Artes de México

Resucitar en el arte

Alberto Ruy Sánchez

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Este número de nuestra revista es, de cierta manera, un homenaje a Fernando Gamboa. Él fue quien, en 1988, nos propuso con insistencia que dedicáramos alguna vez un número a este tema. En aquel año hubo una exposición titulada Tránsito de angelitos, que le había parecido excepcional, tanto por la originalidad del tema en los estudios del arte mexicano, como por lo arraigado de este arte “funerario infantil” en nuestro país. Estas dos características: ser una profunda tradición de México y, al mismo tiempo, ser algo relativamente recién descubierto por los estudiosos, lo hacían, en opinión de Fernando Gamboa, un tema ideal para Artes de México.
Desde hace varios siglos se lleva a cabo el ritual de retratar a los niños que acaban de morir, como parte de un ritual más amplio que tiene entre sus propósitos convertir a la tristeza en alegría, festejar la entrada “de un alma pura a una nueva vida”. En la Nueva España hubo pintura notable de niños convertidos en angelitos, como lo atestiguan algunos de los cuadros que aquí reproducimos. La tradición ha continuado en la pintura mexicana hasta nuestros días. Algunos de los más jóvenes y ya prestigiosos artistas se siguen ocupando de este tema ritual como lo hicieron hace varias décadas Frida Kahlo, Orozco, Juan Soriano, Chucho Reyes, Olga Costa, Gabriel Fernández Ledesma, y muchos otros. La fotografía dio a este ritual un fuerte carácter popular y en muchos pueblos de México se continuó la tradición en manos del fotógrafo local. Algunos de ellos realmente notables.
El historiador del arte Gutierre Aceves se interesó desde hace algunos años en el tema y se dedicó a investigar sus orígenes y significados. Él mismo descubrió una colección de fotografías realizadas a principios de siglo por el fotógrafo del pueblo de Ameca, en Jalisco, Juan de Dios Machain. Esa colección y una muy buena selección de cuadros de diferentes épocas formaron la exposición, curada por Gutierre Aceves, que tanto había impresionado a Fernando Gamboa. Graciela Reyes Retana, que era entonces la directora del Museo de San Carlos, había puesto un interés muy especial en la realización de esa exposición, y había editado un catálogo muy interesante, escrito también por Gutierre Aceves, que es el antecedente directo de este número de Artes de México. De entonces a la fecha, muchos otros cuadros se han localizado, han sido pintados algunos más y, muchos textos relativos al velorio de angelitos han llegado a nuestras manos.
Lo que aquí presentamos es una selección de esa obra que se extiende a lo largo de tres siglos, por lo menos. Para ofrecerla a nuestros lectores hemos elegido el título de El arte ritual de la muerte niña, retomando un fragmento del poema Muerte sin fin, de José Gorostiza, que da a esa expresión un sentido de belleza paradójica: este arte está lleno de imágenes bellas que nos hablan con elocuencia de un reposo que es a la vez gentil y amargo. La “muerte niña” es una expresión que no se refiere precisamente a la muerte de niños, sino a un fenómeno cultural mexicano, al ritual en el que los niños que acaban de morir son considerados no niños sino angelitos, y como tales son festejados, no llorados. “La muerte niña” es aquella vista y vivida con alegría dentro de una ceremonia cristiana en la que se considera a los niños inocentes de toda desdicha eterna. “La muerte niña” no es muerte sino nacimiento festivo a otra vida.
Aclaramos también desde el título que se trata de un arte ritual porque creo que es precisamente esa característica la que nos hace comprender a la vez la intensidad de este arte, su necesidad en las comunidades donde ha sido practicado, y su sobrevivencia hasta el más nuevo arte de nuestros días. Esto último, considerando que, cada vez más, el arte mexicano del final del siglo va tomando características de arte ritual. Con mayor frecuencia se encuentra en la obra de los pintores jóvenes una concepción del arte como parte de una búsqueda de trascendencia vital. Búsqueda que se convierte, en los mejores casos, en una pregunta sobre la naturaleza del arte, sobre el significado de hacer arte ahora y aquí, sobre la naturaleza de “lo mexicano” y de sus representaciones, etcétera.
Muchas veces los artistas de ahora han dado respuestas fáciles a estas preguntas y eso es visible en sus cuadros. Pero muchas otras veces su respuesta a esas preguntas los ha conducido a otras preguntas más amplias, más inquietantes, más fructíferas desde el punto de vista estético. Lo que resulta un hecho es que en las diversas tradiciones del arte mexicano han encontrado los artistas algunas de sus mejores respuestas; y que este “arte ritual de la muerte niña” ha sido una fuente rica en respuestas para muchos artistas mexicanos.
Para una parte de nuestros lectores este tema será sin duda novedad. Para algunos incluso resultará, al principio, “demasiado duro y poco asimilable”, aunque en realidad pertenece de lleno al campo cultural tan explorado y asimilado de lo que se ha conocido como el fenómeno de “el mexicano y la muerte”. Es importante recordar que, en otros países, figuras que para nosotros ahora no resultan violentas, como las calaveras de Posada o algunas otras representaciones festivas de la muerte, son todavía duras y poco asimilables. Nunca ha faltado algún extranjero en México que haya tenido escalofríos cuando vio a un niño morder despreocupado una calavera de azúcar con su nombre escrito en la frente. Para el escritor Ray Bradbury la imagen resultó tan fuerte que la incluyó en uno de sus libros. Esto nos debe recordar que no todas las cosas han sido siempre valoradas como ahora lo hacemos y que para muchos temas inminentes del arte mexicano somos aún como extranjeros.
El tiempo y la difusión de los más tradicionales temas artísticos de la muerte han convencido a nuestra sensibilidad y han terminado por acostumbrarla a apreciar ciertas expresiones estéticas de la alegría ante ella. Al difundir en Artes de México este “ritual de la muerte niña” estamos poniendo en las manos y en la mirada de nuestro público una manifestación artística que le pide sensibilidad abierta y capacidad de descubrir y apreciar los valores de lo que para él es nuevo, extraño, algunas veces ajeno. Tal vez no está muy lejano el momento en el que este “arte ritual de la muerte niña” sea tan fácilmente apreciado por la sensibilidad de los mexicanos como lo son otras expresiones artísticas y artesanales de la muerte.
Como era lógico, la coordinación de este número se debe a Gutierre Aceves. Su ensayo traza los orígenes de las imágenes que comúnmente encontramos tanto en la pintura como en la fotografía vinculadas al velorio de angelitos. Él establece el vínculo estrecho que existe entre este ritual y el culto a la Virgen María; puesto que ambos son rituales cristianos de seres puros destinados a vivir más allá de la vida. Basado en múltiples entrevistas etnográficas describe las fases del ritual y su significado colectivo. Alrededor de este ensayo fue reuniéndose el material etnográfico y literario que se refiere al mismo fenómeno. Es significativo que, hasta ahora, hayan sido más los narradores y los poetas que los ensayistas quienes han escrito sobre este arte ritual. La literatura tiene como una de sus cualidades esenciales expresar por sus medios lo que de otra manera no puede ser dicho con la misma intensidad. Por eso, hasta ahora este es el más literario de los números de nuestra revista. Poemas y cuentos muestran de manera elocuente lo que “la muerte niña” es y hace a flor de piel en diferentes personas. Los poemas son de algunos de los mejores poetas jóvenes que hay en México: Roberto Tejada, Vicente Quirarte, Jorge Esquinca. Y a ellos se suma un viejo lobo del mar de la poesía, Enrique Molina, mostrándonos además que el ritual también se lleva a cabo en su país, Argentina. Entre nuestros narradores, Carlos Navarrete en Guatemala y Elena Poniatowska en México, nos describen “el ritual de la muerte niña” con toda su claridad y raíces populares. Alfonso Alfaro y Josefina Vicens parten de los cuadros mismos en sus relatos para hablar, de muy diferente manera, desde la otra vida. Además, Luis Mario Schneider nos hace una crónica sobre el ritual en el pueblo de Malinalco, con los juegos infantiles que se llevan a cabo durante el velorio. Incluimos una brevísima muestra de esos juegos infantiles, recopilados por Vicente y Virginia Mendoza en la zona de Puebla.
Este tema toca una de las características del arte del retrato: en “el ritual de la muerte niña” se festeja la muerte ya que los niños resucitan por su pureza. Lo curioso y significativo es que se incluya al arte en esta acción ritual puesto que, de manera profunda, los niños viven de otra manera en las fotografías y pinturas que de ellos tenemos. “La muerte niña” es el ritual de resucitar en el arte.

Editorial del número 15 de Artes de México, El arte ritual de la muerte niña.