17 / 02 / 26
Momentos del tequila
José María Muriá

El historiador José María Miriá nos conduce por diversos momentos que a lo largo de los siglos hicieron del arte e industria del tequila lo que ahora es: centro simbólico de la mexicanidad.

Aunque el agave no es privativo de México, y pese a que la voz “maguey” nos llegó de las Antillas en boca de los conquistadores (en nuestras lenguas nativas se le nombraba metl en náhuatl, tocaba en purépecha, guada en otomí), no cabe duda que en ninguna otra tierra se ha integrado mejor esta planta tanto al paisaje como al sentir y al vivir de su gente.

No es por azar que en nuestra paisajística del siglo XIX, en búsqueda de la esencia de lo nacional, el maguey constituya uno de los elementos más socorridos y, desde luego, el más utilizado para testimoniar con claridad que el paisaje en cuestión era mexicano y no de otra parte del mundo. Según los conocedores, existen más de 17 géneros y especies distintos de agave, pero independientemente de sus características botánicas, de lo que aquí se quiere hablar es de la relación del maguey con la historia humana y de la influencia que ha ejercido en ella su producto etílica: el tequila, elaborado en una comarca de Jalisco y considero como la bebida nacional por excelencia, consumido tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.

En muchas regiones de México se obtienen, también del maguey, otros aguardientes similares, que reciben el nombre genérico de mezcla y toman el apellido de la población donde nace. Tenemos así mezcal de Oaxaca, de Quitupan, de Tonaya, de Apulco, de Tuxcacuesco y de otros lugares. Sin embargo, por una razón o por otra, el tequila se considera ahora la bebida alcohólica “mexicana por excelencia”, así como el mariachi y los charros jaliscienses constituyen el arquetipo de toda la música de México y de quienes viven en este país.

Signos y geografía del Tequila

Desde el punto de vista etimológico, se han asignado a la palabra tequila interpretaciones diversas. Parece predominar la idea de que, por venir del náhuatl (téquitl; trabajo, oficio, empleo, cargo, y tlan: lugar), se refiere a un sitio donde se efectúa cierto tipo de labores o, por otro lado, como apunta el investigador Jorge Mungía en su Toponimia náhuatl de Jalisco: “lugar en que se corta”, basado en el hecho de que el verbo tequi significa, como dice Ángel María Garabay Kintana, “cortar, trabajar, tomar, fatiga”.
Tequila es el nombre de una población de origen prehispánico, cabecera que hoy cuenta con más de 18 000 habitantes, y que está a poco menos de 60 kilómetros al norponiente de Guadalajara. Dentro del municipio se alza, dotando a su paisaje de una especialísima personalidad, otro propietario del topónimo Tequila: se trata de un cerro que sobrepasa los tres mil metros de altura sobre el nivel del mar y que fue alguna vez un volcán activo. Tequila es también el nombre del valle donde se asienta el poblado y que cierra por un lado ese cerro.

Pero la palabra no ha quedado siempre abrazada por los límites geográficos del actual municipio. La importancia del pueblo en la época virreinal lo llevó a encabezar un corregimiento del Nuevo Reino de Galicia, también bautizado con el nombre de Tequila. Casi con los mismo límites, a fines del siglo XVIII el corregimiento pasó a ser un partido de la intendencia de Guadalajara. En los albores de la vida independiente se le denominó departamento, en medio de las convulsiones decimonónicas volvió a ser un partido y luego tornó a departamento, hasta que esas unidades geopolíticas fueron abolidas por la Revolución de 1910. Vale tener presente, además, que la jurisdicción conocida como departamento casi corresponde al área de la zona tequilera en su origen, antes de que empezara a desbordarse sobre algunos lugares vecinos. Por último, toca referir que Tequila fue también el nombre del decimosegundo cantón de Jalisco desde 1872 hasta 1891.

Eugenia Marcos. La última y nos vamos 1992. Óleo/tela. 50 x 60 cm.

Un mestizaje particular

En la cultura náhuatl, el maguey fue creación divina, y sobrehumanos se consideraron también sus poderes. Según Antonio Caso, el maguey era una representación de Mayáhuel, la diosa que, como la Venus de Éfeso, tenía 400 pechos para alimentar a sus 400 hijos, los centzon totochtin, los 400 o innumerables dioses de la embriaguez, que eran adorados en los diferentes pueblos de la altiplanicie y que derivaban sus nombres de las tribus de las que eran patronos. “La planta de maguey, o agave –agrega George C. Vaillant–, era sumamente importante para la economía doméstica por su savia, que se fermentaba para hacer una especie de cerveza” (sic). El pulque se usaba no solamente como licor y como intoxicante ritual, sino que también tenía un efecto nutritivo importante al compensar la falta de verduras en la alimentación mexicana.

Toribio de Benavente, el franciscano que mereció de los indígenas el sobrenombre de Motolinia, demuestra en sus Memoriales haber quedado profundamente impresionado por la gran variedad de usos que los indígenas sabían encontrarle al maguey. Además de hablar del pulque, fray Toribio señala admirado que “sácanse de aquellas pencas de metl, hilo para coser, también hacen cordeles, sogas, maromas, cinchas e jaquimas (...) vestido y calzado, que llaman los indios cactli (...). También hacen alpargatas como las de Andalucía, mantas y capas”.

Sigue diciendo el franciscano que las púas eran de gran utilidad, y habla de las hojas secas empleadas para techar casas, fabricar papel o simplemente púas hacer fuego, cuya ceniza además “es muy buena para lejía”, sin olvidar las propiedades curativas del pulque y la savia, como consta en la figura 596 del Códice Florentino. No en vano escribí fray Juan de la Concepción, un carmelita descalzo poco conocimiento de cuyo Romance histórico cita Lorenzo Boturini la siguiente octava en su Idea de una nueva historia general de la América Septentrional”: “De los magueyes retorcidas fibras / volúmenes de Historia dieron muchos/ en qué páginas eran los colores/ caracteres formando de los nudos.// Mejores plumas fueron los pinceles/ que al algodón pasaban el trasunto/ de los Héroes tan divino, que aun el tacto/ su objetivo le juzgaba por el bulto”. El hecho de que no haya fuente alguna que mencione la existencia de algún tipo de bebida embriagante que no fuera fermentada hace que la opinión general concuerde en que el México prehispánico desconoció por completo el proceso de destilación. Así pues, el empleo del corazón del maguey para la fabricación de un licor propiamente dicho es uno de los más generosos frutos del mestizaje que comienza con el establecimiento de la dominación española en nuestras tierras.

Roberto Hernández frente al horno e la fábrica de tequila Cuervo. 1994.

Noticias del vino mezcal virreinal

De manera un tanto confusa, como lo son muchos textos del siglo XVI novohispano para los lectores de hoy, el ya citado Motolinía apuntaba algo sobre la elaboración de un licor hecho mediante el cocimiento del mezcal o corazón del maguey, al que dice haberle oído llamar mexcalli, “que los españoles dicen que es de mucha sustancia y saludable”. De ser cierto, el llamado vino de mezcal resultaría ser uno de los primeros productos que la técnica europea supo obtener de un elemento natural americano, pero suena verdadero también que cuando los españoles llegaron a lo que hoy es Jalisco, el mezcal no se fabricaba todavía en otras regiones del virreinato.

Sin embargo, en toda la literatura que se conoce del primer siglo de vida neogallega –descripciones, acusaciones, refutaciones, etcétera– no se proporciona información alguna que indique una producción considerable del vino de mezcal. Hay algunas noticias, por desgracia mal fundamentadas, que afirma que “en el año de 1600, vino a radicarse a Tequila el señor Pedro de Tagle, marqués de Altamira y caballero de la orden de Calatrava, quien desde su arribo estableció la primera fábrica de vino mezcal habida en Nueva Galicia”.

El Tequila viajero e independiente

A partir del siglo XVIII se rompe en gran medida el aislamiento de Guadalajara y su región. Poco a poco, la costa norte del Pacífico empezó a manifestar sus necesidades, y Guadalajara, paso natural de su abastecimiento, a palpar la necesidad y la conveniencia de satisfacerlos. Por otro lado, el tráfico de mercaderías con lo que los europeos llaman el Lejano Oriente –que para nosotros es Occidente– también aumentó en forma considerable a mediados del siglo XVIII.

Una de las medidas dispuestas por la Corona consistió en abrir un puerto auxiliar en el Pacífico: San Blas. Precisamente por fabricarse el tequila en el camino a esa ciudad, este puerto cobró cierta importancia a mediados del siglo XVIII, ya que desde ahí se abastecía a las nuevas colonias españolas en el noroeste de México. El “vino mezcal de esta tierra” se convirtió en el primer producto elaborado de exportación de lo que hoy es el estado de Jalisco. El mezcal de tequila ayudó a los españoles a sobrellevar las soledades de aquellas tierras septentrionales, y a los jesuitas y a los franciscanos, sucesivamente, a que los indios, colonizadores por ellos con fines de catequización, se sintieran de vez en cuando más contentos y soportarse con mayor resignación y paciencia, en lo que les llegaba la dicha eterna, el haber sido sometidos a un régimen de vida tan diferente de aquel al que estaban habituados. De igual forma, desde Tequila pudieron atenderse los gaznates ansiosos de quienes trabajaban en las no tan lejanas, pero sí remontadas, minas de Bolaños, que tanto prosperaron al finalizar el siglo XVIII.

Elena Climent. Naturaleza muerta. 1994. Acuarela. 18 x 26 cm.

José Marís Muriá. Maestro en historia por la Universidad de Guadalajara, doctorado por El Colegio de México, presidente de El Colegio de Jalisco y miembro de la Academia Mexicana de la Historia. Autor de Sociedad prehispánica y pensamiento europeo, Historia de Jalisco, Brevísima historia de Guadalajara, Conquista y colonización de México, Jalisco en la conciencia nacional y Brevario de Jalisco.

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