10 / 06 / 26
La sociedad de castas en la Nueva España
Jacques Lafaye

Para responder a la pregunta de cómo vivían las castas en el México virreinal recurrimos al trabajo del historiador que analiza las diferencias de la gente novohispana, sus conflictos y complicidades desde el primer mestizaje hasta la formación de una conciencia nacional.

Españoles y criollos

La vida política de Nueva España estaba en manos de una minoría blanca de origen europeo, no constituida únicamente por españoles y descendientes de españoles. Desde los primeros tiempos de la conquista, y a despecho de las medidas restrictivas, pasaron a las Indias extranjeros de los estados de la monarquía castellana. Entre los evangelizadores encontramos flamencos, italianos, más tarde checo. Hay laicos italianos señalados (por Parry) en Zacatecas desde principios del siglo XVII. R. Ricard ha llamado la atención sobre los portugueses de la corte del Virrey y de la Ciudad de México. Muchos de esos portugueses eran judíos conversos, que en el momento de la unión de Portugal con la monarquía castellana habían huido de los rigores nuevos de la Inquisición. Por lo demás, ya habían sido precedidos por los judíos de Castilla. A menudo también aparecen nombres franceses en los registros de la Inquisición de Nueva España como blasfemos o irreligiosos. Parecía que, con excepción de los ingleses y los holandeses, demasiado sospechosos de herejía, europeos de todos los países pudieron instalarse en Nueva España, pero nunca fueron demasiado como para representar un papel considerable en la vida mexicana en general. La minoría de fuerte europeo era, pues, relativamente homogénea por su origen.

Una de las tensiones internas de esta clase dominante, que aparece cada vez que se trata de comprender el sentido de un episodio político en Nueva España, es la oposición entre criollos y españoles: españoles y españoles americanos, como se decía. En la práctica, los términos de americanos y criollos designaban a estos últimos, mientras que los españoles eran siempre designados por un mote peyorativo, cuando no totalmente injurioso, gachupines (término cuyo origen no ha podido ser dilucidado hasta hoy). El antagonismo español-criollo apareció desde los primeros años de la conquista, confundido primero con las hostilidades de los conquistadores con respecto a los licenciados enviados desde España para imponerles un poder sentido desde esos primeros momentos como extranjeros. “El espíritu criollo” precedió al nacimiento del primer criollo stricto sensu; después de esto veremos a españoles “acriollados” venidos de la península, aliados a menudo con familias criollas, identificarse espiritualmente con la sociedad criolla mexicana, adoptando sus devociones locales, incluso su odio a los gachupines. Era pues, el conocimiento del país y, sobre todo, la adhesión a la ética colonial de la sociedad criolla, lo que definía al criollo, más que el lugar de su nacimiento. En la práctica, el poder supremo, el de virrey, fue siempre confiado a un español de la península, pero algunos virreyes cedieron a la solicitud del país y se mexicanizan francamente. Si los virreyes eran españoles, los obispos de México eran a menudo criollos, y de todos modos la duración de su ministerio facilitaba en ellos el proceso de naturalización. En las órdenes religiosas cuya importancia relativa (numérica, espiritual y económica) en la sociedad resulta aplastante para un espíritu moderno, la rivalidad entre criollos y españoles alcanzó muy pronto extremos inquietantes. Se intentó calmarla instituyendo un sistema de alternativa o de ternas entre los priores de los conventos o en el reclutamiento de los religiosos. Según este sistema, el prior era alternativamente un español o un criollo; según las ternas, se distinguía a los españoles por un lado; por otro, a los españoles que habían tomado las hábitos en Nueva España y, por último, a los nativos de Nueva España; este último sistema permitía a los criollos reales gobernar dos de cada tres años.

En las administraciones civiles las funciones superiores estaban reservadas casi exclusivamente a los españoles, y en el ejercicio, totalmente. La selecta minoría criolla formada en la Universidad de México (desde muy pronto casi enteramente criolla) y en los colegios de la Compañía de Jesús se encontraba privada de perspectivas y destinada a empleos subalternos. Para muchos de esos jóvenes mexicanos, salidos de familias pudientes, la exclusión de los empleos públicos no significaba la miseria, pero la privación de honores oficiales producía una profunda llaga, reavivada sin cesar en el nacimiento espiritual nacional.

Muy pronto los españoles llegados de la península afirmaron su superioridad sobre los criollos y manifestaron su desconfianza con respecto a éstos. Legalmente, los criollos estaban considerados, sin restricciones, como españoles. En una obra que fue autoridad en estas materias, Política indiana, el consejero Solórzano Pereira escribió sobre ellos: “No se puede dudar que sean verdaderos españoles, y como tales hayan de gozar sus derechos, honras y privilegios, y ser juzgados por ellos”. En los hechos los criollos estaban apartados de los cargos públicos tanto en la península como en las Indias, y 20 años después de Solórzano Pereira, uno de ellos publicó una memoria “en favor de los españoles nacidos en las Indias”; en ella fueron recogidos y expuestos por primera vez los cargos de los criollos americanos contra la discriminación de la cual eran víctimas. No terminaríamos de enumerar todos los libelos intercambiados con ese motivo; en realidad, la querella sobrepasaba las simples cuestiones de interés o de ambición. En un dominio en el que necesariamente los documentos son discretos, parecería que hubiera habido una competencia vital entre criollos y gachupines y no con un criollo, suscitando el odio celoso de éstos. Esta rivalidad en todos los planos se avivó a medida que los criollos se iban haciendo numérica y económicamente preponderantes, de tal manera que en el siglo XVIII pasaron abiertamente a la ofensiva.

De negro y de india, china cambuja, de Miguel Cabrera, 1763. óleo/tela, 132 x 101 cm, Museo de América, Madrid.

Mestizos y mulatos

La oposición entre españoles y criollos era una lucha fratricida, pero unos y otros, juntos, constituían una casta dominante del México real, cuya población, aun a principios del siglo XIX, era en gran mayoría india.

La composición de la sociedad mexicana tal como la calculó Alejandro de Humboldt sigue siendo un buen punto de partida para reflexionar sobre la evolución de la Nueva España. Sobre una población total de alrededor de cinco millones de habitantes, la mitad la construían indios; un cuarto, mestizos diversos, y el último cuarto, los blancos (criollos en su inmensa mayoría). Si interpretamos esos datos relativos al estado alcanzado por la sociedad, después de casi tres siglos de colonización hispánica, bien podemos decir que toda la población era “mexicana”. En efecto, sólo los 70,000 españoles nacidos en España y los 6 000 esclavos africanos eran extranjeros. No olvidemos tampoco que entre los criollos tenidos por “blancos”, un número difícil de apreciar (pero seguramente muy elevado) era biológicamente mestizos. El papel de los mestizos en la sociedad mexicana fue desde muy temprano un factor de inestabilidad; desde los albores de la conquista española se multiplicaron, resultando inquietantes para el poder político. Esos primeros mestizos de padre español y de madre india no tenían ni hogar ni lugar definido en la sociedad de su tiempo. El tipo del pícaro mexicano, el lépero fijado en sus rasgos literarios en el siglo XIX por J.J Fernández de Lizardi, apareció desde mediados del siglo XVI, mestizo rechazado a la vez por el mundo indígena y por la sociedad conquistadora. Si en su comienzo fueron hijos de la violación de América por el europeo, hijos de la chingada, los mestizos no tardaron en complicarse con matices nuevos, sobre todo bajo el efecto de la aportación negroide debida a la introducción de esclavos africanos en el país. Una serie de cuadros de la época colonial representa todas las formas del mestizaje (desde el más claro hasta el más oscuro) y sus denominaciones, algunas muy pintorescas, como “saltatrás”.

El conjunto de esos “mezclados” constituía las “castas”; Gemelli Carreri, que seguramente se hacía eco de ideas por entonces difundidas en México, explica así el origen de ciertos mestizos: al preferir las mujeres criollas a los hombres españoles dice los criollos varones, “por esta razón, se unen con las mulatas, de quienes han mamado, justamente con la leche, las malas costumbres”.

Si bien hay que cuidarse de una generalización excesiva, podemos deducir que el empleo generalizado de nodrizas mulatas por la burguesía criolla volvió realmente influyente a un grupo social despreciable por su número. Los niños nacidos de hombres criollos y de mulatas parecen haber sido abandonados a sí mismos (a diferencia de lo que sucedía en el sistema del patriarcado rural brasileño, por ejemplo). El mismo testigo escribe: “Tendrá México cerca de cien mil habitantes; pero la mayor parte negros y mulatos”. Pensemos lo que pensemos de las explicaciones demasiado simplistas y unilaterales, debemos reconocer que la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, exactamente contemporánea, nos da una imagen de México que confirma la visión del viajero napolitano.

Muy distinta se nos aparece la situación rural. El elemento negro de su población fue débil, salvo en las tierras cálidas, donde se trató de implantar el monocultivo tropical (caña de azúcar). A consecuencia del hundimiento de la organización indígena, provocada por la conquista, y las epidemias mortíferas, las comunidades indias muchas veces se desintegraron, poniendo en circulación a indios desarraigados. Estos, junto con los veteranos de la conquista, arruinados por el juego o por cualquier otra circunstancia, y los aventureros europeos llegados posteriormente (soldados desertores, monjes que habían colgado los hábitos o falsos religiosos, delincuentes huidos) constituyeron, a partir de la primera mitad del siglo XVI, el embrión mexicano de lo que en España se llamaba “el hampa”, el medio de truhanes descrito por Cervantes en Rinconete y Cortadillo.

De calpamulato y coyota, produce barniza, de José de Páez, hacia 1780. óleo/tela, sin medidas, colección particular.

Jacques Lafaye. Fue historiador y antropólogo francés, especializado en estudios hispánicos e historia de la cultura de España e Hispanoamérica con importantes contribuciones, entre las que destaca su libro Quetzalcóatl y Guadalupe (1974) prologado por Octavio Paz, traducido por Ida Vitale e identificado como una investigación clave en el estudio de la identidad mexicana y como un comprensivo análisis del periodo virreinal en México.

Te invitamos a que consultes nuestra revista-libro no. 8 La pintura de castas. Disponible en nuestra tienda física La Canasta, ubicada en: Córdoba #69, Roma Norte, CDMX. También visita nuestra tienda en línea donde encontrarás nuestro catálogo editorial.