Imposible entender la estética mexicana de la calavera sin la obra del grabador decimonónico José Guadalupe Posada. Sus esqueletos ejercen una especial fascinación en quien los contempla, pues, al aproximarse a la muerte desde una perspectiva lejana a la religiosidad, nos ofrecen una visión de ésta resignada e irónica. En este ensayo, el autor explora las posibles fuentes de las que abrevan estas calacas, y reflexiona en torno a dichas obras, en las que la muerte y vida se expresan en el lenguaje popular.
José Guadalupe Posada (Aguascalientes, 2 de febrero de 1851), nació cuando la tremenda herida de la intervención norteamericana de 1847 sangraba a borbotones: México había perdido más de la mitad de su territorio; vivió en su niñez y adolescencia las convulsiones causadas por las leyes de Reforma, la Intervención francesa y las luchas de Juárez; la dictadura de Porfirio Díaz, y la gestación y el triunfo inicial de la Revolución con la entrada de Madero a México. Cuando Huerta traiciona y asesina al presidente Madero, Posada había muerto semanas antes (Ciudad de México, 20 de enero de 1913) como había vivido; casi solo y pobremente, después de haber trabajado en numerosos periódicos, en ilustraciones de libros, carteles de corridas de toros, circos, teatros, etcétera.
Posada no era un artista que se acercaba al pueblo. Para empezar, seguramente no se creía artista. Ignoraba su estado de gracia cotidiano. No olvidemos la integración –perdón por la palabra– con el autor del “corrido” (Constancio S. Suárez, y otros, posiblemente) y con la gracia del tipógrafo. Tenían la sensibilidad de lo que eran: pueblo mexicano; la imaginación, el sentido de su fabulación, el genio o la inteligencia de objetar, de darle forma con las ilustraciones, las palabras, el tono de los cantadores populares. Es decir, estos hombres no se acercaban al pueblo, no eran populares: eran pueblo.
Sus calaveras no sólo tiene connotación crítica o satírica; tienen también connotación elogiosa o festiva: su aprovechamiento común en México antes de Posada y después de él, por la gran popularidad que les dio –”el tótem nacional”, escribió Juan Larrea– alcanzó a ser la característica más honda y original del arte popular mexicano. La muerte es tema universal de la expresión humana. El sentido con que se le cuida, la familiaridad, la ternura, la sencillez con que México considera la muerte, su obsesión que, no siendo trágica ni fúnebre, sino nupcial y natal, su cotidianidad inmediata, su visibilidad imperiosa y serena, su risa manante más que un gemido, encierra la sabiduría no aprendida de una concepción cósmica y lúdica, como perpetuamente maravillada, peculiarísima de México y que proviene de tradiciones precortesianas entretejidas con las del medievo europeo, con sus danzas macabras y juicios finales: pero la muerte mexicana, una muerte vital, un canto a la vida, sublimada en los sacrificios, no nos trataba como hombres, sino como dioses.
Las calaveras de Posada –tzompantlis, coatlicues desgranadas– son el motivo más profundo y revelador de su obra y de sí. El extranjero parece escuchar hoy, mejor que el mexicano, lo que vive detrás de ese narcisismo de la muerte. La claridad de la intención evidencia un hambre secular de lo sagrado, la estratificación del mito, macerado en lo reflexivo y en lo más fantástico. Ante el absurdo de la muerte no cabe la tragedia, sino el humor, y a sus preguntas responde con jovialidad.
La muerte se responde sus propias preguntas. Su respuesta: la certidumbre de que ella, la muerte, es para siempre. Y estalla una rebelión mágica en la cual hombres y mujeres y niños y animales se despojan no sólo de sus máscaras, también de sus carnes; ya no desollados, sino por un tiempo que los relojes no pueden ni soñar.
Se reconquista la identidad definitiva; el yo se vuelve todos, y no sólo el Otro. Esta salida matinal hacia lo primigenio, Posada la hace para nosotros sin sospecharlo, como el mago de feria que saca del pañuelo palomas de verdad. ¡Cuánto se divertía Posada leyendo los homenajes, visitando sus exposiciones nacionales e internacionales, aleado como el mago de feria cuya suerte de ilusionista dejó de ser apariencia! Posada ignora que se acuerda, y busca su nivel como el agua, sin escuchar mandato alguno, dentro de una semejanza íntima y oculta que no es un aire de familia: es un huracán de familia. Este Posada –con la oreja puesta sobre la tierra, oyendo su latido–, es el que más me emociona. Aquí está la sed de ser piedra y de no serlo: sus palomas reales. Sed desmesurada de una “cruda” remotísima y sin término. No sabe que se acuerda. Sus calaveras se apoyan en las incandescentes sílabas erguidas de un lenguaje oscuro que sobre la finitud han balbuceado todos los hombres. Hay una nublada conciencia libertadora de la servidumbre del hombre a la muerte, la obsesión creativa de un “corazón que está brotando flores en la mitad de la noche”, himnos a la noche de una muerte no llorada sino sonreía, florida y cantada, con la lira y el arco heraclitanos. La comunión, cuando devoramos el cráneo de azúcar, es un ritual desprevenido, apenas traspuesto, del erotismo de los sacrificios. Nos penetramos en busca de un orden que requiere la única realidad pura, la realidad de la muerte, o la comunión con ella. El agua bendita sobre el ascua de la pasión azteca alumbra, llama, y la cruz de la frente del miércoles de ceniza mézclase con la sangre de los sacrificios: tal confluencia ocurre en las calaveras de Posada, con la naturalidad del mar de fondo de la inocencia, en la golosa tarascada del niño a la calavera de azúcar.
Posada, en primer término, después Orozco y los grabadores del Taller de Gráfica Popular, con Leopoldo Méndez a la cabeza, se valieron de las calaveras en las sátiras, en las odas populares (Corridos de Stalingrado, de Leopoldo Méndez, por ejemplo), con una amplitud de sentimientos y pensamientos en que la calavera se empleó no sólo por la fecha en que el Taller las hacía y las sigue haciendo (2 de noviembre, Día de Muertos), sino porque ejercen una gran fascinación sobre la fantasía popular. No son temas peyorativos del arte popular mexicano –las calaveras de azúcar, los féretros del dulce, las tibias y los fémures de caramelo, los judas, las máscaras, los muñecos de cartón etcétera–, por la vehemencia del recuerdo y por el sabor de tal orientación.
Luis Cardoza y Aragón. Nació en Guatemala y murió en la Ciudad de México (1904-1992). Vivió en México desde 1952. Colaboró en Contemporáneos. En 1979 se publicaron sus Poesías completas y algunas obras. Fue crítico de arte y sobre arte mexicano escribió: Rufino Tamayo, Pintura mexicana contemporánea, Orozco, México, pintura activa, Arte mexicano de hoy y José Guadalupe Posada. En 1979 recibió la Orden del Águila Azteca. Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos, en Guatemala.
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