06 / 03 / 25
Tiempo, escena, movimiento
Alfonso Alfaro

Este texto tiende un puente entre Luis Barragán y su obra; entre la vida interior de una artista y su arquitectura.

La amistad entre Barragán y Miguel Covarrubias, sustentada por tantos elementos comunes que hemos señalado, debe haber tenido además otro vínculo: la danza, que fue para ambos algo tan significativo. Miguel Covarrubias tuvo un papel de primera importancia en la evolución y el auge de este arte en México, a través de sus funciones como jefe de departamento en el Instituto Nacional de Bellas Artes. De la pasión de Barragán por la danza hay testimonio desde sus años de Guadalajara. La biblioteca conserva, además de obras valiosas sobre el tema, numeroso programas de representaciones a las que él asistió en México, Nueva York o Europa. También aquí, como en todos los demás terrenos, sus intereses aparecen recurrentes, según testimonia un volumen acerca de las danzas africanas. Resulta interesante por lo demás la frecuencia de las referencias a una prima ballerina, Tamara Toumanova, de quien existen incluso fotografías en compañía de Barragán y sus amigos. La lista debe haber despertado fervores intensos entre estos fieles que parecen haberla acompañado en sus giras en diferentes países de ambos lados del Atlántico.

La belleza femenina en movimiento fue, hasta los últimos días de la vida de Barragán, una de sus más profundas y gratificantes experiencias estéticas. Los Ballets Rusos de Diaghilev habían formado parte de esa revolución estética de principios de siglo cuya influencia en las artes cargaba el aire que Luis Barragán respiró en París en 1925, aunque tardaría años en asimilar la experiencia. Ellos habían aportado una idea de espectáculo que renovó completamente no sólo el ballet, sino también en teatro y la ópera; una propuesta en la que se trataba de conjugar al máximo rigor técnico con la osadía de cada una de las vanguardias: musical, escénica, coreográfica; un intento por integrar las mayores proezas plásticas de la pintura de la época, Picasso, por ejemplo, a los decorados y al vestuario. Un ánimo ecléctico, profundamente ruso, absolutamente francés, proyecto de excelencia y de amplitud de horizonte que no podía sino encontrar sintonía con las inclinaciones profundas de Luis Barragán.
De su amor por la ópera quedan también en sus libreros trazas eximias. Los volúmenes del Boris Godunov, los numerosos libretos de funciones disfrutadas a lo largo de los años y los viajes, hasta algunos ejemplos como el de esas Narraciones italianas, una obra de literatura infantil de Sánchez Ferlosio en donde Barragán señaló cuidadosamente las páginas ilustradas por Rafael Munoa que recuerda foros teatrales en plena representación.
Su profunda conciencia de las relaciones de la belleza con el tiempo le permitiría tomar en cuenta la dimensión escénica de cada situación humana. El anfitrión perfecto, que conocía la importancia de la intensidad exacta de la luz en un muro y la tonalidad y la temperatura precisas de champagne por el que navega una conversación, pudo superar todos los conflictos entre rigor estilístico y gozo de los sentidos, entre la vida y el teatro; es decir, entre la arquitectura y la decoración.

Edward Weston. Voces de tinta dormida. Colección Libros de la Espiral.

Alfonso Alfaro. Ha consagrado su trabajo como antropólogo al incursionar por territorios limítrofes entre distintas civilizaciones y entre diferentes disciplinas de las ciencias humanas. Sus investigaciones se sitúan en la encrucijada donde convergen la vida de las sociedades y los procesos de arte. Sus ensayos van construyendo una reflexión en torno al tiempo y a la memoria que busca hacer aportaciones tanto a la antropología de la sensibilidad del gusto como a la historia de la mirada en diversas sociedades accidentales.

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