Hoy en el Día del conservador y restaurador, te compartimos uno de los texto de nuestra nueva novedad editorial. Proyecto cultural. Casa abierta Monte, una de las instituciones mexicanas más antiguas de México y que pese al tiempo ha ido cambiando en su estructura.
La arquitectura de un edificio no se ve, se lee. La Casa Matriz del Monte de Piedad, hoy Casa Abierta Monte, a la manera de un icono religioso (tal como aquellas famosas imágenes del cristianismo oriental), posee un significado que la sociedad le ha otorgado a partir de la institución que la ocupa, el Monte de Piedad; lugar al que los mexicanos han asistido desde hace más de dos siglos para beneficiarse de préstamos prendarios. Pero su arquitectura interna y externa también posee una larga historia, una diversidad de símbolos y trazas que el observador actual resignifica. Sin duda, cualquier paseante del Centro Histórico de la Ciudad de México hoy puede sentirse interpelado por la estética, forma, tamaño y ubicación del edificio.
La fachada de Casa Abierta Monte se yergue con majestuosidad sobre las calles de Monte de Piedad y Cinco de Mayo. El ángulo entre ambas vías apunta hacia la Plaza de la Constitución y se trata de su vista más célebre (casi identitaria). Es por ello que se eligió dicha vista por el logotipo institucional, como si sus altos muros fueran una metáfora de su esencia. Cuando la esquina se observa desde una “vista serena”, es decir, cuando el punto de vista se encuentra a la misma altura de la línea de horizonte y de los puntos de fuga, el primer elemento que resalta es el largo de sus muros hacia el este y el sur.
Después de un proceso de remodelación en los años veinte del siglo pasado, estos muros se encuentran revestidos de tezontle rojo, roca ígnea características de los edificios virreinales del Centro Histórico, como los vecinos Palacio Nacional y el Sagrario Metropolitano. Dicho material, rojo por el óxido de hierro que contiene, funciona como elemento de conexión en toda la zona, vincula los edificios entre sí y cuenta un mismo relato: uno de pasado compartido, de un mismo recorrido por los ríos del tiempo.
Para Octavio Paz, los muros de tezontle rojo encarnaban ese trayecto: “A esta hora/los muros rojos de San Ildefonso /son negros y respiran: / el sol hecho tiempo, / cuantos , metros, los muros de la Casa Abierta ennegrtecen hacia el crepúsculo y también respiran de noche. El diálogo mudo entre palacios y transeúntes que comienza al alba se termina al caer la luz. Efectivamente, la piedra es tiempo en los ojos de quien la mira. En ese sentido, otro punto clave de la fachada es la cruz (también un símbolo) que remata el ángulo en cuestión, como si nos recordara que los montepíos se fundaron sobre la virtud cristiana de la propiedad (pietas). Desde la misma vista angular, dicha cruz se encuentra en la intersección de dos líneas de fuga adornadas rítmicamente por almenas que rematan el tercer piso del edificio. A la manera de un castillo, esos merlones que apuntan hacia el cielo no sólo dotan de esbeltez a las portadas del edificio, sino que sugieren un pasado señorial. Al igual que el tezontle, dichos ornamentos también son compartidos por las edificaciones que enmarcan el Zócalo, como si, en ese discurso urbano, los adornos retóricos que adornaban el lenguaje en la época virreinal se hubieran petrificado para decorar la arquitectura.
Al otro lado de la calle, los cuatro evangelistas “contemplan” la fachada de Casa Abierta desde la cara oeste de la Catedral Metropolitana: la sede del poder religioso más importante del país se sitúa a contracara de la fachada del Monte de Piedad. En la plaza que divide ambas construcciones se encuentra el Monumento Hipsográfico a Enrico Martínez. Se trata de una escultura sobre un pedestal que está a escasos 30 metros de nuestro ya conocido ángulo de CAM, en el extremo sur de la Plaza del Marqués, a un costado de la Catedral. La estatua fue hecha por el escultor Miguel Noreña, quien en 1880 fue comisionado por Vicente Riva Palacio para realizar la obra en honor del ya mencionado Martínez. El pedestal contiene instrumentos que son capaces de medir el nivel de las aguas del lago de Texcoco, aunque actualmente se encuentran en desuso. La figura femenina, cuyas líneas recuerdan el neoclasicismo de Canova, voltea hacia el bloque opuesto de edificios, como si dudara qué edificio mirar, circunspecta ante la majestuosidad del Valle de México. Algunas fuentes indican que el monumento constituye el “kilómetro cero” de las carreteras de México –lo que en la antigua Roma se conocía como Milliarium aureum u ombligo de la ciudad, punto de partida de la célebre red de caminos del Imperio–, por lo que podemos decir que Casa Abierta Monte está en el corazón de México.
La palabra fachada viene del italiano faccia, que significa cara. Al igual que el rostro de una persona, la fachada de un edificio también revela el paso del tiempo. Por ejemplo, en la época de la Revolución, el edificio no contaba con el último piso, que le fue agregado posteriormente. Una vez concluidas las obras de los años veinte, la fachada de las casas 7 y 8 de la calle del Empedradillo ya contaba con los elementos visibles hoy en día. Uno de los elementos más importantes de la cara este de Casa Abierta es el busto de Pedro Romero de Terreros que está en el dintel de su puerta principal, alineado con el águila nacional que remata la cornisa. El retrato fundador lo (re)presenta, lo devuelve a la entrada de su obra para recordarle al caminante el emprendimiento de su obra pública en el marco de una utopía a la vez social y personal. Los valores cristianos, al centro del Monte de Piedad, define este emprendimiento, además, como una utopía cristiana. Después de todo, el Monte de Piedad de Ánimas realizaba sufragios por las almas del purgatorio, ese “tercer lugar” nacido en la Edad Media, como tan bien lo explicó Jacques le Goff, el historiador francés. De este modo, no sólo los vivos recibían los beneficios del crédito, sino que las almas, una vez expiadas, podrían ingresar al paraíso.
Profundizar, por tanto, en la historia de Casa Abierta Monte, es profundizar en sus símbolos, esbozar una lectura material de ese rojo ígneo que acompaña a los transeúntes del Centro, al devenir de un tiempo que múltiples especialistas han abordado y que intentamos describir aquí, a manera de bienvenida, a manera de celebración.
Jorge Rizo Martínez. Doctor en Historia por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS), París, Francia. Actualmente se desempeña como profesor en el Departamento de Historial de la Universidad Iberoamericana, en la Ciudad de México. Es especialista en la historia del sonido, la escucha y la música en la época moderna.
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