25 / 03 / 26
Fauna con una flor
Alberto Ruy Sánchez

Sin ponerse de acuerdo, varios escultores han creado un reino animal de plata. Seres fantásticos lo habitan. Entre sus cualidades extrañas está la de despertar los sueños. Un escritor se ha dejado llevar por estas escultoras casi vivas en la luz.

Estampida

Corre entre los muebles de un sueño: hacen sonar sus cascos contra el piso, pero no como caballos, sino como cucharas sobre la mesa. Tintinean su paso como campanas que caminan sobre el viendo. Saben que son de plata y que su brillo es parte de su voz. Nada los detiene porque no hay mano que pueda entrar en ese sueño sin convertirse en manita de plata. Sólo el resplandor de una mirada atenta funde el encantamiento. Aunque al hacerlo, de otra manera, queda irremediablemente encantada. Hay que cruzar esta puerta para ver quién hace todo ese ruido, la puerta giratoria que hace rotar nuestros pasos y nos obliga a pisar nuestras huellas como cuando se pisan y se confunden la noche y el día, la tristeza y la risa, la razón y sus delirios, el sueño y la poesía, el tiempo todo y un instante.

Herbert Bayer. Puertas giratorias. 1977. Lámina labrada 18. 8 x 19.5 x 1.2 cm.

El Mandolicán

El primero en la estampida no espera a que entremos. Se mete por el ojo de la cerradura para vernos antes de que lo veamos. Parece que tiene el cuello muy largo porque el resto del cuerpo permanece al otro lado de la puerta. Acá una cabeza inquieta levanta orejas de perro que quiere saberlo todo, ojos de hambre insaciable de lo nuevo, como cuchara vacías, y una boca de labios planos como si un vidrio los modelara con su beso transparente. Nos sonríe sin conocernos. Se oye del otro lado de la puerta cómo agita la cosa, con alegría de metrónomo que va del allegro al presto y prestissimo. Y hay una resonancia en sus coleteros como de mandolina. Entramos y vemos colgar del otro lado de la cerradura este instrumento vivo. Una cola de tiburón le sostiene las cuatro cuerdas. Trata desesperadamente de traer todo su cuerpo de regreso empujándose contra la puerta con dos piernas muy cortas y encorvadas. No es mucho lo que puede hacer y en su ciega agitación se tropieza con los lazos sueltos de sus zapatos bicolores, tan gastados como la taza de plata que la abuela usaba de bebé. Otro ser muy parecido viene en su ayuda. Se comunican con notas breves, muy repetidas. Aprendemos que los mandolicanes siempre viajan en pareja y al atardecer se cortejan, como los loros de los mayas volando de dos en dos sobre las pirámides de Tikal. Si algún mandolicán va al baño, el otro irremediablemente se mete en problemas. Cuando se reencuentran pelean con dulzura alternativa, como un duelo de músicos en la plaza. Y luego sin pudor se aman cruzando sus útiles aletas, tocándose con extrema delicadeza cada una de las cuerdas y anudando con cierta brutalidad cuellos y resonancias. Un oído bien entrenado sabe cuándo se ha engendrado un nuevo mandolicán porque al amarse uno de sus sonidos se vuelve fértil anuncio que no podemos olvidar. Ahí está: una arrabiada alegría que se funde en templanza de metal fino y luego se concentra en una cuerda que al vibrar canta. Un nuevo mandolicán nacerá muy pronto de una de esas cajas de resonancia surgiendo como por el ojo de una cerradura.

Mario Martín del Campo. Biperro mandolina, 1992. Fundación, lámina forjada. 15.5 10 cm.

El toro cola de león

Todos los animales de plata corren alrededor de él, como si no estuviera ahí. Y tal vez para ellos no está porque viven tan sólo en su mente tranquila, como ideas veloces y raras, sueños de un toro que reina de noche como el centro de los planetas, aunque tal vez todos somos sueños suyos, caprichos. Él sin embargo nos observa pasar sin inmutarse mayormente. Está sentado con las patas cruzadas como dedos de una mano sobre la tierra, uno de los elementos que domina. Su fina columna vertebral mira al cielo. Es delgada como un hilo de plata, como horizonte para un mundo mejor: es frontera de lo imposible, límite de un reino de sueños afilados como por una navaja. Es sin duda un toro rey: su cola de león espanta a las moscas de la duda. Y un toro rey necesita pasto de plata que al ser cortado huela a luna. Es el rey de los destellos y dicen que su cuerpo es de agua iluminada, que no se toca porque al agitarse el torbellino momentáneo nos haría desaparecer. Pero si eso es cierto todos somos reflejos de reflejos de reflejos; y la plata una idea primigenio lejana pero fértil, escondida en bruto allá al fondo de la mina que es la mente de un toro rey. Sentado solo sobre tierra de su mundo lleva por dentro una noche poblada, plena. La multitud que lo habita sólo es pronunciable en sílabas de plata. Su corona es un brillo más intenso entre sus luces, que va de los cuernos breves a la trompa. Y los ojos, como dos joyas de su corona, buscan al inclinarse de cada lado en la sombra. Nunca podrán tenerlo los dos al mismo tiempo: un gran rey de luz y sueños nunca descansa. Como si viajaran dentro de una bolsa infinita, por su cuello extendido se mueven hacia su corona lentamente el universo tiene un esplendor de rumiante.

Juan Soriano. Toro. Fundación, forjado. 26 x 15 x 31.5 cm.

La vacapoca

Dicen que en las orillas del reino de la plata las piezas sueltas toman vida y se reúnen creando máquinas activas que nadie atina a describir sin un poco de miedo. Porque son piezas flojas dentro de piezas lentas, voluntades no siempre compatibles y muchas veces incluso encontradas, máscaras de un teatro sin libreto. En fin, son inesperados sobresaltos de la forma que dan al que los mira un placer curioso nunca desprovisto de un mecánico escalofrío. En esas condiciones ambiguas nació la vacapoca, llamada así por su escasa animalidad. Aunque su humanidad tampoco es mucha y su mecánica peca también de ausencia. De vegetal no tiene nada, según parece. Tiene, eso sí, grandes ojos de gato y expresivos pechos de paloma. En vez de sudor le escurre un rizo de cada axila. En vez de la interna estructura ósea que la sostenga tiene un alambre trenzado por fuera de la carne Por eso se cansa tanto de sí misma. Una de sus orejas es un nudo, la otra sí recibe a la lluvia como mano abierta en el desierto. A su corazón se llega, no por el estómago como sería lógico y natural, sino por una ventanita en el pecho que cada vez que la abrimos nos muestra un paisaje diferente. Me parece que es un espejo donde nos vemos como no queremos. La vacapoca siempre está cansada y siente su tórax de caja de leche como si sus brazos y piernas escurren de ahí en fuga. La vacapoca nunca sonríe pero no por falta de simpatía sino porque tiene la boca terriblemente chica. Y para colmo, la última vez que quiso decir algo se le metió abajo de la lengua diminuta una mosca, tal vez de plata. Cuando finalmente se la coma volveremos a gozar de sus discretas sonrisas. Por lo pronto nos conformamos contemplando el cuello, lo más humano que ostenta, codiciado según dicen por todos sus amantes que, aunque ha dejado ahí sus besos, nunca han podido de verdad modelo. Algo que distingue a las vacapocas de otros animales mecánicos con alma de espejo son sus pezuñas: las de abajo pesadas como dos chocolates derretidos, las de arriba abiertas como un par de dedos gordos en forma de cuchara que quieren asustar al mundo pero sólo lo hacen reír.

Leonora Carrington. Vaca. 1975. Fundación 47 x 5 x 6 cm.

El Potroego

El caballito que se busca el ombligo está lleno de paz. Suponemos por eso que se lo ha encontrado y lo contempla un poco aturdido. Nadie osaría interrumpirlo. Sería tan grave como romper un plato, un círculo de luz, un secreto, un minuto de silencio. Sería como una noche muy redonda mordida por un amanecer intempestivo. Por cierto, cuando el potroego levanta la mirada nos llena de luz, nos alegra como un mediodía tempranero que llega poco a poco y plenamente. Claro que, contra las apariencias, en esa mirada de belleza tranquila que de pronto nos contempla haciéndonos felices, este potro nunca está ahí completamente. Él sigue pensando en su ombligo con obsesión profunda. Por eso lo llaman protroego, nombre que le puso su analista, quien además era su madre. Algunos se equivocan llamándolo protoego. Nombre que también le va bien pero le quita lo animal, lo instintivo. Es tan bello y tiene tan clara conciencia de eso que aumenta su resplandor al saberse brillante. Dicen que viene de una región extrema del planeta donde hace tanto frío y el viento castiga tanto a los erectos sobre el mundo que los caballos duermen tirados sobre la tierra como perros tiesos. Un turista que los vea despertar pensaría siempre que están resucitando. Mi amigo Eliot dice que vienen de Islandia. Yo vi algunos tirados así en la Patagonia chilena. Otros dicen que vienen de la Argentina, que hay doble demostración porque en el nombre mismo del país donde nació está su condición de plata. Y dicen que también hace frío patagónico que, cuando un caballo dobla un poco las patas, le nace el deseo de enredarse en el piso cobijándose consigo mismo como si fuera serpiente mordiéndose la cosa. Y como no puede gozar esa elasticidad se encabrita y caracolea hacia adentro emprendiendo la búsqueda incesante del ombligo. El potroego es indómito pero tranquilo. No admite sujeción de distracción alguna. Su fijeza es su tesoro. Cuando camina va hacia sí mismo. Nunca se extravía. Por eso los potroegos no necesitan cercas en sus pastizales como cualquier caballada. Claro que siempre van muy bien peinados y nunca sudan. Crines y colas engendran ellas mismas su oren y nunca se enredan. Cuando el potroego corre dan ganas de haber sido un caballo de su especie. Su plenitud no parece tener límites y nos inunda hasta el extremo de sentir que cuando somos muy felices un potroego respinga y relincha libremente en nuestro pecho.

Juan Soriano, Caballo, 1982. Fundación, forjado. Base de lámina con superficie rugosa. 23 x 10 x 10 cm.

Alberto Ruy Sánchez Lacy. Autor de varios libros entre los cuales están en Los labios del agua; Los nombres del aire: Los demonios de la lengua y Con la literatura en el cuerpo. Es director de Artes de México.

Te invitamos a que consultes nuestra revista-libro el libro no. 52 Escultura en playa. Disponible en nuestra tienda física La Canasta, ubicada en: Córdoba #69, Roma Norte, CDMX. También visita nuestra tienda en línea donde encontrarás nuestro catálogo editorial.