Xochimilco no se ha modificado como otros contextos de la cuenca de México. Hoy día continúa observando sus creencias, la tradición que está presente en todos y cada uno de sus habitantes, porque sus chinampas, sus canales, sus aguas, sus productos, sus costumbres y su grandeza se encuentran aún en todas partes: en sus flores.
Xochimilco es uno de los tantos asentamientos que existen desde hace tiempo y que han podido sobrevivir hasta nuestros días, gracias a su conglomeración de tradiciones que van desde lo sagrado hasta lo profano. Tradiciones que han persistido siempre por su vigencia en el presente activo y revitalizador de los antiguos saberes y que han vivido un proceso de actualización y transformación para poder llegar a nuestro tiempo.
Es por esto y por los documentos históricos, que se puede recordar que la primera tribu nahuatlaca se asentó en esa región y entró en contacto con los que vivían en la zona estableciendo un peculiar intercambio con sus vecinos; se sabe también que desde entonces sucedieron cambios bruscos en la transformación del ecosistema, unos provocados por la mano del hombre y otros como parte de los fenómenos naturales. Sabemos que el hombre de Xochimilco resistió el embate de las condiciones de cambio de su medio ambiente, y que así se marcó en este devenir un entrecruzamiento entre el hombre y la naturaleza, que se esforzaban por reconstruir el orden que parecía desaparecer.
En la lucha constante que se dio desde los tiempos antiguos, los xochimilcas lograron hacer de las riberas de los lagos de Xochimilco y Chalco buenos lugares para la creación de espacios habitables y naturaleza y procuraron adquirir un conocimiento sobre el orden existente para mantener un equilibrio, pese a la explotación de una gran cantidad de productos. Este conocimiento no sólo se desarrolló en tierra firme para satisfacer las necesidades de sus pobladores, sino que también se llevó a cabo en los islotes de los lagos, donde se realizaron intercambios materiales y simbólicos entre los distintos grupos de cada lugar de la cuenca y de sus alrededores.
Los lagos se convirtieron en el lugar de tránsito para ir de un sitio a otro, para reducir las distancias que atravesaban en canoas. De esta manera fueron descubriendo las bondades del agua, y crearon toda una cultura de lo lacustre. Los productos del lago se convirtieron en el elemento fundamental de la dieta de los pobladores de las riberas. Se creó el sistema de producción agrícola, no de temporal, llamado chinampero, que consistía, al igual que en la actualidad, en unas camas hechas con la acumulación de material vegetal y todo lo entrelazado con las raíces del ahuejote, sobre el agua de las canales y con bordes de piedras, que, además de proteger las chinampas, funcionaban como embarcadero para atracar las canoas.
A través de las chinampas productivas se desarrolla toda una cultura del agua, en la humedad y en la tierra fértil que es producto de la mano del hombre, pero de una mano benevolente que se va apropiando de la naturaleza sin romper con el equilibrio. La chinampa es protegida de los vientos por los árboles de ahuejote sembrados a la orilla de los canales, que además sirven para dar sombra a la siembra. Los bordes de piedra y ahuejotes hacen el límite entre una chinampa y otra, y en medio, a través de los canales, circula el agua y en los apantles, que son los canales más angostos, todavía hoy día pasa el xochimilca para obtener sus productos, que son dos o tres cosechas al año, más la posibilidad de intercambio con otros campesinos no sólo de productos agrícolas, sino de prácticas, creencias, conocimientos habitus, etcétera. Los xochimilcas se preocuparon por proteger su medio ambiente haciendo persistir la chinampería y el recorrido en trajinera y marcaron en ella una identidad regional. La trajinera les ha permitido adaptarse al medio ambiente y crear los procesos de la vida social, posibilitando las prácticas y el habitus de lo vivido en el largo camino de los siglos. Por eso el espacio de Xochimilco no se ha modificado como otros contextos de la cuenca de México. Hoy día continúa observando sus creencias, la tradición que está presente en todos y cada uno de sus habitantes, porque sus chinampas, sus canales, sus aguas, sus productos, sus costumbres y su grandeza se encuentran aún en todas partes: en sus flores (eso significa sus nombre), en sus verduras, en el color de los sueños, en los aromas que se expanden por sus campos y canales, en las voces de aves que acompañan el croar de las ranas, en las gotas que se transforman en tormenta en los días de julio, en los hombres y mujeres emprendedores, y en la añoranza de seguir a través de los tiempos.
Erwin Stephan-Otto. Es antropólogo y sociólogo con estudios en la Universidad de Estrasburgo, en la Universidad de Trieste y en la Universidad Ludwig Maximilian de Munich. Es profesor en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Publicó en 1993 El ahuejote.
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