29 / 01 / 26
El carnaval de la Romita
Luis González Obregón

La Romita era un pueblo aparte. Allí acecha el Hombre del costal, el gran Robachicos. Si vas a la Romita, niño, te secuestran, te sacan los ojos, te cortan las manos y la lengua, te ponen a pedir caridad y el Hombre del costal se queda con todo. De día es un mendigo; de noche un millonario elegantísimo a la explotación de sus víctimas.

José Emilio Pacheco, Batallas en el desierto, 1981.

Todavía a finales del siglo XIX, y antes de que se estableciera la colonia Roma, (...) existía un barrio de indios llamado Romita, del que queda aún su pequeña iglesia y atrios sombreados por dos antiguos ahuehuetes. El barrio estaba habitado por indios pobres y humildes, que vivían en casas de adobe o en jacales techados con tejamaniles o zacate, casas y jacales formaban callejas y callejones estrechos y sin orden. El barrio de Romita se hizo célebre en los tiempos del contrabando, pues los que robaban al Fisco, fingiéndose brujos o nahuales, espantaban a los ignorantes y sencillos indios, a fin de poder introducir sus mercancías sin que nadie los viese ni molestase.

(...) Los pobrecitos indios de Romita tenían otra costumbre. El martes de carnaval, frente a frente de la iglesia del barrio, es decir, en lo que podríamos llamar atrio, representaban, como en el siglo XVI, una farsa, coloquio o como quiera asignársele, que llamaban Los ahorcados; quizá basada en algún antiguo sucedido histórico o puramente fantástico. (...) Los personajes de la farsa eran los siguientes: el juez, un escribano, el heraldo, un fraile, los reos, los testigos, varios alguaciles, dos verdugos y dos viudas.

Luis Coto, Paisaje de San Cristóbal Romita, s/f. Óleo sobre tela. Museo de Arte, INBA.

La representación comenzaba generalmente después de mediodía, y duraba hasta caer la tarde. A la hora señalada, ya la mise en scéne se había arreglado convenientemente. Delante de la iglesia se levantaba un tablado con la mesa del juez, provista de todos los chismes y menesteres, y hacía un lado, enclavadas las horcas, donde había de ejercitarse la sentencia. La gente del barrio de Romita y de las inmediaciones acudía a la representación. Todos se estrujaban; reían unos saboreando de antemano el pasatiempo, o reñido otros por encontrar buen lugar o acomodo.

Se levantaba el telón… quiero decir; comenzaban la farsa, porque la representación era al aire libre; y no fue cosa extraordinaria que a veces se verificara cayendo menuda lluvia, propia de estos días de carnaval. Los pobres acusados, en ciertas ocasiones, vestían sambenitos y corzos, como si fuesen reos de la inquisición, y eran conducidos por los alguaciles, que empuñaban altas varas, ante la mesa donde ya los esperaban sentado el señor juez. Los testigos comenzaban a declarar y hacían sus confesiones mitad en lengua indígena y mitad en bárbaro castellano, y aunque los presuntos reos las oían callados y cabizbajos, la muchedumbre de espectadores, como Heráclito y Demócrito, pasaba del llanto más copioso a la más regocijada risa.

Oídas las declaraciones, el juez, que ostentaba peluca blanca, haciendo con ella resaltar más su lampiño y cobrizo rostro, inclinábase sobre la mesa, meditaba unos instantes; tomaba pausadamente la pluma de ave, la mojaba en el tintero de plomo, borroneaba algunos palotes y signos cabalísticos –generalmente no sabía escribir–, y echando marmaja o arenilla sobre el papel que contenía la sentencia, la entregaba al pregonero, quien en voz alta y aguardentosa la deletreaba o fingía deletrear, porque así como el juez, en la mayoría de los casos no sabía escribir, tampoco el heraldo entendía pizca de lectura.

Entretanto se confesaban los reos con el fraile. Una vez absuelto de sus pecados, y al concluir su oficio el pregonero, los verdugos se aprestaban a ejercer el suyo. Apoderándose con brusquedad de los reos, los izaban amarrados de la cintura por medio de las cuerdas de las horcas, y ya en vilo, a poco se presentaban las ciudad hechas unas magdalenas, solicitando les entregasen los cadáveres para darles cristiana sepultura. En fin, la farsa era de lo más divertido para los espectadores.

Marco Pacheco La casa de las Brujas Plaza Río de Janeiro 56.

Luis González Obregón. Fue autor de México viejo, Las calles de México, Breve noticia de los novelistas mexicanos del siglo XIX, La vida de México en 1810 y Don Justo Sierra, historiador, entre otros libros.

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