25 / 03 / 25
Hombres viento. Los cotlatlaztin de Acatlán
Aline Hémond

La danza de los cotlatlaztin, hombre-viento, del pueblo nahua de Acatlán, Guerrero es un ritual que permite crear o recrear el tejido social de las comunidades hablantes de un idioma amerindio. Tradicionalmente, en el marco de las ceremonias de petición de lluvia que se realizan cada año a principios de mayo, los danzantes que participan en ella asumen el papel del viento que trae las aguas. La actual resignificación de esta danza, que se asocia a renovadas actividades ceremoniales, permite considerar a sus integrantes como guardianes simbólicos del pueblo ante tiempos de violencia.

En la Baja Montaña del estado de Guerrero, a unos ocho kilómetros al norte de Chilapa de Álvarez, se encuentra Acatlán. Con cerca de 3,526 habitantes -79% es bilingüe-. Este municipio es clasificado como un área de alta marginación, caracterizada por su diversificación de actividades económicas y sus profundas diferencias sociales. Los agricultores, artesanos y productores de cera han cedido buena parte de su lugar a los comerciantes, y una gran número de individuos de generaciones más jóvenes trabaja en fábricas, restaurantes y servicios en los pueblos cercanos o en la burocracia de Chilpancingo, la capital del estado; también hay profesores, profesionistas y estudiantes. Cuando se trata de definir la identidad del pueblo, las ocupaciones agrícolas son la principal referencia, en especial cuando se celebran fiestas ancestrales o religiosas.

La población es conocida por su sitio arqueológico: las Cuevas de Oxititlán, albergue de pinturas olmecas que datan del período Preclásico Medio, c.800-500a.C. Ahí se encuentra una figura identificada como una deidad olmeca hombre-jaguar, que es conocida y venerada por los lugareños. La vestimenta femenina, un huipil bordado y falda larga tejida -las acatecas tejen y bordan tales vestimentas, pero ya no las usan cotidianamente, a diferencia de las mujeres del vecino pueblo de Zitlala-, así como sus bailes y fiestas contribuyen a acentuar el renombre que Acatlán ha alcanzado en la religión.

Los Cotlatlaztin, malabaristas y atletas

Actualmente, en Acatlán, la danza de los cotlatlaztin, hombre-viento, tiene una importancia afín a distintas actividades que han sido resignificadas. En esta danza, sus participantes constituyen guardianes simbólicos de la aldea en estos tiempos de violencia que vive el estado. Además, esta danza ayuda a los jóvenes adultos a superar sus crisis de alcoholismo y dependencia de las drogas, gracias a un extraordinario “maestro de danza”.
Éste ha sabido formar y entrenar a los jóvenes en la senda del autocontrol, empleando diferentes medios y herramientas: enseñándoles a correr, revitalizando el sentido del mito, creando un corpus de valores y objetivos morales y espirituales. Hoy, esta danza funciona como una forma terapéutica ritual que contribuye a disciplinar la violencia personal, a fortalecer la autoestima de los adultos jóvenes y a superar los efectos de múltiples adicciones.

Más que danzantes, los cotlatlaztin forman un grupo ritual masculino de antipodistas, realizan malabares rituales con los pies, y atletas, desarrollan, de una manera especial, una carrera de resistencia. Su papel ritual tradicional es el de intervenir en diferentes etapas de las ceremonia para invocar la lluvia, en particular durante la fiesta de la Santa Cruz, del 1 al 3 de mayo, cuando el ciclo de las ceremonias agrícolas tiene su punto culminante, vinculado con el culto a los cerros en todo el estado de Guerrero.
Los danzantes son principalmente hombres jóvenes que provienen de diferentes contextos y situaciones. Algunos de ellos viven en el pueblo, o sus abuelos viven ahí y ellos, en tanto nietos, mantienen relación con su comunidad, pese a vivir fuera de ella. Muchas familias se han establecido en la región, Chilapa, Chilpancingo, Iguala, pero también en la capital del país y en el Estado de México, en Ciudad Nezahualcóyotl, por ejemplo. Algunos jóvenes han terminado la escuela secundaria o aún realizan estudios en el exterior; en ciertos casos puede ocurrir que no tengan otra perspectiva a futuro que la de irse como jornaleros a las plantaciones de Sinaloa o del norte del país.

Para ser un danzante, el primer compromiso es el de “la manda”, el voto personal de “trabajar por las cruces”, expresando en su voz alta a cambio de lo cual uno espera que la fe que se ha invertido, la seriedad en el cumplimiento de la promesa, o huenchihualiztli, propiciará que se cumpla lo que se desea: trátase de la esperanza de curarse o de tener éxito en los estudios y en la carrera. Al mismo tiempo, uno se compromete a realizar el ritual colectivo en su ciudad y su barrio.
El grupo de los cotlatlaztin se integra sólo durante las festividades de la temporalidad de lluvia. Sus miembros comienzan a prepararse en abril, fecha de la primera fiesta importante del ciclo agrícola: la Bendición de las semillas, en el Día de San Marcos, el 24 de abril; luego son protagonistas fundamentales de la fiesta de la Santa Cruz del 1 al 3 de mayo. En abril, el comisario autoritario político de los pueblos de Guerrero, hace un llamado por altavoz para invitar a aquellos que deseen participar en “la cotlatlatin” .

Vestir las cruces, proteger al pueblo

El primer trabajo de los cotlatlaztin es vestir las cruces de la comunidad -veneradas como poderes divinos- para las fiestas de la Santa Cruz. Estas ceremonias, fundamentales en la reproducción de la vida social, tienen como objetivo pedir lluvia, atzahziliztli, que en náhuatl significa “la acción de llamar a las lluvias”, buenas cosechas, prosperidad y supresión de enfermedades. Entre las múltiples secuencias rituales, la preparación ritual de las cruces de la aldea debe realizarse a partir del 1 de mayo: los cotlatlaztin revisten el cuerpo de madera con un mandil, tlaquentli.
Las cruces en la iglesia también deben vestirse para la bendición de las ofrendas en la parroquia del pueblo. Luego, los oficiantes colocan ofrendas, veladoras y flores para rezar y alabar las cruces, según un proceso ritual establecido. Repiten el mismo protocolo para cada una de ellas: en primer lugar, por las que se yerguen en el pueblo; después por las que se ubican en los cruceros alrededor y por las que delimitan los campos de cultivo cercanos. El 2 de mayo suben por los senderos para hacerse cargo del cuidado de las grandes cruces que se encuentran en la subida a la cima de la montaña: el Cerro Cruz o Hueytepetl. También dedican su atención a las grutas. De especial importancia es la cruz ubicada a la entrada de la gruta de Oxtotitlán, no lejos de los frescos olmecas.
De igual manera, se le hace una ofrenda a las concreciones de piedra caliza que encarnan seres no humanos, el perro por ejemplo, a los cuales se les colocan collares de flores de cempasúchil, veladoras e incienso. Finalmente, el 3 de mayo, se veneran las cruces ubicadas en el fondo del pueblo, Colotipán. Hay más de doscientos puntos de los cuales los cotlatlaztin deben ocuparse.

Personificar a los vientos, llamar a la lluvia, imitar al trueno

En la segunda fase de sus tareas rituales, los cotlatlaztin suben corriendo y emitiendo gritos agudos hasta la cima del Cruzco. Uno de ellos lleva una cruz de madera decorada con collares de flores y mandiles. El capitán lleva en madera decorado con espirales de colores; otro, el teponaztli, ese idiófono de madera pulida en forma de lengua, “divinizado por los acatecos”.

Las carreras nocturnas

Llegamos a la parte velada de la acción del grupo ritual cotlatlaztin: las carreras a pie, especialmente de noche. Este aspecto no se menciona en lo que se ha escrito y pocos de los pobladores hablan de él porque no lo conocen o porque quienes lo conocen guardan una prudente discreción, la discreción que se reserva a la “cultura por sí”.

Aline Hérmond. Antropóloga por la Universidad de Picardie-Jules Verne. Es investigadora del Centre Habiter le Monde de esta misma universidad. Del 2006 al 2012, fue encargada de conferencias en la Ecole du Louvre, Musée du Louvre, París. De 2006 a 2013, fue miembro del Grupo de Investigaciones Internacionales, GDRI, Antropología e Historia de las Artes, Musée du Quai Branly. Es investigadora asociada del CEMCA.

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