Alberto Ruy Sánchez
Todas las crónicas de viajeros sobre el Istmo de Tehuantepec hablan de una fascinación. Lo peculiar es que en vez de sentirse encantados por el lugar, por la arquitectura o por la naturaleza, como factores principales de su interés, los cronistas se declaran bajo el efecto de la seducción absoluta y creciente de las mujeres de esa región. Ellas son un fenómeno cultural en sí mismo: ellas crean con sus cuerpos, sus atuendos, sus rituales comunitarios y sus gestos cotidianos un ámbito excepcional, y un tiempo que sólo es suyo. Son un mito en el sentido más clásico del término porque tienen un rito vivo, una existencia material que lo sustenta y lo recrea. De los viajeros prototípicos del siglo XIX (hombres de negocios teñidos de utopía o exploradores ilustrados de lo desconocido, enviados por empresas o universidades o por gobiernos expansivos), el efecto se extiende en el siglo XX también a los artistas, a los escritores, a los etnógrafos, quienes multiplican las imágenes y convierten al Istmo en lugar de peregrinación cultural de propios y extraños. Y el motivo magnético es la tehuana. Su nombre es una generalización adoptada externamente que incluye una diversidad de mujeres de la región: juchitecas, blaseñas, etcétera. Aunque ellas sean el producto evidente de intensos mestizajes, el viaje mítico hacia la tehuana es un viaje hacia las fuentes, hacia las raíces. Un salto fascinado no sólo hacia el abismo cultural de una idea de México sino hacia el fondo mítico más lejano de las culturas, donde se supone que el matriarcado era ley. La tehuana tiene sin duda el valor cultural de lo distinto. Sus múltiples representaciones artísticas podrán ser cuestionadas por su alto contenido mítico pero son fieles a una verdad más profunda que es justamente esa cautivante diversidad cultural. Las tehuanas, por decir istmeñas, sí son distintas y sí son fascinantes. Cuando las mujeres del Istmo de Tehuantepec bailan sus sones en una de las rigurosas fiestas rituales que llaman velas, sus faldas y sus huipiles de flores coloridas hacen del salón o de la pista una especie de jardín móvil, acompasado, seductor. Un jardín que nos atrae con magnetismo desusado. Un oleaje que florece: la espuma se derrama en holanes bajo la falda. Un ir y venir de miradas altivas, de sonrisas seguras de su predominio. Cuando las istmeñas bailan, el hipnotismo es natural. No hay artista que no sucumba. La cultura que portan todas las variantes de tehuana es una densa trama de gesto y tela, de labor cotidiana y fiesta, que juntas dan a la vida sentido de mito y de ceremonia que lo reinventa, de una verdad comunitaria y sus visiones externas. En la exploración continua que hace Artes de México de los símbolos de la cultura nacional no podía faltar la revisión de las mujeres del Istmo. Presentamos crónicas clásicas, forjadoras del mito, y un despliegue de algunas de las huellas que las tehuanas han dejado en la sensibilidad de nuestros artistas y escritores.