Margarita de Orellana
Al investigar en Artes de México el día de Muertos, la primera evidencia que se nos impuso iba en contra de lo que comúnmente se piensa: esta celebración no se vive de la misma manera en el mundo rural y en el mundo urbano. En el primero, el día de Muertos está aún muy ligado a las creencias ancestrales. Su forma ritual de expresar su creatividad está impregnada de una solemnidad inflexible y de un rígido código protocolario acompañado de un derroche de colores, composiciones y texturas. En el día de Muertos urbano también existe un estallido de colores y formas, pero éstas se hallan desprovistas de religiosidad y poseen un sentido festivo más desenfadado y lúdico. En este ejemplar de Artes de México —así como en el número 62, dedicado al día de Muertos en el ámbito rural— hemos intentado representar estas dos formas de celebrar el día de Muertos. También hemos querido explorar ciertas interrogantes que nos hemos planteado desde que concebimos las dos ediciones. ¿Cómo y cuándo esta celebración se diferenció en el mundo rural y en el mundo urbano? ¿Por qué en la ciudad se abandonó el carácter ritual para convertir a esta fiesta en una experiencia exaltadada y desafiante? ¿Por qué muchos de nosotros pensamos que se trata de una fiesta que se celebra igual en todo el país? Se ha pensado que el día de Muertos de la ciudad es una fiesta secular, debido a la Revolución mexicana. La obsesión de muchos intelectuales posrevolucionarios por impulsar nuestras raíces culturales desproveyén dolas de su catolicismo y su herencia española, para privilegiar el pasado prehispánico, hizo que la reflexión en torno al día de Muertos optara por este camino. Sin embargo, encontramos que ese distanciamiento entre el ámbito rural y el urbano ya se daba desde las últimas décadas del siglo xix. En una sociedad que deseaba ser moderna y formar parte de la serie de naciones que ya lo eran, estas celebraciones parecían un atavismo, un obstáculo para el progreso. Hay quienes expresaban (sobre todo en las clases medias ilustradas) su repudio ante estas muestras de “atraso”. Otros más tradicionalistas se lamentaban de que un día que había estado por siglos dedicado al dolor y la nostalgia adquiriera tintes de frivolidad. Según su peculiar punto de vista, los muertos ya no venían a compartir sus alimentos, sino a contemplar “grandes comilonas con glotones que ingerían sin cesar golosinas y bebidas alcohólicas”. En los panteones, en vez de plegarias se escuchaban voces altisonantes y hasta carcajadas. En la ciudad y en lugares como Toluca, con su Mercado del Alfeñique, había una inundación de colores y sabores encarnados en sus panes y sus dulces, sobre todo las calaveras de azúcar. En el ámbito rural no se ve esta proliferación de azúcar, sino la preparación de alimentos tradicionales ligados a los gustos de los difuntos. Y de ninguna manera encontramos las calaveras de dulce en las ofrendas. Las calacas en la ciudad nos son muy familiares. Son estas figuras las que expresan la actitud de desafío ante la muerte que supuestamente es parte de nuestra idiosincracia. Es curioso cómo en el México del siglo xx se le dio tanto realce a esta representación, cuyos orígenes se encuentran en la Eu ropa medieval, como si se tratara de un rasgo nacional. La calavera en todas sus representaciones se convierte sobre todo en ese día, en parte de la comunidad, y las calaveras de dulce que nos comemos, en una especie de comunión con la muerte. Dos autores clásicos Luis Cardoza y Ara gón y Paul Westheim, intrigados, desde su llegada a México, por este fenómeno, examinan y reflexionan sobre diversos aspectos de la plástica derivada de los esqueletos. El primero lo hace a través de las calaveras de José Guadalupe Posada. Para Westheim, estas representaciones descarnadas nos hablan más de la angustia de la vida que de la convivencia con la muerte. Ruth Lechuga destaca que la calavera no sólo baila y participa jocosamente de nuestros días de Muertos. La calaca tilica y flaca se inventa y reinventa sin cesar en el México cotidiano. No podíamos dejar fuera la exportación de esta tradición hacia la frontera norte. ¿Qué papel jugó y juega entre los chicanos? Tomás Ybarra Frausto define a esta tradición exportada como una lucha contra el olvido que permite afrontar —y quizá transformar— esa nueva realidad del emigrante. Después, la escritora Ana García Bergua nos ofrece un altar de interrogantes que nos hicimos al iniciar este número. ¿Cómo el día de Muertos y sus calaveras urbanas ha servido como instrumento simbólico dentro de la estrategia posrevolucionaria para crear una identidad nacional? ¿Cómomuertos literario insospechado. El brillante ensayo de Alfonso Alfaro nos responde muchas de las, poco a poco, se ha interiorizado en nuestra sociedad la idea de que los mexicanos tenemos una relación privilegiada con la muerte? Este autor, además, analiza la actitud que las clases superiores urbanas toman frente a la muerte, similar a la sus homólogas europeas y estadounidenses. Y finalmente invoca a esa muerte que, día a día, aparece en el país al escuchar los tiros de un cuerno de chivo. Y plantea una certeza con respecto a esa muerte: “nuestro país no tiene la menor idea de qué hacer con ella”. El tema de la muerte es inagotable. Habrá que seguir explorándolo en nuevas publicaciones, intentando provocar entre nuestros lectores más interrogantes e inquietudes que las aquí planteadas.