Durante la colonia, los gobiernos y dirigentes indígenas continuaron viendo en el jaguar un símbolo de nobleza. Por el felino, se legitimaban los territorios y las fundaciones de los pueblos. Si bien podemos encontrar registros de esta actividad en lienzos y códices del siglo XVI, en estas páginas, también se da testimonio de una narrativa viva que aún vincula al jaguar con los orígenes de las comunidades.
Desde tiempos inmemoriales, el jaguar se asoció a las más altas dirigencias indígenas del continente americano y, en especial, del territorio que actualmente comprende México. Su exótica belleza, imponen figura y la mirada penetrante que hiela el alma de quien lo contempla sin duda lo vincularon con la fuerza y sabiduría de los antiguos señoríos y su parafernalia simbólica.
Los mayas del periodo Clásico recubrieron sus códices con piel de jaguar. Esta técnica continuó durante el Posclásico (900 d.C.-521 d.C.) con los pueblos que habitaron entre la Mixteca Alta, Oaxaca y Tehuacán, Puebla; ejemplo de ello es el Códice Laud. Durante la Colonia, el bagaje histórico y simbólico de la nobleza indígena se retomó y utilizó con fines políticos. Al jaguar se le siguió relacionando con un gran número de reyes, señores naturales o dirigentes indígenas –denominados en náhuatl huey tlatoque y tlatoque–, de quienes era el doble animal. Esta tradición político-social se dio en la Nueva España con Antonio de Mendoza (1535-1550) y Luis de Velasco, El Viejo, (1550-1564), que permitieron a los dirigentes indígenas llevar públicamente los símbolos tradicionales vinculados a sus prerrogativas como señores de sus pueblos en combinación con títulos nobiliarios europeos. Dicho privilegios mediatizan social y políticamente a numerosos miembros de las altas esferas del poder, quienes a su vez adaptaron las concesiones otorgadas para negociar su realidad colonial frente al poder hispano.
Durante gran parte del siglo XVI, las familias indígenas nobles, los gobernantes y sus descendientes buscaron consolidar sus derechos mediante la presencia de sus símbolos de poder en diferentes soportes. En muchos de ellos, utilizaron la piel de jaguar; ornamentaban sus tronos, asientos de mando o mojoneras territoriales. En ocasiones, se llegaba a utilizar el cuerpo completo del animal.
Se conservan numerosos ejemplares coloniales con alusiones al felino. Entre los menos conocidos y más bellos, se encuentran algunos lienzos del siglo XVI elaborados por los chocho, chocholtecas o xeu ngiwa del valle de Coixtlahuaca en la Mixteca Alta de Oaxaca. En uno de ellos, resguardado cuidadosamente por el pueblo ngiwa de Tequistec (San Miguel Tequixtepec, que en náhuatl significa Cerro de la Concha), se pintó el topónimo del señorío: una gran concha de mar al interior de un cerro, donde se representaron a las dos parejas fundadores del lugar con sus atavío de mando; llevan su nombre calendárico y el lugar de procedencia de las esposas nobles de los dignatarios y fundadores de este antiguo reino. Ambas parejas montan dos poderosos jaguares que parecen trotar. Otro ejemplo ngiwa es el Lienzo de Coixtlahuaca. Con piel de jaguar, se representa un camino con varias escenas de la historia local y dinástica de ese otrora gran señorío de Oaxaca, numerosos y detallados nombres de lugar, así como escenas de guerra y conquista.
En el Códice de Ixcatlán (Santa María Ixcatlán, en la región de la Cañada, Oaxaca), los pintores usaron la piel del jaguar a manera de camino para rodear distintas escenas, topónimos, dinastías y tierras de Ixcatlán. También se representó a la pareja reinante sobre su petate de mando. A espaldas del dirigente se encuentra el símbolo del pueblo. Otro uso de la piel de jaguar como recubrimiento de un trono se encuentra en un códice del siglo XVI, reutilizado posteriormente durante un litigio entre dos barrios del pueblo de Cuetzalan (Chiautla de la Sal, Puebla). El códice, hecho de amate, fue parte de un xiuhpohualli o calendario anual. El trono aparece en el glifo del año Conejo o Tochtli, en el cual vemos a un conejo con un elaborado tocado con remate de plumas que quetzal ceñidas por lo que parece un cascabel de oro. El conejo se pintó sentado de perfil y con la pata levantada en señal de mando sobre un imponente asiento real de respaldo alto o tepotzoicpalli, recubierto con piel de jaguar.
Los ejemplos anteriores muestran la asociación del jaguar con la nobleza y el territorio. Por ejemplo, los topónimos tienen como símbolos de identificación un cerro con agua (atl-agua, tepetl-cerro, altepetl) que conjunta la representación de un señorío, reino o pueblo. En distintos contextos, estos cerros también fueron recubiertos con piel de jaguar. Así sucede en códices elaborados por algunos pueblos del Valle de Oaxaca durante la primera mitad del siglo XVI. En un códice Testeriano, del siglo XVIII, que perteneció a una rama descendiente del emperador Moctezuma II, se pintó el glifo toponímico de Tenochtitlán con el cerro (tepetl) revestido de piel de jaguar. Por otra parte, en un lienzo al óleo del siglo XVIII de Santa Cruz Xoxocotlan, Oaxaca, el nombre glosado (Ocelotepec en náhuatl y Yucuquii, ni, en mixteco, cerro del jaguar-pueblo del jaguar), sobresale junto con la imagen de un juego de cola larga dentro de un cerro.
Así, el jaguar es un vínculo simbólico, histórico y fundacional entre un pueblo y sus dirigentes. En él, se expresa cómo el poder de los mandos indígenas se legitima por el territorio, probablemente porque los linajes reinantes interceden porque los linajes reinantes interceden ante las divinidades para que otorguen, a través de la tierra, el sustento. En retribución, los pueblos sosteniente y ofrendan a sus dignatarios. Quizá por esta importante función, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, los símbolos de poder de las dinastías fueron utilizados políticamente por autoridades indígenas locales, especialmente miembros del cabildo, autoridades de estancias y barrios e incluso fiscales de iglesia, quienes en esa época ya no necesariamente pertenecían a la nobleza nativa. El uso que le dieron con la colaboración de sus pueblos estaba generalmente relacionado con la historia de los linajes de los antiguos gobernantes y su papel como fundadores de las comunidades. El bello Lienzo de San Bernardino Chalchihuapan (municipio de Ocoyucan, Puebla) está asociado –hasta el dia de hoy– a las autoridades. Pintado al óleo con colores brillantes, en él destacan los antiguos nobles portando pieles de jaguar a manera de guerreros. Como si fueran yelmos, llevan la cabeza de los felinos con la boca abierta y las afiladas garras. Las descomunales cabezas de los nobles son frecuentes en otros manuscritos pictográficos posteriores al siglo XVI; es quizá una reminiscencia de los ancestros vistos como gigantes, pues los dirigentes y fundadores de los pueblos eran vinculados con los ancestros.
Hay otros casos actuales de estas formas de legitimación territorial. En el Códice de Cuauhtlazinco (municipio de Cuautlancingo, Puebla), pintado ahí probablemente a fines del siglo XVII, se da cuenta de las hazañas de un antiguo Tlatoani local llamado Tepoztecatl, quien aparece vestido con un traje de guerrero jaguar. Este documento se encuentra fragmentado en tres bibliotecas y quizá es una copia de otro manuscrito más antiguo. En 2008, las autoridades del lugar recibieron de manos de Stephanie Wood una copia del original. El regreso del códice a su pueblo fue muy celebrado; inclusive, las autoridades decidieron auspiciar que se pintara una copia completa de él, a manera de mural, en la Biblioteca Pública de Cuautlancingo, para evitar que las futuras generaciones lo olvidaran.
Podemos hallar un gran número de manuscritos de este tipo, ya que algunos descendientes elaborándolos. Tal fue el caso de un códice del siglo XVII, realizado por una rama descendiente del emperador mexica, Moctezuma, en donde se pintó una genealogía de los antiguos huey tlatoani mexica, en el cual sobresalen cuatro de ellos montados en bellos jaguares rampantes. En estos documentos, los símbolos de poder, las genealogías y los dirigentes fueron centrales en la imagen y la historia local para legitimar la antigüedad de la posesión del territorio. Los indígenas, por medio de sus cabildos o de las autoridades locales (que no eran necesariamente miembros de la antigua nobleza), creaban estos documentos para preservar tierras, bosques y aguas de las ambiciones de los hacendados, los estancieros, los poderosos miembros de los cabildos hispanos, de algunas órdenes religiosas, especialmente de los jesuitas, así como de otros pueblos indígenas circunvecinos
Ethelia Ruis Medrano. Es doctora en Historia por la Universidad de Sevilla, España. Cuenta con un posdoctorado en Antropología por la Universidad de Bonn, Alemania. Es investigadora en la DEH-INAH y en el SNI nivel II. Ha obtenido varios premios y becas otorgadas por instituciones nacionales e internacionales.
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