El rebozo es tradición viva del arte textil entre los pueblos purépechas: es uso, vestimenta, objeto ritual y cotidiano, habilidad y técnica de gran belleza. Para las mujeres del pueblo purépecha, además, significa una forma de relación con su entorno. Así, la autora de este texto nos ofrece un recorrido por esa prensa vital, incluso a veces referente de “lo mexicano”.
En el estado de Michoacán, el pueblo purépecha mantiene vivo uno de los rasgos características que, desde hace muchos siglos han distinguido a esa cultura: su oficio artesanal. Dichos oficios, en profundo vínculo con su patrimonio biocultural, pueden rastrearse en fuentes como La relación de Michoacán de 1540, escrita por fray Jerónimo de Alcalá, donde se nombra a muchos de los gremios artesanales organizados bajo el señorío de los antepasados de los purépechas contemporáneos. Sin embargo, es difícil conocer el papel de las mujeres artesanas en las sociedades del pasado usando las mismas fuentes. No es raro que ellas figuren poco o que simplemente no se mencionen en los documentos históricos escritos por hombres. Por fortuna, hoy las mujeres purépechas son referentes de trabajo y creatividad: son ellas quienes transmiten –y renuevan– la tradición.
En estas páginas presentaremos la sólida y vibrante producción de rebozos en el territorio del pueblo purépecha, a cargo de mujeres tejedoras que han heredado un oficio que sin duda contribuye al fortalecimiento y resignificación de su identidad étnica. Para ello, empezaremos por referirnos al papel del rebozo como parte esencial de la indumentaria de las mujeres de esta región michoacana.
El Diccionario castellano de 1788 define “rebozo” como: (...) embozo, figuradamente, de cualquier simulación; que tira a ocultar alguna cosa. Rebozar, cubrir el bozo con el vestido, o adorno; ya por frío, ya para ocultarse”. Ya que sirve para tapar el bozo, la parte media inferior de la cara, independientemente de fungir como prenda de abrigo, el rebozo cumple una serie de funciones que tiene que ver más con la gestualidad y las “buenas maneras”, incluso el pudor, de las mujeres.
Si entendemos que toda conducta está reglamentada y sancionada socialmente a través de una serie de valores de lo “apropiado”, no es extraño que en el seno de la sociedad purépecha “tradicional” se espere de las mujeres un especial recato, tanto en la forma de vestir como de comportarse gestualmente. Es decir, las mujeres no son, necesariamente, de esta manera, pero este es un valor ideal que se refleja en el uso de prendas como el rebozo, que cubre, tapa, oculta o protege. Cubriéndose la cara, o parte de ella, la mujeres puede permitirse ser discreta, como lo manda la costumbre, pero a la vez observa lo que sucede alrededor. Este puede ser uno de los factores que han permitido que el rebozo permanezca en el uso arraigado de ciertos estratos de la población, sobre todo el indígena, en donde –por lo menos en el caso purépecha– la discreción es un valor esperado socialmente y el rebozo es una pieza del ajuar que se presta para asegurarlo.
Sin embargo, el uso social del rebozo en las comunidades purépechas es complejo. Principalmente, en las poblaciones con climas fríos resulta indispensable para cubrirse; pero dentro de sus casas las mujeres casi nunca lo visten, a excepción de las ancianas, porque ellas es decir de una mujer de Ahuirán, “ya traen mucho frío adentro”. Aunque al realizar muchos quehaceres “domésticos” no es necesario, en la cocina, por ejemplo, el rebozo puede servir para arrodillarse sobre él o para sacudir o limpiar la vajilla. Además, para salir es infaltable, tanto para cubrirse el cuerpo como para tapar lo que se llegue en las manos, como cuando las wananchas (las doncellas que tienen a su cargo la limpieza y arreglo de los espacios sagrados destinados a la Virgen de la Inmaculada Concepción) llevan las flores al templo.
El rebozo también juega un papel de gestualidad codificada en el gusto por lucir bien, por adornarse y, sobre todo en las mujeres jóvenes, por verse bellas. De un buen rebozo se tiene que lucir, en especial, las puntas. Al ir caminando, una de las puntas se coloca sobre el hombro y el pecho, totalmente extendida. Pero una vez que la mujer está sentada, se despliegan los dos extremos sobre las piernas. Las jóvenes purépechas nunca cruzan el rebozo sobre su pecho durante las fiestas, pues ello ocultaría los bellos diseños de sus wanenkus. En cambio, sólo cubren su espalda con el rebozo doblándolo a la mitad a lo largo para lucir las puntas por el frente. Esa posición limita de alguna manera el movimiento de sus brazos, pero es parte del lucimiento.
En la vida social de la comunidad purépecha el uso ritual del rebozo es muy visible. Esto sucede durante las ceremonias festivas denominadas rituales de paso (el bautismo, la boda y su ritual previo, “el perdón”, etc), en aquellas donde existe un protagonista o una serie de ellos y en otras donde se involucran a toda la comunidad, que por lo general, tienen que ver con el calendario católico y con el ciclo agrícola: las fiestas patronales, las Candelaria, el Carnaval, el Corpus –la Chanantskwa–, el Día de Muertos y Navidad, entre otras.
En este complejo ceremonial, en ocasiones, ocurre que las celebraciones particulares y las comunitarias se entrecruzan. Tal es el caso de la aceptación de los cargos que se dan en ocasión de una fiesta colectiva, y en la que el carguero y su indispensable red de relaciones familiares son protagonistas indudables, al igual que las confirmaciones e incluso las bodas.
Para todas las ceremonias hay un protocolo de estreno de ropa y, en algunas fiestas específicas, un código estricto y complejo de regalos a los protagonistas. Así, a una mujer se le regala una cantidad de rebozos que varía dependiendo del número de tías, abuelas y madrinas que tenga. Por ejemplo, hay cargueras que en la recepción del cargo llegan a recibir hasta quince rebozos.
En algunas comunidades aún no es común, el uso diario del rebozo: muchas mujeres se sirven de la prenda para tareas que se realizan por ser mujer y porque tiene funciones, como la maternal. El rebozo es vital en el cumplimiento de esta función, pues con él se carga, transporta y cubre a un bebé de brazos. Además, permite a la madre un contacto permanente con él cuando lo alimenta, e incluso cuando, al desplazarse, lo lleva colgando en la espalda.
Te invitamos a que consultes nuestra revista-libro el libro Rebozos de Michoacán. no 139. Disponible en nuestra tienda física La Canasta, ubicada en: Córdoba #69, Roma Norte, CDMX. También visita nuestra tienda en línea donde encontrarás nuestro catálogo editorial