Enroscada en los hilos de los textiles indígenas, las serpientes entrelazan la vida de las mujeres mexicanas con los mitos cosmogónicos. A muchas tejedoras y bordadoras les han dictado sus diseños. Se traman entre las urdimbres hasta conformar piezas que nos recuerdan el agua, las semillas, la fecundidad, todas ellas símbolos del universo femenino.
Las urdimbres y tramas del textil indígena, desde la época prehispánica han estado asociadas con las mujeres, como lo atestiguan las imágenes de algunas diosas y ciertas creencias que perviven hasta nuestros días. Además, las herramientas del tejido nos remiten al universo femenino, en el que las serpientes juegan un papel protagónico. Según Cordry, “el telar, el malacate, (o huso), el peine de tejer están conectados simbólicamente con el cabello, que a su vez está vinculado con la lluvia y las serpientes, y por ende con la fertilidad. La serpiente en México era el trueno y el río, Coatlicue, madre de los dioses, tiene una cabeza formada con dos serpientes, al igual que la mayoría de las diosas de la vegetación y renovación como Siete Serpientes (Chicomecóatl), Mujer Serpiente (Ciuacótla), Falda de Serpiente (Coatlicue)”, En la cultura maya existe un referente similar: la diosa Ixchel, patrona del bordado, los nacimientos, la brujería y la medicina, lucía en la cabeza un tocado de serpiente.
Los textiles fueron y son, para las mujeres, un medio vital de expresión artística y de participación ritual y social. La representación de la serpiente en ellos no es casualidad: es un símbolo mítico, esencial, de equivalencia iconográfica entre varias etnias de nuestro país. Sus significados coincidentes refuerzan la idea de la existencia de una única cosmovisión mesoamericana, como lo han referido Alfredo López Austin y Enrique Florescano. Pero tras la riqueza de los elementos formales del arte y la estética de los indígenas mexicanos, subyacen múltiples capas de significados en torno a las serpientes, que lograron escapar de la furia de la Santa Inquisición, aunque indudablemente existen aspectos incorporados de elementos cristianos que refuerzan el carácter sincrético de la religiosidad popular. Todas estas influencias confluyen en un arte con sentido, que trasciende la reproducción mecánica de motivos y grecas.
Carl Lumhotz, investigador noruego que viajó por algunos sitios de Nayarit, Jalisco y Colima entre 1890 y 1898, en su obra El arte simbólico y decorativo de los huicholes, aporta valiosos elementos sobre la multiplicidad de nombres y funciones que tiene las serpientes en la cosmogonía de este grupo. Ellos consideran cuando menos cuatro deidades relacionadas con este animal; cada una de ellas está asociada con un color, un significado y uno de los puntos cardinales. “Tate Naaliwa´mi, en el este (es) –afirma Lumhotz– una serpiente roja porque apareció en el relámpago. Es básicamente una serpiente de agua y lluvia que atrae lluvia del este y la denominaré Madre Agua del Este (...) Se cree que el relámpago es el bastón de esta Madre, y así como la lluvia acompaña al rayo en la primavera o en la temporada de lluvias, las flores, resultado de esta lluvia, le pertenecen; “son su falda”, dicen los indígenas (...). Tate Kyewimo´ka (algunas veces llamada Kyewimo´ta), en el oeste, (es) una serpiente blanca porque apareció en una nube de ese color. Es una serpiente de agua y lluvia que trae las aguas del oeste; también es la niebla matinal del otoño que a veces congela el maíz. La llamaré Madre Agua del Oeste. Es la Afrodita de los huicholes, como también lo son la Madre Agua del Este y Tate´Tuliri ki´ta (...) A esta deidad pertenecen el venado, el maíz y los cuervos. Tate´Rapawiye´ma, en el sur, (es) una serpiente azul porque apareció en la laguna. También es una serpiente de agua y lluvia que trae lluvia del sur; la llamaré Madre Agua del Sur, (...) Tate´Hau´tse Kupu´ri, en el norte, es también una serpiente. Hau´tse significa “lluvia y niebla colgando de los árboles y la hierba"; kupu´ri quiere decir “algodón-lana”, el símbolo de las nubes blancas. La llamaré Madre Agua del Norte”. Este viajero también nos muestra un fascinante panorama en el que se entrelazan algunas apreciaciones cosmogónicas de este grupo con sus objetos de uso cotidiano.
A través de ciertos rituales que se llevan a cabo cuando estos objetos son elaborados y utilizados, los símbolos representados en ellos cobran vida. De ahí que la serpiente plasmada en los textiles tenga la posibilidad de atraer los poderes que se atribuyen a este animal, con lo que su portadas se convierte en un invocador y un comunicador. Para ejemplo basta citar el paralelismo que existe entre los huicholes y los mayas de Yucatán, descubierto por la maestra Irmgard Weitlaner Johnson, a partir de Lumholtz, entre otras fuentes: una mujer huichola, para lograr tejer o bordar los dibujos de la serpiente, debe encontrar una serpiente viva y pasarle la mano cinco veces sobre el dorso y después sobre los pies; mientras que una maya debe pegarle en cinco puntos a una víbora de cascabel para lograr el xoc-bi chuy, o trabajo de bordado. “Esta creencia tiene su origen en los tiempos antiguos cuando la serpiente en la zona maya era la fuerza motriz que inspiraba el arte”, escribe Weitlaner Johnson.
Las prendas de vestir, particularmente las fajas, son similares directos de estos animales. Lumholtz nos dice que “cualquiera que sea el diseño aplicado en una faja, siempre se interpretará como representación de las marcas dorsales de una piel de serpiente, y la faja misma como una víbora; también las pulseras para los tobillos y muñecas, las cintas para el pelo”. Los textiles con representaciones serpentinas establecen un puente con su arquetipo mítico y mágico entre varias etnias. Según Sahagún (libro 7:58), las fajas, que representan a una víbora, son también un símbolo de protección para las mujeres embarazadas; en la Mixteca baja, están cuidando de llevar puesta una faja con el diseño de la Serpiente Buena de Occidente (o Arcoiris) durante un eclipse para que su criatura no sea devorada por la luna, o por la Serpiente Mala del Oriente, o para que no nazca deforme. Los tzeltales de Chiapas temen a la culebra ratonera porque consideran que es la faja de una mujer muerta que ha salido de su tumba y que trae consigo la muerte.
Generalmente, los motivos ornamentales de la indumentaria son verdaderos textos que nos remiten a una cosmogonía particular. En 1972, me inicié con Me Abrila en el arte de brocar el huipil ceremonial. Me habían motivado originalmente el color y la diversidad de elementos ornamentales de la comunidad de Magdalenas, situada a unos seis kilómetros de San Andrés Larráinzar. El apoyo de mi maestra, el manejo del idioma tzotzil, el estudio de la mitología e iconografía mayas –tanto antiguas como actuales– y la naciente ciencia de la semiótica, fueron las herramientas con las que descubrí que el huipil de esta comunidad constituía un metalenguaje con el que las mujeres transmitían “la palabra, nuestra palabra, a través de las hijas de los batzi vinik (los verdaderos hombres)”. En estas piezas, las serpientes caminan entre milpas que comienzan a germinar y, a su paso, dejan marcadas veredas en las que interactúan el cosmos, el maíz, la lluvia, las ranas y los santos que invocan el bienestar colectivo.
Los motivos y grecas no son meramente ornamentales. Constituyen la expresión bidimensional, simplificada, de los símbolos más profundos. Una de tantas reflexiones de Fernando Benítez en torno al trabajo de los huicholes es aplicable a los demás grupos étnicos: “es un arte de geometría, un juego de variaciones rigurosas, de ciertos modelos descompuestos, recompuestos, simétricos, repetidos, armónicos, delicados y preciosos”. En torno a la serpiente, generalmente se recurría a dos diseños que eran abstracción de la serpiente emplumada y de la serpiente bicéfala.
La serpiente emplumada y la serpiente de fuego o rayo solar, símbolo de Quetzalcóatl o Kukulcán, son motivos frecuentes en la indumentaria mexicana. Existe más de una imagen iconográfica atribuida a esta deidad. Las reconocemos por la presencia de plumas de quetzal, un símbolo de gran reverencia entre muchos grupos. En 1992, viajé a la reserva de la biosfera de El Triunfo, en el Soconusco, Chiapas, lugar donde tributaban ricas plumas al imperio azteca. Mi estancia duró tres días, que fueron suficientes para admirar al quetzal en sus diferentes momentos. Lo pude ver dormido o empollando en su nido, con su larga cola colgando. Pero lo que más me sorprendió fue la belleza de este animal cuando está en vuelo. Me maravillaban su colorido tornasol y la ondulación serpentina de su cola. De golpe comprendí cómo creció su mito y por qué tan frecuentes la identificación hombre-ave-serpiente y la figura de la serpiente emplumada. Una de sus representaciones es el diseño geométrico, frecuente en la mayoría de las etnias mesoamericanas, conocido como xicalcoliuhqui (que quiere decir “dibujo retorcido para decorar jícara”). Durante su viaje, Lumholts se encontró con varios de estos tecomates usados para beber agua. Decía que el trazo era una estilización geométrica. En la colección de fajas que fotografió y describió, los diseños representan a once tipos de serpientes, dos de ellos simbolizan el rayo y se enmarcan con el xicalcoliuhqui: mimye´lika y tate´pou. Además, se pueden observar la serpiente de cascabel, el wiae´ro, la morea´ka, con diseño similar a una enredadera, la kalala´s, la alako´r, la ui´po, las ha´sti, la lalas´kis y la wikoru.
Marta Turok. Antropóloga por la Universidad de Tufs, con estudios en Harvard y en la UNAM. Ha publicado, entre otros títulos, ¿Cómo acercarse a la artesanía?, El caracol púrpura: Una tradición milenaria, Fiestas mexicanas y Living Traditions: Mexican Popular Arts.
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