20 / 01 / 26
Rumor de alado cortejo, una ciudad en la tierra y en el cielo
Alfonso Alfaro

La ciudad de Puebla fue concebida por dos clases de seres: los hombres y los ángeles; ambos quisieron hacerla una ciudad perfecta. Cada iglesia, convento, biblioteca o edificio es un universo que podría ser abordado en una publicación. Estas páginas nos dan cuenta de la arquitectura, pintura, historia y atmósfera de esta ciudad virreinal a la que siempre vale la pena regresar.

Las contribuciones de Puebla, capital emblemática del México criollo, a la formación de los elementos que fundan la conciencia común de la nación son insignes: desde el maíz y el trigo, oro de nuestros surcos, hasta algunos de los rasgos más gratos del rostro simbólico compartido por todos los mexicanos. Sus sílabas evocan una de las imágenes ideales de la belleza femenina, que es al mismo tiempo testimonio de la más lejana de nuestras herencias, la china poblana. Su mesa es un prestigioso punto de encuentro y de fusión para los innumerables pueblos que forman este país, hermanados en torno a los deleites de la cocina mestiza. ¿Cuál es el lugar de esta ciudad en la memoria y en los suelos de México? ¿Cómo se convirtió en la encrucijada que mantiene vivos los lazos de nuestro país con el mundo a través del Atlántico? ¿De dónde surgieron las voces que la convirtieron en protagonista mayor de un debate político-intelectual que agitó a Europa durante más de un siglo? ¿Qué relación existe entre sus habitantes y los alados personajes que dieron a la ciudad uno de los más bellos padrinazgos de la toponimia mexicana?

Hay ciudades fundadas por el azar y la fortuna y ciudades surgidas de la esperanza y la voluntad. Hay ciudades de la suerte y ciudades del empeño. En México, además de la capital, urbe inevitable, imperio que murió para que brotara de sus cenizas una nación, hay ciudades como plazas de comercio y otras que fungieron como avanzadas de frontera, hay también ciudades de plata y ciudades de mar.

Entre todas, una empresa de poblamiento (una puebla) se distingue, bendecida desde sus orígenes. Hija de un anhelo utópico, nacida de una elección que, se dice, dictaron los mismos ángeles, la sede emblemática del México criollo fue edificada en un solar de privilegio en el corazón del reino.

Su asentamiento no solamente la convertía en el centro de una región fundamental para la Nueva España, sino que la dotaba de un horizonte verdaderamente planetario. Puebla estaba situada en la mitad del principal camino que atravesaba el mundo de su época; esa vía ligaba a dos hemisferios unidos bajo un mismo centro y también a Asia con Europa, era la principal ruta de la era barroca, el puente entre Oriente y Occidente. Como las pequeñas y opulentas ciudades de Flandes y Toscana, Puebla fue por eso, recogida y provinciana pero desenclavada y cosmopolita. No es extraño que el único símbolo que da cuenta, en el imaginario popular, del extraordinario patrimonio asiático con que cuenta la cultura mexicana no haya surgido en Acapulco, puerto del galeón de Manila, sino en un lugar donde Andalucía se juntaba con la India; en México, la China es poblana.

Los surcos del oro

Ya desde antes, desde milenios lejanos, las aportaciones de suelo a la construcción del futuro país en que ahora habitamos tuvieron carácter de esencia y fundamento. El mundo prehispánico había tenido preferencia por lagunas y pendientes porque era una civilización fundada en la agricultura del brazo y de la coa. Sus paisajes eran la terraza y la chinampa. El maíz, que se contenta de los aperos más sencillos, había dejado de ser una planta silvestre en los alrededores de Tehuacán, gracias al ingenio y a la mano del hombre. Él fue el primer oro de este país, el más generoso de todos, porque puede hacer su mina en cualquier milpa.

Muchos más tarde, las poblaciones europeas tuvieron necesidad de campos propicios para desarrollar, en tierras americanas, su propia civilización –la del Mediterráneo– y proveer así su mesa de los manjares que prefería su paladar. Ellos buscaron planicies aptas para el arado y las yuntas y trajeron un oro nuevo: el trigo. Esta innovación contribuiría a transformar de forma definitiva un territorio que había de ir adquiriendo los perfiles de la nación que conocemos: mucho más amplia y variada.

La región de Puebla, que ya había dado a México el maíz, lleva también la impronta de la contribución ibérica a la formación de la nueva nación: sus valles habían de producir desde el principio el pan, “comida de españoles”.

Bebe en procesion Olintla. Puebla. Ruth D. Lechuga. 1964. Negativo plata.

Lucidez y pesimismo: la caída de los Ming

Por los mismos años en que vivía aquí Catalina de San Juan, la autonombrada princesa que prestaría su imagen a la leyenda oriental, gobernaba la diócesis el obispo Palafox, un personaje que ocupa un lugar aparte en la memoria de la ciudad. También su obra da testimonio de la amplitud de miras de la cultura poblana, tan abierta al continente asiático: entre los asuntos que provocaban sus desvelos se encontraba la caída de la dinastía Ming acaecida por esos años.

Este episodio alimentaba las reflexiones del prelado acerca del destino de los imperios. Con ojos angustiados observaba las paradojas de su propia patria, la monarquía de la cual formaba parte la Nueva España: un proyecto de ambiciones grandiosas, legitimado por la Providencia, contrataba con una realidad que no era sino una cadena ininterrumpida de frustraciones.

Esta conciencia trágica de la historia es un elemento que ha marcado en profundidad la cultura hispánica a partir del Siglo de Oro (es, en esencia, muy similar a la de Cervantes) y forma parte fundamental de la visión del mundo que anima tanto al impulso manierista como al barroco, primeras líneas que trazaron el horizonte simbólico de la nación mexicana.

El mismo itinerario de este país no ha hecho otra cosa que consolidar tal perspectiva. ¿Por qué estamos cómo estamos? ha sido siempre la dolorida pregunta que, haciendo eco a la perplejidad de Palafox, todos los historiadores mexicanos se esfuerzan por contestar. La frontera que separa la lucidez del pesimismo es sumamente difícil de establecer. En cualquier caso, esta situación no puede sino estimular, en las sociedades pertenecientes a la órbita barroca, como son todavía la mayor parte de las culturas mexicanas, una reticencia generalizada, un desapego respecto de las promesas de la razón humana.

La ciencia, las relaciones entre los hombres, la vida política está sujetas a un primer movimiento de escepticismo; las únicas certezas son las de la fe (o bien las de la propia ilusión).

Las culturas tocadas por la sombra de la duda pueden tener grandes virtudes (conciencia de la finitud humana y sentido de la trascendencia) y también graves limitaciones; pueden sufrir cierta inclinación a tejer ensueños y delirios, a imaginar soluciones milagrosas y definitivas que compensen las mezquindades de la realidad vivida, o padecer vaivenes imprevisibles entre la desconfianza y la credulidad; pueden también verse aquejadas de un espeso y desesperanzado cinismo, que llega a veces a impregnar toda la vida social (eso que ahora llamamos corrupción).

Los únicos defectos que esas sociedades no conocen parecen ser –por lo menos en Occidente– monopolio de las culturas nacidas de la Ilustración y el positivismo: el exceso de confianza en sí mismo puede con facilidad convertirse en ingenuidad y en arrogancia (en el mundo barroco, por el contrario, la estulticia se expresa a través de la altanería, que es hija de la inseguridad). Las virtudes barrocas pueden ser extraordinariamente fecundas cuando encuentran un objeto digno de estimular su imaginación y de captar su apasionado entusiasmo. En el caso de Puebla, el reto fue, como veremos, nada menos que la fabricación de una baja urbana.

Iglesia de Cuautinchán. Puebla. Foto: Artes de México.

Un debate planetario

La figura de Palafox es central en el paisaje de la Puebla novohispana. Su retrato resulta ajena y distante en este siglo, y los conflictos en que se vio envuelto parecen ahora provocados por asuntos tan arcanos, triviales y rebuscados, como si hubieran tenido lugar en la proverbial –e imaginaria– corte de Bizancio.

No obstante, tratando de no tomar partido a favor o en contra del personaje o de las causas que él abandonó podemos, desde el mirador del siglo XX, hacer un esfuerzo por desentrañar en los términos de nuestra perspectiva el significado que tuvieron para la sociedad de su tiempo y el influjo que pudieron ejercer en el proceso de formación de la nación futura.

Las querellas que enfrentaron al obispo Palafox con el virrey, con las órdenes mendicantes y con la Compañía de Jesús nos obligan de entrada a subrayar una evidencia: el México colonial era una sociedad de un enorme dinamismo social, cuya efervescencia llegaba con frecuencia a provocar rupturas. Ni el poder ni el mundo religioso eran bloques monolíticos. La implantación de un sistema propiamente absolutista no empezaría sino más tarde con la llegada de los Borbones. Sus fallidos intentos por modernizar un sistema social y político cuya esencia radicaba en la aceptación de la diversidad (de los pueblos, de las culturas) con base en medidas destinadas a lograr la uniformidad, aceleró sus tendencias a la desintegración que culminaron con las independencias.

Algunos de esos enfrentamientos fueron tan agudos porque tenían como objeto asuntos de importancia crítica para la vida social (una importancia que no han perdido). En otros casos, las polémicas eran provincianas sólo en apariencias puesto que se trataba de sacudidas periféricas provocadas por los más violentos terremotos que afectaban el mundo de la época.

La sociedad virreinal, un mundo sumamente heterogéneo, estructurado en torno a la corona y al altar, tenía como vehículo ordinario de expresión las negociaciones, alianzas, enfrentamientos y rupturas entre los diversos miembros del cuerpo social; entre todos constituían un verdadero sistema de pirámides de afiliación clientelar a través de las cuales se ejercía el poder. Esos conflictos eran la respiración natural de un organismo gigantesco y frágil –y aún en gestación. Con una metáfora anacrónica podría decirse que los dimes y diretes, entre órdenes religiosas, cofradías, consulado, audiencias, cabildos, obispos y virreyes eran, para la Nueva España, su vox populi: su ágora y su parlamento.

Las querellas entre el poder episcopal y las órdenes religiosas expresaban sin duda conflictos de intereses y de preeminencias tanto personales como institucionales, pero enfrentaban también diferentes maneras de entender el quehacer pastoral y labor misionera, distintos proyectos acerca de la sociedad y la cultura: ¿es deseable estimular el desarrollo de las lenguas indígenas –y los particularismos comunitarios– o por el contrario acelerar la castellanización– y buscas la unidad cultural?

Cecil Crawford O´Gorman, 1874-1943. Bodegón. Acuarela. 56 x 38.5 cm. Colección particular. Las piezas de Talavera son de principios del siglo XX.

Alfonso Alfaro. Doctor en antropología por la Universidad de París. Es autor de Historia de la memoria y el olvido y de Voces de tinta dormida. Itinerarios de Luis Barragán, publicado por Artes de México en la colección Libros de la Espiral.

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