Artes de México

Licor y agua sagrada

Philip E. Coyle

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Los coras de la zona del Nayar consumen un mezcal que se destila y bebe con fines rituales en el Mitote de la Chicharra, fiesta relacionada con la siembra y con la llegada de las aguas. Según la concepción indígena, para las fechas en que se realiza esta festividad el calor ha llegado a su punto más extremo, y el arribo del temporal es necesario. Por eso, los principales gestos rituales remiten a las nubes y al agua sagrada.
Previo a esta fiesta, los peregrinos de las diferentes comunidades han recorrido los manantiales ubicados en los lugares habitados por los dioses, para recolectar el agua sagrada que brota de ellos y llevarla a la comunidad en pequeños frascos y botellas. Una vez que han vuelto, se realiza el rito de “juntar las aguas” de los diferentes rumbos del universo en jícaras ceremoniales, gesto que se identifica con la llegada de las lluvias.
La producción de un mezcal, en la comunidad cora de Santa Teresa (Kweimarutse’e), también se asocia con este simbolismo. Los agaves que habrán de servir de base para el destilado también se traen desde lugares lejanos, y el licor se ofrece igualmente en jícaras rituales que se colocan en el altar junto al agua sagrada.
Este mezcal se elabora en un espacio sagrado en el cual sucede una suerte de magia alquímica por medio de la cual la esencia del agave se transmuta en agua de lluvia: el horno, las tinas de fermentación y los sencillos destiladores hechos de piedra y lodo se ubican a treinta metros del ojo de agua sagrada más importante de Santa Teresa.
Los instrumentos con los que se produce esta bebida también tienen connotaciones simbólicas. El horneado de las piñas de agave, por ejemplo, se lleva a cabo en un horno excavado que tiene forma de jícara.
Una vez que las plantas se hornean, la “carne” del maguey se deposita en otro recipiente cubierto de madera y decorado con flores. Esta pieza tiene forma de sepultura. Cual si fueran los cordones umbilicales de los ancestros, “sembrados” debajo de los magueyes, los cuerpos carnosos de los agaves se entierran y se les añade agua proveniente de un arroyo que desciende de Kweimarutse’e. Así, a medida que los corazones del maguey se fermentan, esta agua se cubre con una espuma que simboliza las nubes, y que remite también a las almas de los ancestros, que podrán emerger como espuma o vapor. Una vez que éstas hayan alcanzado las nubes, podrán provocar la lluvia tan necesaria para la comunidad.
Posteriormente, este fermento se calienta al fuego y, al condensarse, se precipita en forma de gotas de licor, que se asemejan a la lluvia. Una vez que el destilado está listo para beberse, se coloca como ofrenda, junto con los watsiku (tejidos en forma de cruz) y las flechas rituales, en el altar del mitote. Los watsiku se colocan en una línea mirando hacia afuera. El más alto y grande se ubica al centro. En la tarde anterior al ritual de ingesta de este licor, los cargueros toman cada una de estas cruces y las depositan en los tres lugares en los cuales permanecerán para “llamar a la lluvia” lo que resta de la temporada. Las dos cruces más pequeñas se colocan en la iglesia y en el centro de la autoridad local, respectivamente, y la más grande (junto con la máscara Xáyaka y las flechas rituales) se lleva a la parte más alta de Kweimarutse’e.
Las propiedades mágicas de este licor no se limitan a su proceso de destilación. También abarcan las sensaciones que produce en tanto que es una bebida alcohólica. La embriaguez entre miembros masculinos y femeninos de la comunidad funciona como metáfora de la cópula cósmica entre el cielo y la tierra. Y con ello, simboliza la fertilidad y el regreso de la lluvia, que es la base del renacimiento anual de la vida.
Esta metáfora se prolonga en una danza colectiva que comienza una vez que todos han agotado el licor de sus jícaras. Antes de comenzar la danza, la autoridad de la fiesta pinta el rostro de cada participante. La pintura se elabora con un jarabe extraído del agave. A los hombres se les pintan diseños circulares con un palillo del tamaño de una aguja. Las mujeres también llevarán diseños circulares, pero éstos serán elaborados con la boca de una jícara. La danza resalta por su obscenidad. Los danzantes giran en el patio ceremonial hasta que el mitote concluye. La fertilidad ha sido convocada, así que pronto llegarán las lluvias. La comunidad no tendrá que preocuparse más: la vida está garantizada. Traducción de Hilda Domínguez.


Este artículo aparece en Artes de México núm. 98, Mezcal. Arte tradicional.