13 / 01 / 26
El nacimiento de nuestra madre maíz
Guadalupe González Ríos

Se puede afirmar que el pueblo huichol es un pueblo de artistas. Esto salta a la vista al contemplar la amplia gama de objetos estéticos que realizan: su atractiva indumentaria, la decoración de las jícaras, la fabricación de flechas, la cestería, los diversos textiles o, incluso, la manera de pintarse la cara al emprender sus peregrinaciones.

La primera forma que tuvo Nuestra Madre Maíz fue la de una niña que es Tatei Nia’ariwame, Nuestra Madre de la Lluvia, asociada con los relámpagos, la fertilidad y la cría. En el principio, Nia’ariwame apareció sobre un picacho lleno de peñascos (que podemos ver abajo a la derecha del centro), con figura humana, y se transformó en el picacho. Luego tomó la forma de una mazorca de elote (al centro; aparece ligada a Tatei Nia’ariwame con una línea roja que se extiende de su corazón, (iyari), y después la de una serpiente de dos cosas y asta de venado, ubicada en la sección derecha de la obra. Junto a este personaje vemos un venado que es también el maíz ofreciendo sus palabras (en forma de saliva que gotea de su boca) al mara’akame.

El aspecto femenino de Nuestra Madre Maíz queda simbolizado en esta obra en su jícara (xukuri), llamada Tatei Niwetsika Xukurieya, cuyo interior contiene cuatro secciones con un campo verde cruzado por dos venas y cuatro granos, y con un elote en su orilla superior. Sus extensiones blancas representan el nixtamal. Las otras figuras son los rezos a Nuestra Madre. Una flecha votiva (Niwetsika +r+ya) representa el aspecto masculino de esta diosa (a la derecha superior del cuadro). Una gran vela dividida en cuatro partes (ubicada a la izquierda de Tatei Niwetsika Xukurieya) es una ofrenda.

En el extremo izquierdo inferior, vemos al mara’akame con su vara emplumada (muwieri), que se usa para curar y cantar. Fue él quien descubrió la manera de tratar al maíz. Según cuenta Guadalupe González Ríos, los huicholes “molieron un grano de maíz crudo que motivó a uno de ellos (en la parte inferior izquierda de la obra) a probarlo. El hombre enfermó, y es por eso que de su cabeza sale la espiga de una planta de maíz; además perdió sus miembros, y se le inflamó la barriga”. Entonces el mara’akame escuchó las palabras de Tatei Niwetsika, que le explicó que Tatewari, Nuestro Abuelo el Fuego, estaba ahí para cocer la tortilla, después de untar el maíz con sangre de venado (o de toro, pescado, etcétera). Fue por esta intervención de Tatewari que la masa se comenzó a preparar hiviéndola en una cazuela. Luego el maíz se debe moler con un pedernal para formar y tostar las tortillas sobre un comal.

En esta obra vemos que el mara’akame dirige a su muwier hacia un nierika redondo con dos pares de astas, que simboliza el punto en el que se enfocará para obtener su visión divina. El nierika aparece en el ojo de agua sagrada de Nia’ariwame al pies de un picacho (a la derecha del círculo). Tatawari, Nuestro Abuelo el Fuego (personaje con cara verde que podemos ver bajo el círculo) es el guardián del fuego primordial (representado como una serpiente con una cresta blanca, arriba a la izquierda, y como una figura ovoide roja con extensiones blancas y verdes, a la derecha del nierika). Un sahumerio, putsu (en la parte superior izquierda de la obra), además de algunas flores y otros objetos son ofrendados a Nuestro Abuelo Tatewari, bajo sus diversas formas. Se le llevan también ofrendas a Nuestra Madre la Tierra (plataforma inferior de color café matizado).

Cuenta la historia que otra persona coció el maíz con fuego, pero también enfermó y perdió sus miembros corporales (arriba a la derecha de la obra), porque fue castigado por Nuestra Madre Maíz, quien vio que se había comido la tortilla sin haber entregado primero una ofrenda de sangre al elote. Era como si quisiera creerse igual que los dioses. Guadalupe González Ríos explica que él recibió la tradición de guardar una jícara del maíz de su padre y de llevarla a la cueva sagrada de Nia’ariwame, que es la morada de Nuestra Madre Maíz, para que reciba ofrendas y devociones a cambio de buenas cosechas para sus devotos.

Hay ofrendas dispersas por todo el cuadro que representa sangre, chocolate, atole crudo, incienso, etcétera. Dentro del cuerpo de la serpiente de dos colas hay un nieroka redondo y abajo, a sus lados, vemos dos rombos que sirven para pedir a Nia’ariwame que protege a los niños. Un muwieri está incrustado en los peñascos del picacho, a espaldas de Nia’ariwame, como una plegaria de un mara’akame para obtener poderes sobrenaturales. La jícara ubicada frente a Nia’ariwame simboliza la fertilidad procreadora del maíz. Sus palabras son simbolizadas por cruces blancas.

La gran mazorca central está sobre un altar de varios niveles (cruces) y alcanza una silla ceremonial (figura verde clara) que representa el conocimiento de devociones bien cumplidas. Una figura irregular de color azul matizado y rojo (a la izquierda de la mazorca) es un nierika que el mara’akame ofrece a los antepasados sagrados. Varias figuras con prolongaciones en el cuerpo son insectos que acompañan al maíz en el campo.

Guadalupe González Ríos. Nació el 12 de diciembre de 1923, en el asentamiento wixárika de Carretones de Cerritos, Nayarit. Se consideraba un miembro de la comunidad de Tuapurie, Santa Catarina Cuexcomatitlán, por su tradición paternal. Sus cuadros de estambre de lana llegaron a destacar como la mejor expresión del arte wixárika, junto con los de los demás artistas.

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