El chile fue un ingrediente esencial en la cocina prehispánica, pero también tuvo diferentes usos en la vida cotidiana de Mesoamérica. Sus diversos grados de picor y propiedades medicinales lo dotaron de una vida cultural y ritual muy activa, en la que lo vimos como protagonista de los encantamientos para las buenas ventas, consejos para un buen matrimonio o correctivos para los niños.
La obra de Fray Bernardino de Sahagún, escrita en el siglo XVI, es una piedra angular para el conocimiento de la vida de los indígenas antes del arribo europeo y, por supuesto, de muchos aspectos relacionados con el chile. El franciscano recuperó algunos encantamientos para proteger los sembradíos de chile de las granizadas y un conjuro para favorecer a los comerciantes por medio de un sortilegio: cuando iban al mercado y no lograban vender sus telas, al regresar a casa, tomaban dos chiles y los colocaban entre mantas, con lo cual adquirían la confianza necesaria para pensar que tendrían una buena venta al día siguiente. En los consejos que las madres daban a sus hijas antes de casarse, estaba el de comprar en el mercado “el chili y sal y las teas y la leña con que habéis de guisar la comida”, por su parte, los padres orientaban a los hijos en su nueva responsabilidad y les indicaban que debían comenzar a trabajar cargando “chili y sal y salitre y peces” de pueblo en pueblo, para darse cuenta del compromiso contraído.
Es posible pensar que en Mesoamérica existieron muchas manifestaciones lúdicas sobre el chile, pero la mayoría no fueron registradas por los primeros cronistas. Por lo menos, una de ellas aparece en la obra de Sahagún, en forma de adivinanza, como un juego de palabras con las semillas del chili y el escudo de los guerreros llamado chimalli.
Varios oficios se desarrollaron en torno al chile. Había comerciantes dedicados a la venta de los que eran traídos de regiones lejanas; guisanderas y vendedoras de comida y tortillas donde el picante iba mezclado; vendedoras especializadas en la elaboración de tortillas con chile molido o carne adentro, las cuales se conviertían en un delicioso bocado, posiblemente parecido a nuestros tacos, sopes y gorditas; otras mujeres, expertas en los guisados, el uso del chile y el jitomate, atrapaban a los comensales con la satisfacción del gusto por lo picante; y hasta el vendedor de atole empleaba en algunos casos chile “para que tenga sabor”.
Sobre los comerciantes dedicados a la venta de chile, es revelador un pasaje de la obra de Sahagún: “El mercader de chiles (...) vende chiles rojos cuyo sabor no es tan áspero, chiles anchos, chiles verdes que son muy picantes, chiles amarillos, Cuitlachilli, tempilchilli, chichiacchilli. Vende asimismo chile de agua, conchilli; vende chile ahumado, chile pequeño, chile de árbol, chile delgado que semeja un escarabajo. Vende chiles picantes de los más tempraneros, aquellos de chola hueca. Vende chile verde, chile rojo puntiagudos que se dan ya entrado el año, aquellos que vienen de Atzitzihuacan, Tech(i)milco, Oaxtepec, Michoacán, la Huaxteca y la Chichimeca. Por separado venden sartas de chiles, chiles cocinados en una olla, chiles con pescado y chiles con pescado blanco.
El que es mal vendedor de chile vende chile (que es) maloliente, áspero al gusto, que huele a diablos, que está echado a perder, chiles de desperdicio, chiles ya pasados, desperdicio de chiles. Vender chiles procedentes de las regiones húmedas que no son ya capaces de picar y sin sabor; que aún no están formados y que sus carnes no son firmes, sin madurar; aquellos que se han formado como si fueran gotas, como capullos”.
Evidentemente, la distancia no era un impedimento para el traslado de este fruto. En el territorio de la Triple Alianza, los comerciantes vendían el chile procedente de los actuales estados de Puebla, Michoacán, la Ciudad de México y la región de la Huasteca (Hidalgo, Veracruz y, posiblemente San Luis Potosí), así como del Estado de México y Querétaro. Evidentemente, este hecho dependía de la región, el clima y el acceso al agua, pues la especialización impulsaba el intercambio con quienes tenían alguna variedad de Capsicum.
Las dualidades placer/dolor y recompensa/castigo se muestran en distintos momentos de la vida indígena. Como medio de castigo social, el uso del Capsicum se aplicó de una manera curiosa a los aztecas: cuando ya estaban asentados en Tenochtitlán, el señor de Azcapotzalco quiso refrendar el señorío de su padre sobre los recién llegados. Además de ordenarles que llevaran una chinampa hasta sus dominios, les exigió que cantaran y que a los hombres les dieran naguas y huipiles de henequén, mientras que las mujeres vistieran mastles y tilmas del mismo material; asimismo, debían darles tamales a medio cocer, una comida muy picante y, acrecentar el suplicio, negarles el agua. ¡Demasiadas humillaciones! Evidentemente se trata de una muestra de poder destinada a causar dolor externo, interno y espiritual; pero, gracias a la intervención de Huitzilopochtli, ellos evitaron comer, enchilarse y perder la vida con la ocurrencia del señor de Azcapotzalco.
El chile era empleado como un poderoso correctivo: cuando un niño tenía mala conducta, sus padres prendían fuego y ponían a quemar chile seco. El que recibía el castigo era forzado a inhalar el humo y esto le causaba tal dolor que servía como recordatoria antes de que se aventurara a cometer una nueva infracción. Otro ejemplo lo encontramos en la muerte de los mensajeros mexicas enviados por Moctezuma Xocoyotzin a Cuetlaxtla, debido a la tardanza de este pueblo para pagar los tributos. A su llegada, ellos fueron recibidos amablemente y luego, mediante engaños, fueron introducidos en una habitación para que pudieran descansar.
Las puertas se cerraron, y los señores de Cuetlaxtla ordenaron “traer un gran fardo de chile y ponerlo junto al aposento, (para) que entrase todo el humo dentro, y pegarle fuego. Pegando fuego al fardo de chile, fue tanto el humo que entró en la pieza, que los ahogó, sin poderse valer, ni salir de allí”. Los mexicas emprendieron terribles represalias en contra de los autores de esta acción.
En el mundo prehispánico, el chile no se limita a sus oficios ni a sus truculentos usos. Fray Bernardino de Sahagún también enfatizó los platillos y banquetes de los señores indígenas: guajolotes, pescados, ranas, ajolotes, hormigas, chapulines, ciruelas, plantas silvestres y atole, todo preparado con chiles rojos, amarillos, verdes, en chilmolli, mezclados con tomate o con el chiltécpitl. “No es de asombrar que apenas se encuentre algo que se escape de la voracidad de esos hombres o de que su paladar, (algo que) a pesar del peligro, no haya experimentado el sabor”, escribió Francisco Hernández. El protomédico –tal fue el cargo conferido por Felipe II a este personaje– descubrió que una de las cualidades más valiosas del Capsicum era volver atractiva cualquier existencia de la naturaleza para transformarla en una comida.
José Francisco Román. Es profesor en la Universidad Autónoma de Zacatecas e integrante del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Aborda temas de historia y patrimonio cultural, así como la identidad cultural en las comunidades migrantes mexicanas en Estados Unidos.
Leticia Ivonne del Río. Docente investigador de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Doctora en Historia por el Departamento de Historia de América I de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid.
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