirará.
La viejita entonces le dijo a Watakame:
—Construye cinco trojes y un adoratorio bonito [es decir, un xiriki]. Durante cinco días coloca flores rojas de cempasúchil en el sur, flores amarillas de cempasúchil en el norte, betónicas en el oriente, tempranillas en el poniente, y en el centro vas a colocar flores de Corpus. Durante cinco días enciende una vela. No vayas a regañar a las muchachas. Ponlas en el adoratorio, y nunca dejes de barrerlo.
Watakame se fue a su casa e hizo lo que le dijo la viejita. A los cinco días llegó la muchacha del maíz, y entonces él vio que sus trojes estaban llenas de maíz y comió. Pero este idilio no duró mucho. La madre de Watakame no pudo aceptar que las cinco Niwetsika fueran tratadas como princesas y no le ayudaran con las tareas de la casa.
Entonces la madre de Watakame regañó a su nuera:
—¡Prepara la comida, eres una mujer y no un hombre para que te sirvan la comida! —dijo ella.
La muchacha maíz se puso a moler en el metate. Un chorro de sangre salió de sus manos. Llorando molió el maíz. Se quemó las manos. Al final desapareció. Ya no hubo maíz en el rancho.
—¿Qué voy a comer? —exclamó la viejita y le dijo a su hijo: —Niwetsika se fue a su casa. ¡Tráemela otra vez! Watakame regresó al rancho de la madre del maíz y dijo:
—Perdí a Niwetsika, ¿vino aquí?
—Te dije que no la regañaras. Ya no te la voy a dar. Aquí vino. Aquí está. Sus manos quedaron totalmente quemadas. Vete tú solo. Se fue. Llegando a su choza regañó a su mamá:
—La regañaste. Por eso se fue, y nosotros nos vamos a morir de hambre.
Otras versiones de este mito cuentan que el hombre y su madre sobreviven a la hambruna y se convierten en los antepasados de los seres humanos, pero sólo después de arduas negociaciones con la madre de las muchachas. Watakame le lleva a su suegra muchos obsequios: carne de venado, tamales. También elabora para ella velas, jícaras y flechas, es decir las ofrendas que actualmente se preparan en ocasión de las fiestas del xiriki. Así es como se celebró la primera ceremonia de este tipo. Ahora el maíz ya no crece por sí mismo, sino que requiere mucho esfuerzo, tanto físico como ritual.
La relación entre el hombre sembrador y el maíz equivale a un matrimonio; no obstante, se trata de una frágil relación porque implica establecer una alianza con los dioses del inframundo: los parientes de las muchachas maíz. Por otra parte la oposición entre el uno (Watakame) y los cinco desdoblamientos de su opuesto (las cinco Niwetsika) es la fórmula matemática de la cultura wixarika. En otros contextos encontramos relatos de este tipo: el axis mundi que se contrapone a los cinco rumbos del espacio horizontal; la flecha que se opone al espacio quintuplicado de la jícara; el venado y los cinco cazadores, por mencionar algunos ejemplos.
El concepto huichol de persona está sobredeterminado por la relación entre el cultivador y la planta. Muchos nombres personales, tanto de hombres como de mujeres, se refieren a algún aspecto del cultivo de la milpa. Los niños reciben nombres como Xitakame, “joven jilote” [de xita “jilote”] o Xauxeme, “planta de maíz con las hojas secas”, en tanto que las niñas llevan nombres como Niwetsika, que es el nombre de la diosa madre del maíz, o Utsiama, “semilla guardada [en la troje]”, o Ke+wima, “guía de frijol”.
El cultivo de maíz sirve de modelo a la familia poligínica huichola. La poliginia no necesariamente es sororal, como lo plantea la historia mítica del origen de la familia Watakame-Niwetsika, pero es fundamental para la sociedad huichola. Este hecho se hace más evidente, si tomamos en cuenta que los misioneros católicos, y recientemente también los protestantes, se han esforzado durante siglos inútilmente por acabar con esta práctica. Tanto el arraigo simbólico, como la importancia económica de la poliginia, no permiten a los huicholes en cuanto a usos y costumbres hacer “concesiones culturales”.
Mantener varias esposas implica más trabajo para el hombre, quien es el principal responsable de los trabajos del coamil, de aquí que sean pocos los que llegan a realizar el ideal de tener cinco mujeres. Una gran mayoría no se casa con una segunda o tercera esposa antes de que los hijos mayores hayan alcanzado la edad productiva. Los hombres pobres por lo general no tienen más que una o dos mujeres. Sin embargo, visto desde otra perspectiva, contar con varias esposas representa una ventaja económica, ya que éstas son las principales productoras de artesanía. Además, no conviene a una mujer huichola ser la única esposa, ya que los trabajos domésticos suelen repartirse entre las diferentes mujeres de un rancho. Por otra parte la regla de la endogamia étnica, es decir, la prohibición de casarse con mestizos o miembros de otras etnias, no es tan estricta como la de no sembrar un maíz que provenga de fuera.
El cultivo de maíz forma parte de una ceremonia cuya realización es imprescindible para la preservación de todo el complejo simbólico huichol. En el centro de la parcela de cultivo existe un tepali, agujero ritual dedicado al dios del fuego, elemento clave para encontrar algunas similitudes entre el coamil, en cuanto vivienda del maíz, y el adoratorio, xiriki. En el xiriki se guardan el maíz sagrado y las semillas que servirán para la próxima temporada de siembra. Por lo general, el maíz destinado al consumo y otros víveres se almacenan en carretones (graneros derivados de los hórreos peninsulares) o en cuexcomates circulares “estilo antiguo” (de tradición americana), construidos de piedra y lodo. Las mazorcas perfectas conservadas en el xiriki representan a las diosas del maíz.
La construcción de estos pequeños templos se asemeja a la de una casa común y corriente, sólo que en éstos es obligatorio que el techo de zacate sea de dos aguas, lo mismo que la orientación del templo, que siempre debe dar hacia el oriente. La puerta se ubica en el poniente, y en el interior los objetos sagrados siempre se colocan en el otro extremo; es decir en el lugar del amanecer.
Los xirikite (plural de xiriki) son “graneros rituales” donde el culto a los ancestros se combina con el culto a las diosas del maíz. Los antepasados que “viven” en estos xiriki por lo general están representados por pequeños cristales de cuarzo. Estos objetos reciben el nombre +r+kame, término derivado de +r+, flecha, porque se envuelven en un pedazo de tela y se amarran en una flecha ritual. Lo interesante es que estos “antepasados” no necesariamente están muertos, pues entre ellos se cuentan también los chamanes (mara’akate), ancianos “que ya son como antepasados”, por lo que también se les rinde culto. Ellos, incluso, llegan a hacer fiesta para sí mismos, en su aspecto del ser o del alma (el “corazón”, llamado iyari en huichol), que se materializa ante ellos mismos o ante otro cantador en forma de +r+ durante alguna ceremonia.
La gente común, al igual que la diosa del maíz, también está presente en el xiriki bajo la forma de atados de mazorcas llamados niwetsika. Cuando un bebé nace, se le confecciona un niwetsika. Éstos representan a la diosa Tatei Niwetsika, pero también a las esposas y a la familia de un hombre y, en un sentido más amplio, a toda la gente que pertenece al xiriki y a sus coamiles. Para rendirles culto, los niwetsika de cada xiriki se reúnen, además de los descendientes bilaterales de cada uno de los +r+kate, muertos o vivos, que se encuentren en el mismo adoratorio. Debido al principio de bilateralidad, el número de grupos xiriki a los que una persona puede pertenecer no tiene límite, a diferencia del número de templos xiriki que sí está limitado. De hecho, las personas no participan en todos los xirikite donde podrían o, inclusive, deberían asistir, sino que se limitan a las ceremonias de dos o tres adoratorios de este tipo.
No sería correcto hablar, en este caso, de un ritual familiar, ya que las fiestas y ceremonias de estos adoratorios involucran a un grupo de parentesco que es mucho más amplio que una familia nuclear o extensa. Aunque es cierto que, conceptualmente, el modelo huichol de la familia poligínica resulta central en estos rituales. En sus trabajos sobre la organización social de los coras de Cuaimarutse’e (Santa Teresa del Nayar, Nayarit), Philip E. Coyle habla de “grupos de atado de mazorca” (maiz-bundle groups). Para los huicholes tuapuritari, de Santa Catarina Cuexcomatitán, es pre
ferible hablar de grupos xiriki, ya que los objetos ceremoniales que son propios de la actividad ritual, no solamente comprenden los atados de mazorcas del tipo niwetsika. Preuss documentó equivalentes del xiriki entre los hablantes del náhuatl o mexicaneros de Durango, donde, en lugar de adoratorios, se eligen cuevas para guardar toda una serie de objetos asociados con los antepasados y los miembros vivos de los grupos de parentesco.
Las fiestas del xiriki son generalmente “sacrificios de toro” (mawarixa) que inician con una larga noche de vigilia donde se entonan cantos chamánicos. En la madrugada, el proceso ritual culmina con el sacrificio de una res (toro o vaca), cuya carne es consumida ritualmente por toda la gente presente, al concluir la fiesta en la tarde del mismo día. El mara’akame, o cantador, es la persona que dirige la ceremonia; durante sus cantos se comunica con Tatewari, Nuestro Abuelo Fuego, y con los dioses de los diferentes rumbos, para discutir diferentes asuntos y problemas, como la causa de las enfermedades. En caso de ser necesario, el cantador mismo funge también como curandero.
La agricultura de coamil es de temporal, es decir, se rige por los ritmos poco variables del clima tropical monzonal. De esta manera, la principal actividad de subsistencia siempre se relaciona con el calendario solar, que es, por ende, también un calendario festivo y ritual. Entre los huicholes y los demás grupos indígenas de la región del Gran Nayar (coras, mexicaneros, tepehuanes del sur) se celebran anualmente, aunque no siempre, tres fiestas agrícolas denominadas mitotes: un mitote se relaciona con la siembra y con el comienzo de la temporada de lluvias, fecha que coincide con el solsticio de verano y, en algunas comunidades, se considera el principio del año. La segunda fiesta del ciclo es el mitote de los elotes o primeros frutos, celebrada al término de las lluvias. El tercer mitote, muchas veces llamado “fiesta del maíz tostado” o “del esquite”, se relaciona con las semillas ya cosechadas y almacenadas, así como con la preparación de los coamiles, que se lleva a cabo durante los meses de la sequía.
La roza es el trabajo más pesado del coamil, de modo que en esta fase del ciclo agrícola, la cooperación cobra una relevancia especial. La quema se realiza precisamente en la época del año en la que las temperaturas son más elevadas. Según la concepción indígena, el comienzo del temporal es una inversión inevitable, consecuencia del arribo del calor extremo. En este momento, el fuego solar se agota y da paso a su contrario, el frío de las precipitaciones monzónicas. El calor provoca la lluvia, el humo de la quema del coamil se transforma en nubes, y el agua de las lluvias hace que el mundo se vuelva a enfriar. Este cambio repentino del gran calor de las secas a la temporada relativamente fría de las lluvias es el momento clave del calendario agrícola, de aquí que ninguna otra época del año sea objeto de tanta ritualización como ésta. También la metáfora mexica del tlachinolli-teuatl (“tierra quemada, agua divina”) está basada en esta experiencia milenaria del ciclo del coamil, secuencia, en sumo violenta, de elementos antagónicos: fuego y lluvia.
El temporal comienza normalmente a finales de junio y se prolonga hasta octubre. Entre los huicholes, Hikuli Neixa y Namawita Neixa son las fiestas que inauguran la temporada de las lluvias. Tatei Neixa es la única gran fiesta que se celebra para cerrar el temporal.
En Hikuli Neixa (“la danza del peyote”) o fiesta del maíz tostado, celebrada en mayo, los jicareros del centro ceremonial Tukipa forman una serpiente de nubes que representa la primera lluvia que llega del desierto situado en el oriente. Un poco después, en Namawita Neixa, se celebra el triunfo de las cinco diosas de la lluvia sobre el fuego. Esta última se celebra el día del año en que “descansa el maíz” y, junto con éste, las mujeres. Son los hombres los encargados de cocinar en el interior del gran templo Tuki, pero sólo pueden preparar alimento de “maíz crudo”, es decir, del grano no nixtamalizado que se usa para la elaboración de panes horneados. El centro de la fiesta lo ocupa una gran muñeca rellena de mazorcas y vestida de huichola que representa a la diosa Tatei Niwetsika.
Cada inicio de las lluvias simboliza la llegada de un nuevo diluvio y, simultáneamente, un regreso a los orígenes acuáticos del mundo. Por eso, durante el canto de la fiesta de la siembra, Namawita Neixa, se describe cómo la vieja diosa de la fertilidad, Takutsi Nakawé, anuncia la llegada del diluvio cuando Watakame, el primer hombre y el sembrador por excelencia, se halla trabajando en el desmonte de su coamil.
La combinación de los ritos de paso estacionales con los ritos de iniciación correspondientes al ciclo vital es uno de los aspectos más interesantes del ritualismo huichol. Para apreciar esta relación se precisa saber que existe una clara asociación de la época de lluvias con la niñez, pero también con el mundo mítico de los antepasados. La estación de lluvias es un “tiempo oscuro” o una noche, t+karipa. Esta equiparación simbólica se explica porque en la estación de las lluvias hay muchas nubes oscuras en el cielo, y todos los árboles tienen un denso follaje. Para los huicholes la época de las lluvias concurre cuando “todos somos niños” y “todos somos blandos”, como el jilote.
Septiembre y octubre son los meses en los que crecen y maduran los elotes, cuando se secan y se convierten en mazorcas. En la concepción huichola, esta época del año es “cuando amanece”, cuando “dejamos de ser como niños”, cuando se van las serpientes de lluvia y se acaba la época del temporal. En términos mitológicos, este momento corresponde a la primera salida del sol, cuando se hizo sólido el mundo.
A finales de octubre se celebra “la danza de nuestra madre”, Tatei Neixa, proceso ritual que también es conocido como “fiesta del tambor” o “fiesta del elote”. En esta ceremonia la gente se despide de las diosas de la lluvia, ya que se van en esta época del año y se presentan ante los dioses los elotes y las calabazas, al igual que los niños menores de cinco años. Los niños realizan peregrinaciones simbólicas al cerro Paritek+a en el oriente y al mar en el poniente, lo que constituye su iniciación al mundo de las peregrinaciones que realizan los huicholes adultos. Tatei Neixa marca el momento en que los elotes se secan y se convierten en mazorcas, que asimismo corresponde al momento en que los niños dejan de ser acuáticos y blandos como dioses de la lluvia y se vuelven “macizos”, como verdaderos seres humanos.
Antes de participar en una fiesta de Tatei Neixa, los niños menores de cinco años no pueden probar los elotes. Para los adultos esta regla no es tan estricta; sin embargo, celebrar una fiesta del elote es un requisito importante para realizar la cosecha, actividad que se lleva a cabo uno o dos meses más tarde.
La identificación de los huicholes con el maíz implica que el ciclo agrícola anual es también una metáfora de la vida humana. Aunque también podría decirse que la vida humana se vive como una metáfora del ciclo del maíz y, en sentido más amplio, como una metáfora de los ciclos de creación y renovación del cosmos. La actitud ecologista de los huicholes no pone al hombre en el centro de la naturaleza, sino que plantea una alianza matrimonial con ella, donde el respeto y el buen trato son la base de la convivencia.
Johannes Neurath, maestro en etnología por la Universidad de Viena y doctor en antropología por la unam. Actualmente es curador de la sala del Gran Nayar del Museo Nacional de Antropología. Desde 1992 realiza trabajo de campo entre los huicholes y los coras. Es autor de Las fiestas de la Casa Grande: ciclos rituales, cosmovisión y estructura social en una comunidad huichola. Fue coordinador del número 75 de Artes de México, dedicado al arte huichol.
Este artículo aparece en Artes de México núm. 78, Los rituales del maíz.