15 / 01 / 26
Para todos sale el nopal. Testimonio campesino
Gabriela Olmos

Los campesinos de la zona de Milpa Alta han crecido rodeados por nopaleras. Desde pequeños, las pencas han sido escenarios de sus juegos, protagonistas en sus relatos y motivo para sus plegarías. Esta entrevista con Félix Lara, sembrador de nopales, da cuenta de cómo estas plantas han echado raíces también en el alma de quien los cuida.

Cuando don Félix Lara, sembrador de nopal de la zona de Milpa Alta, evoca su infancia frente a las milpas, su mirada deja de ser recia. Y es que, en los campos de la memoria, pocos son los espacios áridos. De pronto, los plantíos de antaño, convocados por la nostalgia, irrumpen en nuestro tiempo: ante los ojos del campesino, ya cansados por los años, la tierra, con sus hileras de pencas que le arrebatan el agua, se convierte en el jardín que sirve de escenario para sus juegos. La ensoñación le lleva por sembradíos generosos que, además del sustento, le han regalado los recuerdos.

Félix Lara: Nuestros padres nos enseñaron a cultivar el campo desde muy chicos, para que, cuando adultos, no le tuviéramos miedo. Nos levantábamos como a las tres o cuatro de la mañana, y a las cinco nos íbamos a cortar nopal. Usted debe preguntarse cómo veía uno a esas horas. Hoy en día, se ve con lámparas de cacería, pero entonces nos iluminabamos con faroles. Los niños ayudábamos con la desyerba, con la despechada, o nos ponían a picar. Es cierto que es un trabajo un poco difícil, pero un niño lo puede hacer. Regresábamos del campo como a las siete, luego desayunábamos, así rápido, y con una enjuagada nos íbamos a la escuela. Nuestros padres querían que también estudiáramos para que, si no la hacíamos en la escuela, la armáramos en la agricultura. Hacíamos la tarea y después nos íbamos otro ratito al campo. Juntábamos la basura porque servía de abono. Llegábamos con botes, un costalito y un ayatito y nos poníamos a seguir a los animales que teníamos para las labores. Cuando caminaban, tiraban estiércol. Nosotros lo levantábamos y lo echábamos al bote. Ya cuando estaba lleno, lo llevábamos al campo. Cuando llegaba el tiempo de la bárbechada del maíz, le revolvíamos también la basura y así se hacia un mejor abono.
La vida de los campesinos ha cambiado mucho, creo que antes era mucho mejor. Nuestra diversión no era la televisión. Habían yoyos, trompos, retumbadores, o nos íbamos a correr por los campos. Subíamos a las pencas del maguey –claro, después de quitarles las espinas– y cuando ya estaban secas por ahí no resbalábamos. A las nopaleras les teníamos respeto, por las espinas, aunque el cuerpo se acostumbra a ellas. Anteriormente no usábamos guantes. Las manos de los campesinos siempre son un poquito más callosas, por eso no penetran tan fácil las espinas. Pero aún así, uno agarra un modo de cortar. Si usted toma un nopal por la mitad, es natural que se pinche, pero si usted lo agarra al fondo del tronco, no tiene por qué espinarse. Es nomás maña. Luego el nopal se empacaba. Antes no eran bultos como ahora sino maletas. Llegaban los barcos de la línea de Xochimilco y ponían las maletas, de ciento y medio o 200 nopales, en la canastilla. Y se las llevaban hasta Jamaica. Ahí se vendía todo muy temprano, y a buen precio. Después los compradores se llevaban las pencas para revenderlas en otros mercados.

Parecía que la memoria de don Féliz Lara, con la edad, se ha llevado de recovecos. Tras la añoranza de aquellas tierras lúdicas, el campesino halla racimos de recuerdos que se ordenan en torno a la principal cualidad de sus pencas; la benevolencia. Su mirada va y viene, surca el tiempo, abandona el ayer a ratos, quizá porque la generosidad de esta planta espinosa no es territorio exclusivo del pasado. Sonríe; su semblante abandona la aridez cotidiana. La gratitud germina en su rostro y en sus palabras.

F.L: Así como la gente dice que para todos sale el sol, nosotros los campesinos bien decimos que para todos sale el nopal. No vaya a creer usted que cultivarlo y usarlo es algo nuevo. Nuestros abuelos, que siempre nos contaban cosas bonitas cuando terminábamos de merendar nos decían que había nopaleras desde antes de la Revolución, pero eran tan grandes que no se cortaban con cuchillo, como ahora, sino con tranchete, un palo largo con un filo en la punta, como una hoz. Así se le enganchaban y se le caían los nopales.

Tengo entendido que también se usaba la baba de las pencas para construir. Dicen que las iglesias se hicieron con tierra mezclada con clara de huevo y baba de nopal. Y mírelas qué grandes son. Hoy seguimos usando algo parecido. Fíjese, si usted echa pura cal en una barba, se despinta porque la cal no se detiene; pero si usted echa la cal al agua, le agrega unos nopales picados –no molidos–, la deja ahí toda la noche, al día siguiente quita las pencas, ya verá cómo bien que se pinta esa barba.

También se usan los hilitos que tienen las pencas dentro para hacer unas canastitas con las que juegan las niñas. El uso más importante es la comida. No me lo va a creer; se hacían los mismos guisos, pero antes sabían mejor. La comida era más sabrosa porque se cocinaba de diferente forma. No se guisaba con gas, ni con estufa de petróleo. La mayor parte se calentaba con cañuelas de maíz que salían de la barbechada o con mezotes del maguey que hacen una brasa como si fuera de carbón fino.

Para don Félix Lara, como quizá para muchos otros sembradores de esta tan importante zona nopalera, hay evocaciones plantadas en tierras alejadas de la cotidianidad. La fiesta y el paroxismo también son territorios de la memoria. La mirada del campesino nuevamente se adentra en sembradíos pasados, pero esta vez lejanos de los jardínes de la infancia. Su asombro revela el camino de los recuerdos. Su expresión deja de ser quieta, como si con cada frase convocara espacios distintos, algunos en la cumbre y otros en los abismos, pero todos en el filo de los límites humanos.

F.L: Para que aprendiéramos a tener respeto por la siembra, nuestros padres nos enseñaron a orar. Pedíamos por el frijol, el maíz, el nopal, por todo lo que fuera alimento. Hay gente que piensa que sembrar es nomás poner la semilla en la tierra. Pero no. Lo primero es llevarla a bendecir. Antes de sembrar, llegábamos con nuestras canastas llenas de semillas de maíz y pedíamos protección para las cosechas. Después, cuando estaba para sembrarse, con un sahumerio le echaban humo a las canastas, y se sembraba. Más tarde venían las labores y, al final, la cosecha. Antes de empezar a cosechar, uno se persignaba. Y, al terminar, orábamos en agradecimiento. Luego de los rezos se tiraban cohetes. Llegábamos a la casa y hacían comida, como si fuera fiesta. Cuando empezaba a entrar la cosecha por la puerta, también se ponía un sahumerio. La cosa religiosa no es suficiente. También hay que querer a las cosechas. Yo no hablo con las cosechas. Yo no hablo con los nopales, pero si trato de no perjudicarlos. Además hay que luchar contra los tiempos y los contratiempos. Por ejemplo, en tiempos de aire se seca la tierra. Como ahorita no hay lluvia artificial, hay que esperar hasta que llueva para que le entre el agua. Lo peor es en tiempos de frío. Cuando cae la helada, si uno no tiene para comprar nylon, para cubrir las pencas, hay partes que se salvan y partes que se queman. Entonces tenemos que esperar a que retoñe. Es triste ver la cosecha perdida, saber que teníamos un centavito –porque así hacemos nosotros un ahorro, no en los bancos– y preguntarnos ¿qué vamos a hacer?, ¿qué vamos a vender? Al momento no se nota que todo está quemado, pero a través de los días, las pencas se van secando. El nopal empieza a escurrir, como si llorara, porque está formado casi todo por agua.

Como todos en la familia nos dedicamos al nopal, si se hiela todos estamos en las mismas. El helado a veces no pega parejo, depende de cómo venga el viento, si por el sur o por el norte. Los que nos salvan son los campesinos que tienen las pencas a las que no les pegó. A ellos les compramos nopal, lo limpiamos y lo vendemos. La ganancia es menos, pero da para ir sobreviviendo. Así es la vida del campesino: estamos a expensas del tiempo, las calores, las lluvias, las granizadas. Es un trabajo pesado, pero uno aprende a quererlo desde chico.

Existen miradas huecas y miradas llenas. Las de dos Félix Lara parecen desbordarse de remembranzas. Quizá por eso, al terminar de hablar, cierra los ojos, y se cubre el rostro con las manos. Hay que aprisionar los recuerdos, no sea que alguno, vagabundo, escape de las palabras, y muera prófugo de las milpas del olvido.

Gabriela Olmos. Egresada de la licenciatura de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y de la Escuela de Escritores de SOGEM.

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