La actividad misionera obligó a los miembros de la Compañía de Jesús a intentar aprender las reglas del juego de los habitantes de las tierras en las que se instalaban, a penetrar lo más profundamente posible en el laberinto de imágenes y símbolos desconocidos, a tratar de precisar lo que divide, para poder acentuar lo que une. Esa actividad impulsó a los misioneros a aprender las lenguas de los territorios de misión. Y, más adelante, a publicar vocabularios, traducciones de catecismos y otros textos religiosos en los idiomas vernáculas. ¿Qué rostros tomó esta tradición en un territorio pluriétnico y pluricultural, como lo que fue la Nueva España? ¿Qué libros están asociados con ella?
Desde sus comienzos, la Compañía de Jesús fue una especie de corporación multicultural y plurilingüística. Como muestra cabe recordar que, desde poco después de su fundación, había entre sus miembros hablantes de español, portugués, italiano, francés flamenco, alemán, checo y otros idiomas. Además, todos hablaban latín y algunos conocían el griego y el hebreo. Cuando los jesuitas se extendieron por el mundo, aprendieron otras muchas lenguas para comunicarse con aquellos entre quienes se proponían trabajar. Ello ocurrió sobre todo al actuar como misioneros. Con frecuencia, además de aprender esas lenguas, prepararon gramáticas, vocabularios y otros escritos acerca de ellas. Tal género de tareas, en el caso de su presencia en tierras mexicanas, culminó en la elaboración de un considerable conjunto de obras en varias lenguas.
Llegados a México en 1572, los jesuitas muy pronto contaron entre sus miembros a varios jóvenes nacidos en el país. Dos de ellos, oriundos de Texcoco, iban a distinguirse por las aportaciones que hicieron acerca de la cultura y la lengua de los pueblos nahuas. Uno fue Juan de Tovar, 1540-1623, que ingresó en la Compañía de Jesús en el mismo año de 1572. Conocedor del náhuatl, comenzó a enseñarlo a varios miembros de su orden. A él debió también la recopilación de antiguos documentos en dicha lengua, así como un estudio del calendario prehispánico. Ayudó además al también jesuita José de Acosta comunicando testimonios indígenas y aclarándole dudas sobre el origen y las formas de transmisión de esos antiguos textos indígenas.
El otro texcocano que se unió a los jesuitas fue Antonio del Rincón, 1555-1601. Se ha dicho que era mestizo y que descendía de la nobleza acolhua. Su aportación principal fue su Arte mexicano, publicado en México en 1597. Ese arte o gramática del náhuatl fue el primero en que se atendió a la fonología de dicha lengua. Además del náhuatl o mexicano, la atención de algunos jesuitas se concentró en el purépecha y el otomí. En el estudio de esta última lengua se distinguió el padre Horacio Carochi, 1579-1662, de origen florentino. Después de residir en el colegio jesuita de Tepotzotlán, trabajó entre 1609 y 1610 como doctrinero entre los otomíes de San Luis de Paz, en Guanajuato. Carochi aprendió ese idioma como el auxilio de hablantes nativos. Así pudo preparar un arte y un vocabulario del otomí. Este último se conserva manuscrito en la Biblioteca Nacional de México en espera de quien lo publique.
El mismo Carochi, de regreso en Tepotzotlán, hizo otra aportación que hasta el presente es muy apreciada, incluso por lingüistas: su Arte de la lengua mexicana, publicado en 1645. Siguiendo los pasos de su maestro, Antonio del Rincón, el florentino ahondó en los aspectos fonológicos del náhuatl. También se ocupó con particular esmero en las descripción y uso de las partículas en que abunda la lengua. En su obra adujo como apoyo textos de la antigua tradición indígena.
Algo más de un siglo después, en 1759, otro jesuita, Ignacio Paredes, publicó un Compendio del arte de la lengua mexicana, de Carochi. Con ese trabajo y con otros opúsculos en náhuatl, contribuyó a mantener vivo el interés por esta lengua. Otro testimonio lo ofreció Francisco Javier Clavijero que preparó en su exilio en Italia unas Reglas de la lengua mexicana. Éstas permanecieron inéditas hasta que en 1973 y 1974, fueron publicadas, primero en versión al inglés y luego en su versión original en castellano.
A los jesuitas se debió, desde fines del siglo XVI hasta su expulsión en 1767, el asentamiento y la evangelización en el vasto noroeste novohispano. A ellos hay que atribuir el conocimiento de la mayor parte de las lenguas que allí se hablaban. Si Antonio del Rincón, con su Arte mexicano, y Horacio Carochi, con sus artes y vocabularios del náhuatl y el otomí, dispusieron de trabajos de otros que los precedieron, en cambio, los jesuitas que estudiaron los idiomas del noroeste carecieron de todo antecedente. Por ello les fue mucho más fácil inquirir acerca de las categorías –léxicas, estructurales y fonológicas– de los idiomas que iban a aprender y describir. En consecuencia, tuvieron que aplicar distintas estrategias. Un ejemplo lo tenemos en la forma ingeniosa que adoptó el célebre Eusebio Francisco Kino entre los indígenas de California hacia 1685. Quería él encontrar una palabra que de algún modo expresara la idea de “resucitar”. Para ello, delante de varios indígenas cochimíes, atrapó una mosca y la enterró acumulando tierra encima de ella. Algunos minutos después removió la tierra y dejó que la mosca saliera y volara. Los indígenas preguntados por señas qué habían ocurrido, pronunciaron a voces la palabra que pareció a Kino que podría usarse para hablar de resurrección.
No sabemos de qué medios o artilugios se valieron otros jesuitas para reunir los vocabulario y conocer las estructuras gramaticales de las no pocas lenguas que aprendieron. Lo que sí consta es que, en cumplimiento de lo ordenado por sus superiores, todos se abocaron al estudio de los idiomas aborígenes. Y fueron tan numerosas sus aportaciones lingüísticas que su sola enunciación es impresionante. Aquí las presentaré en forma sumaria, distribuidas según las regiones en que se hablaban las lenguas.
Con este nombre designó al territorio del actual estado de Sinaloa y también algunas zonas adyacentes. Los jesuitas entraron allí por primera vez en 1591 teniendo como superior al padre Gonzalo de Tapia, que tres años después fue asesinado por indígenas rebeldes. Uno de sus acompañantes, el padre Martín Pérez, fue el primero que se interesó en aprender la principal lengua que allí se hablaba, conocida como tehue o tahueco. Se debió además al padre Hernando de Villafañe, que trabajó entre los guazaves, una temprana Arte de esa lengua, concluida a fines del siglo XVI. Fue esta la primera aportación lingüística de los jesuitas en el norte de México. Quienes avanzaron más hacia septentrión entraron en contacto con hablantes de algunas de las lenguas de la familia cachí que abarcaron al mayo, guarijío, yaqui y otras.
Como lo percibió el también jesuita, más tarde exiliado, Lorenzo Hervás y Panduro, en su Catálogo de la lengua de las naciones conocidas, 1817, dichos idiomas están emparentados entre sí y también, más remotamente, con el náhuatl. Quienes laboraban entre grupos cahítas, aprendieron sus lenguas y sobre la base de los apuntes que escribieron acerca de ellas elaboraron arte y vocabularios. El misionero Tommaso Basilio sacó a la luz un Arte de la lengua cahíta, conforme a las reglas de muchos peritos de ella, México, 1737. Como su título lo expresa, el padre Basilio aprovechó “las reglas” debidas a otros conocedores de esa lengua que abarca las variantes del mayo y otras.
El mismo año aparecieron un Catecismo y un Manual para administrar los sacramentos en la misma lengua debidos al jesuita Pablo González. Estas obras fueron publicadas de nuevo en 1890. El interés por la lengua cahíta, lejos de disminuir, se ha manifestado en otros trabajos como el del padre Andrés Lionnet, Los elementos de la lengua cahíta, publicado por la UNAM en 1977. Dato muy interesante es el registrado por el padre Bernardo de mercado acerca de la presencia de hablantes de náhuatl en varios lugares de Sinaloa. Pudo preparar así un Arte de la lengua mexicana según el dialecto que usan los indios del sur de Sinaloa, 1763.
En la que puede describirse como mesera del norte, limitada al poniente por las altas cumbres de la Sierra Madre, vivían numerosos grupos indígenas. Entre ellos estaban los chínipas, tubares, tepehuanes, guazapares, guarojíos y, más al norte, los tarahumaras. Allí entraron los jesuitas a partir de 1601. Preocupación suya fue la de aprender esas lenguas, todas del tronco yuto-azteca, pero considerablemente diferentes entre sí. El trabajo pionero fue el del padre Juan Fonte, Arte y vocabulario de la lengua tepehuana, 1615; a su vez, Jerónimo Figueroa elaboró gramáticas y vocabularios del tepehuán y el tarahumara. Con base en tales escritos, publicaron Thomas de Guadalajara su Compendio del arte de la lengua de los tarahumaras, Puebla, 1683, y Benito Reinaldini su Arte para aprender la lengua tepehuana y tarahumara, 1743. Es interesante señalar que Rinaldini notó semejanzas entre estas lenguas y otras del grupo pima.
Siguieron produciéndose trabajos lingüísticos sobre estos idiomas, varios frutos de una admirable penetración en sus secretos. Así Agustín Roa, Leonardo Gassó y Miguel Tallechea prepararon otras gramáticas. Ya en el siglo XX, cuando regresaron los jesuitas a sus antiguas misiones de la Tarahumara, prosiguieron en sus empresas dirigidas al conocimiento de dicha lengua. Ejemplos de esto son las aportaciones de José Ferrero y las muy valiosas de David Brambila y Andrés Lionnet. Cabe recordar que, en el siglo XVIII, los jesuitas entraron en la región que se llamó “el Gran Nayar”, que había permanecido aislada. Allí laboran sobre todo entre los coras. El padre José de Ortega publicó una Doctrina cristiana, oraciones, confesionario y vocabulario de la lengua cora, 1729.
Lo aportado por los jesuitas sobre las lenguas de la familia cahíta fue aprovechado por quienes actuaron como misioneros entre los grupos yaquis. Además prepararon otras gramáticas y vocabularios de varias lenguas habladas en distintos lugares de Sonora como las Pimerías, Baja y Alta. Una es la que describe la estructura y el léxico del heve o eudeba, cuyos habitantes vivían situados entre los névomes, pimas bajos, y los ópatas, pimas altos, idiomas que tenían afinidad. Probable autor de esa aportación fue el jesuita Bartolomé Castaño, lo había precedido en estos Martín de Azpilcueta con su Arte y vocabulario en lengua ópata, entre 1629 y 1637.
A Baltasar Loayza se debió, hacia 1650, una gramática y vocabulario del idioma névome. Y al padre Natal Lombardo el Arte de la lengua tehuima, vulgarmente llamada ópata, 1762. El mismo Loayza dio a la imprenta algunas otros opúsculos en dicha lengua.
Miguel León-Portilla. Filósofo y escritor. Dirigió el Instituto de investigaciones Históricas de la UNAM. Es consejero de las academias mexicanas de la Lengua, de Ciencias y de Historia, de la Sociedad Mexicana de Antropología, y es miembro del Colegio Nacional. Merecedor de múltiples distinciones, ha escrito más de una treintena de libros e innumerables artículos.
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