15 / 04 / 26
Rosa mexicano: moda y marca
Ramón Valdiosera

Pese a que gran parte de la indumentaria de nuestro país ha tenido como marca la paleta que va del rosa al buganvilia, fue hasta mediados del siglo XX que se acuñó el término “rosa mexicanos”. La historia del nombre tuvo como escenario Nueva York y en ella están involucrados personajes como Dolores del Río y el diseñador Ramón Valdiosera, quien en este espacio nos da cuenta de tan fascinante aventura.

Cuando empecé en la moda, en la década de 1940, mi deseo era hablar del buen gusto del mexicano, de los centenarios huipiles de las mujeres de Zinacantán, del poder creativo de la sabiduría antigua, del gran punto de inflexión en el pensamiento del siglo XX que vino del México prehispánico. Me interesa trascender lo visual para entender los significados del mundo mesoamericano. Muy pronto me di cuenta que, desde que nace, el habitante de nuestro país vive, come, se educa y hasta muere en rosa mexicano.
Quince siglos antes de Cristo, el hombre mesoamericano ya era testigo de los tonos fuego de los volcanes en erupción y del milagro del sol al atardecer; de las guacamayas escarlatas de las selvas altas; de los pechos colorados de los quetzales; de las tonalidades rosáceas de las cactáceas; de la explosión de visos morados en las flores o, incluso, en el maíz, además del espectáculo encarnado de las tierras con óxido de hierro. Más adelante descubrió la utilidad de pinturas rojizo-cárdenas como la cochinilla, el caracol púrpura, la semilla de achiote o el cinabrio. Así, desde el principio de su historia, el mexicano ha estado rodeado de una extensa gama de rojos, rosas, púrpuras y violáceos que, durante siglos, han marcado la psique nacional. La vista grabó el abanico del magenta en la mente y ésta, con su filtro emocional, lo trasladó después a la arquitectura, al arte popular, a los rituales, a los dulces, a los juguetes y a un sinfín de objetos.

El indígena ha sido siempre un diseñador innato. Yo lo he tomado de un modo especial en los trajes tradicionales, confeccionados con la pauta constante del rojo y del fucsia, tonalidades inoculadas en cada recodo de estas tierras y transmitidas de generación en generación. Las etnias mexicanas, muy celosas de su vestido, observan la vieja costumbre de utilizar determinadas coloraciones y bordados para distinguirse del resto. Cuando uno viaja por regiones alejadas del turismo todavía encuentra a una abuela y a su nieta vestidas igual, ya que ese traje es símbolo de su grupo familiar. En este sentido, el vestido equivale, para ellos, a un nido envolvente del alma, y sus tonos, formas y adornos cifran significados muy antiguos.

Dibujo realizado por Ramón Valdiosera en la segunda mitad del sigo XX. Colección del artista.

Un prisma de rojos y rosas en la indumentaria indígena

Al rastrear la pasión social por la gama que va del rojo al rosa mexicano pienso en una primera explicación: la temprana presencia de los tonos rojizos, en su mayoría de origen vegetal, en la pintura corporal de los antiguos habitantes de Mesoamérica: el tinte rojo del grano de achiote, el fruto violáceo oscuro del arbusto capulín, el colorante castaño del árbol de cuachalalate, las savia de bejuco, los juegos morados de frutos silvestres, la mezcla encarnada de tierra volcánica con grasa, etcétera. También pienso en las antiguas prendas, de las cuales dan cuenta las vasijas, los murales, las figurillas y una gran cantidad de piezas que siempre han atrapado mi curiosidad.

En el campo de la moda mexicana, mi mayor aportación fue haberme dado a la tarea, durante años, de viajar por nuestro país para dibujar la vestimenta y costumbre, así como reconstruir los trajes de las damas precortesianas a través de un sistema muy simple: copiaba sus vestidos de las piezas arqueológicas de los museos. Primero dibujé sus atuendos, más tarde reproduje algunos modelos en tela y después plasmé todo aquello en una colección de estatuillas policromadas que pertenecieron a mi Museo de la Moda Mexicana y que conservo en espera de un espacio apropiado para albergarlas.

Pese a la gran influencia del rojo en las antiguas culturas del Altiplano, durante mis viajes encontré que la supremacía del rosa mexicano tuvo y tiene más relación con las culturas meridionales de clima semitropical húmedo, en donde la selva inspiró indumentarias que copiaban el esplendor y el diseño de plantas y animales, entre los cuales había una gran cantidad de elementos en la gama del rosa al púrpura, como los flamencos, las orquídeas y diversos frutos. Los actuales estados de Chiapas y Oaxaca son lugares únicos al respecto. En los Altos de Chiapas, los mayas contemporáneos, emplean con gran profusión el ahora llamado rosa mexicano, y aunque a lo largo del tiempo esta moda también ha experimentado una metamorfosis hacia otras variantes, el colorido magenta mantiene activo su protagonismo. En Zinacantán, Chiapas, por ejemplo, los novios se casan con un sarape de hilos rojos y blancos que a la vista produce un efecto rosa. También en Oaxaca, las etnias del Istmo, los chontales de Ojitlán o los triquis de la Sierra Alta viven hoy día inundados en el color magenta. Estos últimos, por ejemplo, obtienen un tinte rojo del jugo de las cáscaras de madroño, que mezclan con agua y cal para volverlo rosáceo. Igual de interesante es la técnica, aún vigente entre los mixtecos de las costas de Huatulco, para extraer la tinta de los caracoles púrpura sin matarlos, una práctica majestuosa que sólo pervive en este pequeño rincón del mundo y un poco en Costa Rica.

Los totonacas y huastecos del Golfo veracruzano han utilizado siempre el color rosa de un modo singular. Los totonacas son, a mi juicio, una de las etnias más elegantes, sibaritas, refinadas y alegres en el vestir. En el pasado vivían inmersos en un paraíso de flores, pájaros y agua fresca, y supieron llevar el gozo, el color y el donaire a su vestimenta. Los huicholes de Jalisco y Nayarit utilizan de forma muy hermosa el rojo amapola y el rosa mexicano en sus bordados, mientras que las distinguidas mujeres de la zona de San Jerónimo en el Pacífico guerrerense usaban lujosos pantalones a medio muslo con motivos geométricos en los que predominaban los tonos rojizos.

Mis ires y venires por México me pusieron en contacto con la plumaria, sin duda una de las artes más sofisticadas del México antiguo. Por su diseño, brillo y ligereza, las plumas resultan perfectas para tocados, adornos y prendas de vestir. Las más grandes se utilizan para penachos, las medianas servían para el cabello y vestido, mientras que las minúsculas se utilizaban sobre todo en adornos. En la época prehispánica, por ejemplo, fueron habituales entre los mixtecas y los zapotecas los labrados y bordados con plumaria: plumas de colibrí para el hilado con aplicaciones de concha, placas de jade y obsidiana. En la Mixteca de Oaxaca aún a mediados del siglo XX subsistían tocados de plumas idénticas a los de sus antiguos reinos.

Algunos grupos indígenas han heredado la técnica para hacer penachos ligeros y de fácil acomodo, con estructuras de hasta un metro de altura, a base de plumas de vivos colores sujetas en escobetas de quita y pon. Estas piezas, en las que el rojo y el rosa se repiten con frecuencia, constituyen elementos de referencia de la indumentaria de los voladores, que mezcla un atuendo de inspiración medieval retomado por los frailes durante la época virreinal con el motivo del ave.

En uno de mis viajes, un danzante de la región totonaca me contó, cuando le pregunté sobre el origen de este ritual, que un hombre quiso volar para llegar fácilmente al cielo y no regresar a la tierra. Para lograr esto subió por un palo a un sitio cada vez más alto; una vez arriba, el dios que los embriagó de altura hizo girar y girar la base para que, con una velocidad vertiginosa, los danzantes volaran hacia el Sol, que los devoró. Pero ésta no fue la única danza que tuvo la fortuna de mirar: también me topé con la danza de los quetzales de Puebla y Veracruz y la de los paragüeros de Tlaxcala, por citar sólo unas cuantas entre las muchas cuya indumentaria sorprende por su creatividad y por el uso del rosa buganvila.

Boceto de atuendo de alta costura. Dibujo realizado por Ramón Valdiosera en la segunda mitad del siglo XX. Colección del artista.

La leyenda del mexican pink

Viajar, dibujar y ordenar los archivos de mis viajes supuso una tarea ingente que valió la pena. Mi gran reto entonces era imponer cosas que, con la discriminación que en México siempre ha habido, se despreciaban. Fue un proceso apasionante que me hizo tomar conciencia del relevante papel jugado por el color magenta en todos los aspectos de la cultura nacional y que despertó en mí el deseo de hacerme diseñador de moda: quería exportar al mundo la riqueza del colorido, los estilos y tejidos mexicanos.

Fui afortunado al contar con el reconocimiento inmediato de la actriz Dolores del Río, quien al ver mi primera colección, en 1948, me encargó varios trajes para ir a Los Ángeles. También tuve el apoyo de su último año de gobierno, del entonces presidente Miguel Alemán, que buscaba promover México en el jet set. Sin embargo, no deja de ser interesante analizar el rechazo y la burla que sufrí por parte de los modistos destacados entonces, Henri de Chatillon y Armando Valdés Peza, quienes, enamorado el primero de Francia y el segundo de Grecia, no creían en una moda mexicana ni les interesaba nuestras tradiciones; cometieron la tontería de manifestar en la radio cosas tan absurdas como que la elegancia en México era imposible porque la mujer tenía “muchas nalgas”. Aquello me violentó de tal modo que opté por diseñar mi propia línea, sabiendo que los tejidos clásicos como el satín, el mohair o la seda no compaginaban con mis ideas. Yo quería utilizar telas de rebozo, de mezclilla, de algodón, de cambaya, de ixtle; textiles pintados a mano tejidos en telar de cintura, encaje de bolillo; en fin, todos esos materiales populares que había conocido de primera mano a través de mis viajes y en los que observaba la presencia continua de los tonos púrpuras y magenta, igual que en todo tipo de objetos: velas, papalotes, muros y alimentos…

Me lancé a la aventura y, en menos de tres años, obtuve lo impensable: una clientela femenina destacada con apellidos conocidos, pero en mi corazón he alimentado siempre un cariño muy cuidado hacia Dolores del Río, mi mejor promotora en Estados Unidos, quien a la postre me facilitó vestir a iconos como Rita Hayworth, Paulette Goddard o Elizabeth Taylor. Dolores del Río fue mi punto de partida en el extranjero, y nuestro trabajo en complicidad coincidió, en 1949, con el famoso asunto Mexican Pink.

Yo solía utilizar la expresión “rosa mexicano” a modo explicativo, para dar una idea de la enorme influencia que tiene en mi país este color. No sólo es el más amado por los mexicanos, sino que era el que estaba presente en la mayoría de mis trajes y al que dediqué, bajo el nombre de Buganvilia, mi primera colección de moda internacional, presentada en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York en mayo de ese año. Aquel desfile fue un gran acontecimiento. Durante una rueda de prensa en el hotel, mientras yo reflexionaba sobre el rosa mexicano con los periodistas extranjeros, el traductor mencionaba una y otra vez las palabras mexican pink, de tal suerte que al día siguiente apareció un artículo en The New York Times que aseguraba que “nace un nuevo color en la moda cosmopolita: el mexican pink”. Así fue como la denominación “rosa mexicano” traspasó fronteras y se hizo conocida en el mundo. Más adelante la propia Dolores del Río me pidió utilizar justo el nombre de Rosa Mexicano para nombrar así un proyecto de caridad. Hoy es marca registrada y da vida, entre otros negocios, a una cadena de restaurantes en Estados Unidos, blogs, varias asociaciones y campañas publicitarias.

Aún evoco con enorme emoción aquella temporada que puso de moda el rosa mexicano en Nueva York: los escaparates de Manhattan se inundaron del color buganvilia, el color de México que lancé al mundo y que llevé también por vez primera a una corbata, gracias a un pedido de Countess Mara, famosa por sus exclusivos diseños, hoy objeto de colección.

En México lo tenemos todo. Los franceses recurren a los egipcios, los griegos a los etruscos, pero nosotros no necesitamos mirar fuera: tenemos a los mayas, a los tarascos o el arte popular, que podrían inspirar de manera inagotable la moda nacional e internacional. El potencial artístico mexicano es arrollador, pero durante décadas se educó en que lo nacional era pésimo frente a lo europeo o estadounidense. El drama del diseño en México es que no sabemos aunar lo técnico con lo artístico, la parte comercial con nuestra fuerte tradición, historia y riqueza suntuaria. La moda mueve vigorosamente la conciencia, pero también es la personalidad exterior de una época y el espejo de la cultura. En este contexto, para mí el rosa mexicano representa más que un color: es un emblema de las raíces sentimentales y creativas de nuestra nación.

Inspirado en el traje de charro. Dibujo realizado por Ramón Valdiosera en la segunda mitad del siglo XX. Colección del artista.

Ramón Valdiosera. Comenzó su carrera como historietista. Fue diseñador de moda, ilustrador, pintor y coleccionista. Vestuarista, entre otras cosas, de las películas Tizoc y Cuando lloran los valientes. Fue director de los diarios de historietas Pepín y Chamaco chico. Fundó los museos de la Moda y de la Historieta e ilustración Mexicana, temporalmente cerrados. Es autor del libro 3000 años de moda mexicana y de veinte títulos más. Pintó doce murales para la Central de Abastos de la Ciudad de México, siete para la línea doce del Metro y doce para Fuerza Ciudadana.

*

Te invitamos a que consultes nuestra revista-libro el libro no. 111 Rosa mexicano. Disponible en nuestra tienda física La Canasta, ubicada en: Córdoba #69, Roma Norte, CDMX. También visita nuestra tienda en línea donde encontrarás nuestro catálogo editorial.